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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

El CIS no ha preguntado por la gestión educativa de Méndez de Vigo, el Breve

Manuel Menor Currás
11-Octubre-2015

A dos meses de las elecciones, podría tener tiempo para mejorar la nota con que su antecesor abandonó el puesto. Y aparentar, incluso, un electoralista lavado de cara.

Hace algún tiempo, era especie habitual entre los aficionados a la adscripción de tópicos comodones, decir de los gallegos que se les conocía porque, en medio de una escalera nunca se sabía si subían o bajaban. Los afectados por lo que solían entender como muy taimada acusación de falta de compromiso -o de lo que fuere-, solían responder indefectiblemente que los gallegos sí sabían si subían o bajaban.

Juicios de valor o prejuicios

No ha caído en desprestigio la conseja y, ante cualquier supuesto en que haya que pronunciarse con juicio valorativo, siempre hay develadores celosos de las posiciones de los demás cuando quieren quedar bien sin gastarse nada. Sin aventurar juicio alguno, suelen acudir al criterio mostrenco de la botella medio llena o medio vacía como fórmula equidistante para no ponerse a mal con nadie y, al mismo tiempo, demostrar el equilibrio y sindéresis del juicioso a la moda. Si al caso viene, porque el replicante insiste en que la botella está medio vacía, con replicarle que esa es una perspectiva radical o, incluso, pesimista, ligada a cualquier otro sinónimo de cariz despreciativo hacia lo que las convenienzudas gafas de ver aconsejen decir, le es suficiente. Sin querer, o queriendo, los partidarios de esta sinrazón criterial de la botella se muestran maestros en la “dialéctica erística” o arte de tener siempre razón, de que Schopenhauer escribió un sabroso y breve tratado en 1864. Este filósofo había constatado que la mayoría de los hombres -y mujeres-, de lo que tratamos en nuestras controversias y discusiones no es precisamente de llegar a descubrir atisbo alguno de verdad, sino que lo que intentamos es imponer nuestro punto de vista y derrotar al contrario.

Hay entre los poemas de Bertolt Brecht, por otro lado, uno en que, en boca de una persona poco leída pero muy pegada a la dura experiencia del trabajo pesado, se hace preguntas ante la lectura de un libro de Historia de los que manejan los niños en la escuela, donde el mediatizado criterio de la botella para contar el pasado es frecuente:

“… Roma, la grande, está llena de arcos de triunfo:

¿Quién los erigió?

¿Sobre quiénes triunfaron los Césares?

[…]

El joven Alejandro conquistó la India:

¿Él sólo?

César venció a los Galos:

¿No llevaba con él ni siquiera un cocinero?

Felipe II lloró al hundirse su flota:

¿No lloró nadie más?...”

Brecht entendía que, si de algo vale el conocimiento que pueda proporcionar la Historia -esa asignatura que como las humanísticas va en declive en el trance actual de la educación- es que ayude a fundamentar bien si, respecto a lo que pasa, la botella está medio llena; no sea que lo esté o no a conveniencia de quienes tienen el poder de imponer su perspectiva. A través del BOE o de otras formas mediatizadoras, no les es difícil imponer como “razonable”, “natural” o de “sentido común”, la inoperancia que facilita la legalidad para mandar o un sistema sólo favorable a sus intereses particulares, sin que importe mucho o nada qué esté pasándole al común de la sociedad. Josep Fontana lo decía muy claro hace unos días: “Si la Historia no sirve para entender el mundo en que se vive, no sirve para nada”. “Al pasado no vamos a buscar anécdotas para instruirnos, sino claves para entender qué está pasando”.

¿Existe Méndez de Vigo?

¿Qué está pasando con el nuevo ministro de Educación? ¿Es mejor que Wert? ¿Qué está haciendo para mejorar aquella gestión? ¿Mejorará con él el sistema educativo? Estas son cuestiones que Bertolt Brecht podría preguntarse hoy y, con él, todo ciudadano español, al menos la franja de los que el CIS ha mostrado como muy preocupados por la educación de sus hijos. Por cierto, también merece la pena preguntarse por qué algunas televisiones ocultan o mediatizan hasta el ridículo las informaciones del último barómetro de opinión acerca de los dirigentes políticos. Porque, claro, todo está implicado: lo que sabemos, lo que nos cuentan y lo que nos birlan sistemáticamente.

A estas cuestiones concretas no responde el barómetro oficial, dado a conocer este pasado día 10. En bastantes de los anteriores, sí que nos decía cómo Wert estaba a la cola de la estima de los encuestados, o que se fue a París con ese farolillo rojo que será una mancha en su currículum de primero de la clase. Si se preguntara ahora mismo a la gente sobre el nuevo ministro, probablemente muchos no supieran ni si existe Méndez de Vigo. Y entre los que hayan leído su nombre en la prensa, es posible que lo hayan asociado a que es condescendiente y, al menos, algo mejor que Wert porque haya dicho que defiende “una política de consenso con todos los agentes educativos y culturales”. Olvidemos otras manifestaciones que ha hecho, en que pudiera verse muy comprometida esta ansiada búsqueda de racionalidad democrática y que nos indujera al impreciso sabor de la botella medio vacía o medio llena para opinar convenientemente. Acordémonos, eso sí, de que ha sido diplomático, y también de que, desde el 26 de junio, ha tenido tiempo para ejercer fehacientemente en torno a cuestiones muy concretas. Imprescindibles para el consenso que ha dicho propugnar, salvo que quiera que su uso del bonito término “consenso” no pasará de muletilla transicional hasta diciembre. Ya tenemos experiencia de lo que otra gran palabra como “diálogo” significó para Wert: el simple momento previo a cualquiera de los decretos y leyes con que trató al sistema educativo. Hasta la situación desesperada de su versión pública; no de la privada, que ha dejado mejor posicionada con el pretexto de la “crisis”.

A saber

Cabría sugerir a los responsables del CIS algunas cuestiones concretas para la siguiente encuesta respecto a este nuevo ministro aristócrata, que indujeran a los encuestados a reflexionar si con él se ha notado que hayan remitido los recortes a la educación pública, si los profesores expulsados del sistema han vuelto a sus puestos docentes, si las proporciones de alumnos que tiene cada profesor en clase han bajado, si se ha cuidado de que se formen mejor, si las variadas formas de becas han aumentado en cuantía y número de beneficiarios, si ese tercio de chavales con problemas de exclusión y pobreza tiene garantizada buena acogida en un digno centro escolar con buen comedor, si ha puesto los medios para que el fracaso escolar decaiga seriamente y no caiga siempre del mismo lado de perdedores… Si no el CIS, los sindicatos comprometidos con una enseñanza pública digna no tardarán en preguntarle: ¿Qué podemos ir haciendo ya para creernos lo del consenso que dice desear?

No es imprescindible ir a preguntas mayores: sólo distraería. Para dos meses, no hace falta enterarse de qué haya hecho o vaya hacer para que la desigualdad de trato entre privada y pública cambie de sentido y que la subsidiariedad esté donde tiene que estar, y no meramente en que el Estado intente llegar a donde no llega ni llegará nunca la iniciativa privada. Tampoco se le ha de incordiar para saber qué haya puesto de su parte -como servidor público que es- respecto a los privilegios que tienen instituciones de carácter privado, por muchos o pocos que sean sus adeptos, ni por ambigua que haya quedado esta cuestión en el art. 27 de la Constitución. Sólo lleva desde finales de junio por la calle de Alcalá y estos son asuntos muy “complejos” para políticas de aliño simplista y corto plazo. No, que no le pregunten los encuestadores del CIS -o los sindicalistas- sobre tan embarazosas cuestiones de pasado tan trágico. No es fácil desembarazarse, -y más en un hombre de su genealogía- de lo sucedido desde la etapa de otro encargado de política educativa en el XIX como el también aristócrata y ministro Manuel Orovio -aunque todavía no hubiera Ministerio de Educación-, o, ya a comienzos del XX -que sí lo había-, cuando en la etapa de García Álix o Romanones se intentó poner algo de remedio a tanto misterio. De entonces viene la interpretación sacrosanta del “derecho de enseñar” o “libertad de enseñanza” que tan incólume ha llegado a la LOMCE. Es sólo probable que el mejor conocimiento de tan dura historia -y de las ganas que este ministro tuviera o no de arreglarla-, nos ayudaría a entender mejor si la botella de la educación está medio llena o medio vacía. Pero mejor será que no le pregunten por tan arduas cuestiones. Lo exigible es que, aunque le hayan dicho que en tan corto tiempo parezca que hace algo, que informe claramente si lo está haciendo ya respecto a las cuestiones primeras. Es imprescindible para que sepamos a qué atenernos respecto a esta botella: si está medio llenándose o sigue vaciándose.

Al poder le basta con la apariencia y el regateo indefinido, y más en un momento preelectoral como éste de riñas por el centro de la tarta de votantes. Pero a los ciudadanos -que no son el poder ni tienen por qué compartir sus intereses- no se les satisface con amagar que hace lo que no se está haciendo o con simulacros de que estamos en lo mejor de lo que se debe y puede hacer. Sabemos bien qué arregla o no arregla los problemas y tenemos derecho a fortalecer la calidad de nuestro propio criterio. Si todos -igual que el cauto gallego- controlamos bien si estamos subiendo o bajando la escalera, queremos enterarnos sin engaño -como reclama Fontana, respecto al pasado- si en el corto tiempo de la gestión de Méndez Vigo entre junio y diciembre existe algún razonable conocimiento de que esté haciendo o vaya hacer algo que pueda iluminar el presente educativo, no sólo enjalbegarlo.

 

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