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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Los cambalaches verbales aumentan la indiferencia ante los problemas crecientes

Manuel Menor Currás
18-Octubre-2015

Mientras muchos líderes de opinión enturbian el buen entendimiento de las palabras, es importante no perder el sentido de lo que vale la pena. Especialmente, en cuestiones educativas.

Decía el Roto el pasado 17 de octubre que “a tiempos revueltos, ganancia de historiadores”. Con tanto revisionismo y deletéreo equilibrismo escrito como existe en las librerías y quioscos, difícilmente superable por la honestidad, es innegable. Pero, en momentos como este de especial incertidumbre, no debiera obviarse que los pescadores de ingenuos continúan ahí, con el anzuelo dispuesto para hacer su agosto a base de simplismo expresivo, insignificante pero mortal.

Dichos y hechos

Los ejemplos abundan y vamos camino de no sorprendernos, una manera más de llevarnos a la indiferencia mientras se aguzan las tácticas para que todo cambie lo menos posible o, si pudiera ser, que nada se alterara en el poder, claro, porque las cosas van como van, mostrando signos cada vez más preocupantes de deterioro atosigante para más personas. Entre las perlas de desencuentro verbal de esta semana, no se sabe qué sea más brillantemente desesperanzador, si las declaraciones de la Lozano ex de UPyD, encantada de verse imprescindible; las de Monseñor Cañizares, ejemplar resistente de cuando catolicismo, Estado, país, nación y verdad eran todo uno y sin posibilidad de duda; o las del otro monsieur, de Pontevedra éste, proponiendo a la ciudadanía la seguridad de que “cuando se vota al PP se sabe lo que se vota”. Quienes le votaron en las últimas elecciones, no se sabe si dirían lo mismo. Antes del 20 de diciembre y sin ninguna Comisión preelectoral de la ortodoxia verbal por medio, si prosigue esta secuencia será mejor taponar los oídos para que no les afecte.

Ante el riesgo, más vale prevenirse. Según vayan explicando los proyectos concretos de Gobierno, los números uno de cada lista no sólo contarán a qué quieren que atendamos, sino que lo revestirán de los colores apropiados para inclinar nuestro sentimiento hacia las papeletas en que esté su nombre. Tal pasión mostrarán por defender su perspectiva que no dudarán en gestualizar cuanto haga falta -el baile y la pachanga está de moda- y prestar poca atención a lo que dicen, a pesar de la vigilancia a que les someterán sus jefes de campaña. Respecto a los asuntos educativos saben que tienen que decir algo porque están en la onda de preocupaciones de la gente. No es lo mismo que el paro o la corrupción, pero es un mundo de expectativas para el futuro de sus hijos que está en riesgo.

Semántica

El problema que tienen para hablar de educación -como de tantos otros asuntos- es que saben poco o nada al respecto. En consecuencia, tienen muchas probabilidades de largar inconvenientemente o haciendo rechinar el Diccionario de la RAE, pero en esas impertinencias nos dicen lo que de verdad les importa. Estén atentos y podrán verlo. Sean cuales sean los programas concretos que ya han empezado a desgranar en público, enseguida habrá tres o cuatro campos semánticos con que tratarán de atraer nuestra atención, porque el panorama es mucho más complejo siempre y su mero recuento podría aburrir a los corderos: no cabe en un twit.

No olviden, en todo caso, que digan lo que digan, de manera más o menos provocadora o más o menos tranquilizante, los cuatro grupos políticos que tienen más probabilidad de repartirse la parte sustanciosa de la tarta electoral saben que nada es gratis y que, en definitiva, de lo que cada uno está hablando es de cómo repartir el presupuesto económico de todos entre sus preferencias de partido. Cada uno, además, lo expondrá del modo que estime más apropiado para convencer a sus posibles votantes. Verán, además, que todos pueden estar empleando las mismas o muy parecidas palabras para referirse a esos centros de atención. Es normal porque nos somos marcianos, pero no duden de que no quieren decir lo mismo. Tampoco es igual que callen o no sobre algún asunto concreto que pueda ser de gran interés: el silencio siempre es de lo más sonoro que existe.

Hay dos posibles reglas que pueden ayudar a entender que lo que quieran contar se aproxima a lo que pudiera ser el modo más idóneo de afrontar el problema. La primera se refiere a la jerarquía en que sitúan las cuestiones: todas son importantes, pero ni son iguales ni se pueden solucionar simultáneamente. El orden de preferencia marca ya una inclinación y sesgo político concreto. Conviene recordar que todos hacen política al hablarnos de sus proyectos, no ejercicios de pura retórica, aunque muchas veces se confirme luego que esto era lo que hacían y no muy buena. La segunda regla se refiere a los más directos beneficiarios de ese planteamiento que nos venden. Es decir, hacia quiénes muestran interés en querer atender preferentemente, porque no es verdad que todos los partidos políticos representan los mismos intereses sociales. No es muy difícil de entender. Uno puede preguntarse a sí mismo, por ejemplo, en caso de duda o de falta de recursos -la educación siempre cuesta dinero-, dónde invertiría más, si en una etapa infantil bien organizada -no una chapuza- y accesible a cuantos la requieran, o en una enseñanza universitaria a la que sólo puede acceder un reducido grupo de jóvenes ya muy seleccionado. Ambas cosas están muy bien, pero si no se pueden atender simultáneamente los dos frentes, ¿a cuál atendería usted primero? Su decisión es tan política como la que le estará proponiendo cualquier candidato que le hable de educación o de cualquiera de los aspectos internos que constituyen el sistema educativo.

No es igual ni es lo mismo

Imagínese cualquiera de los asuntos que están en litigio en este momento de la historia educativa española. En cada uno, siempre habrá que atender, al menos, a un dilema: pública o privada, igualdad o selectividad, comprensividad o calidad, diversidad u homogeneidad, coeducación o separación de chicos y chicas, religión o laicidad, libros de texto sí o no, uniformes sí o sí, móviles en clase cómo, autoridad y autoritarismo, bilingüismo y trilingüismo pero de qué manera… Y siempre quedarán pendientes muchos matices después de la primera criba electiva. Pero en esa primera decisión está ya implícita una buena parte de la carga ideológica de las propuestas que tratarán de seducir su voto y porque de ese modo se solucionarán los problemas que tiene el sistema. También está ahí implícito el grado de atención o desatención a los problemas que de verdad coartan y limitan las posibilidades democráticas del sistema educativo español actualmente: qué pasa con las escuelas técnicas y la formación profesional; qué pasa con las Ciencias Sociales y Humanidades; qué papel han de jugar nuestras relaciones internacionales en esta película de la educación. El diseño del conjunto del sistema con qué va a tener que ver: qué le sobra y qué le falta, qué sustancia debe tener dentro cada nivel, cómo deba ser la formación del profesorado responsable, qué falta o qué sobra en nuestras aulas, qué aulas son deficitarias y de qué…, qué proporción de alumnos ha de tener cada profesor según nivel, tareas y dificultad de aprendizaje. Por ahí es por donde se ha de ir el dinero que la educación española siempre ha tenido escaso porque siempre tuvimos otras urgencias, y que en los presupuestos del año entrante seguirán yendo a menos. Eso es lo que votamos en definitiva.

Mucha atención, por tanto, al palabrerío que nos inundará estos días: no todo es igual aunque parezca lo mismo, cuando de lo que estamos tratando es del bien común –no del de nadie en particular- y de la justicia distributiva de los recursos, que es de lo que debe responder cualquier demócrata. No se nos pase que habrá también demasiadas palabras que se dirán para despistar o llevar la atención a otra parte y que cuele. Ha pasado con “el artículo 27”, “libertad de educación”, “calidad”, “Humanidades”, “mejora de la calidad”, “educación cívica”…, que se retomarán de nuevo o se cambiarán por otros constructos significativos para que se altere todo el marco referencial. Sucederá en esto como en las ferias de antes con los charlatanes. Largaban y largaban, entretenían al personal alegremente y, cuando más despistado estaba todo el mundo, le colaban cualquier crecepelo. Y la gente se dejaba engatusar gustosamente. No se entristezca luego si se ha dejado.

 

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