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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

La densidad de información que proporcionan las malas noticias también educa

Manuel Menor Currás
25-Septiembre-2015

Empezar el otoño con sosiego es tedioso estos días: Volkswagen, Cataluña y los libros de texto para niños bilingües de Primaria aleccionan, hartan e intranquilizan.

Lo de la marca alemana es para echarse a temblar sobre la fiabilidad de los más fiables y, de paso, para aumentar la desconfianza hacia los menos vampiros de nuestros gloriosos emprendedores. Das auto me ha estafado -así parecen reconocerlo- igual que a otros más de 700.000 pardillos españoles. No es “el” coche, sino tan sólo “un” coche más del montón, trufado de triquiñuelas para llevarse una pasta adicional. En fin, una demostración objetiva –desprejuiciada- de que la iniciativa privada es más eficiente… para alguien con nombre y apellidos concretos. Es posible que estemos ante una de esas razones que acabarán sirviendo para sacar delante de tapadillo y relativamente rápido, el TTIPS, ese tratado de libre comercio con EEUU que tantas rémoras encuentra para salir adelante sin tener en cuenta a cuantos le ven pegas sobradas, como ha denunciado Susan George. Al tiempo. En todo caso, un mal síntoma de lo que nos toca vivir.

Lo de Cataluña y su posible declaración de independencia el 27 por la noche o el 28 a primerísima hora de Greenvich no es menos educativo para quien quiera dejarse educar. De las muchas lecciones que encierra –y de las que todavía nos quedan por aprender-, me interesa especialmente la del arte de marear la perdiz como fórmula de entretenimiento. A estas alturas de la historia de esta península –no diré de España, por no complicar-, cuando los problemas son de cuidado y la crisis se ha cebado abundantemente con recortes de todo tipo -también en Cataluña-, la rentabilidad del sentimiento bien manipulado puede dar, a unos, frutos tan interesantes como los del olvido de la mala gestión y, a otros, en lo fructífero que es saber decir constantemente que no a cuanto se mueva: la esclerosis también es rentable. Esperemos que nadie se lastime tras tanta lección acumulada, especialmente intensa en esta pasada semana.

Lo del libro de texto que tanto revuelo ha causado, especialmente en Madrid, tampoco debiera sorprendernos demasiado. Como las otras dos noticias de la semana, con que nos han tapado muchas otras, se veía venir. Quienes conocen la historia de las editoriales y especialmente las de los libros de texto, saben cómo se montó este nicho de negocio en los tiempos primeros del franquismo, quiénes fueron sus beneficiarios principales y cómo, de algunas de estas empresas nacidas bajo una determinada protección muy ideologizada y al lado del poder, nacieron algunos de los grupos de comunicación que tanto renombre han tenido en los últimos tiempos. A todo esto puede seguírsele la pista con relativa facilidad en dos libros ya comentados en esta columna: el último de Gregorio Morán en Akal –que a muchos incomoda tanto-, y el publicado por Marcial Pons recientemente sobre la historia de la edición en España, con un un capítulo particular de Antonio Viñao Frago muy recomendable.

Esto de los libros de texto tiene un segundo capítulo de enorme interés porque nada en Educación es aséptico ni sucede por azar. Como en los demás asuntos de la vida colectiva, siempre arrastra consigo intereses y conflictos, que no siempre son del interés general aunque se revistan de tal. Fue al compás de la legislación educativa muy cambiante desde 1970 -con la Ley general de Educación y las que siguieron hasta ahora mismo-, cuando se fueron constituyendo estos grupos editoriales y mediáticos. El cambio constante de programas y formas de organizarlos arruinó los libros enciclopédicos anteriores y generó un movedizo mercado que cambiaba cada poco tiempo, como si las materias de estudio dependieran de un incontinente gusto cambiante… Por aquí llegamos a la razón de que estas editoriales sean un gran grupo de presión ante el Ministerio de Educación. Si recuerdan algunos de las noticias que empezaron a proliferar desde un poco antes del verano, justo cuando Wert se estaba yendo a París, podrán observar las réplicas de ANELE –la asociación gremial de los editores de libros de texto- frente a cuantos hablaban de parar la LOMCE: la inversión para el recambio de textos que conllevaba la nueva ley orgánica ya estaba en marcha. Nunca se le oirá a esta gente una queja frente a un panorama legislativo tan cambiante como el que ha tenido el sistema educativo español en estos 45 años últimos.

En cuanto a la Historia en los libros de texto, la tradición establecida es que todavía la suelen escribir los vencedores. Tiene pocas posibilidades de ser historia oficial la que ayude a entender con alguna fiabilidad qué haya pasado. Únasele el afán de todo preboste poderoso por dejar huella imperecedera y tenemos el cocktail apropiado para entender mejor los percances de estos libros, a veces tan burdos. Si quieren leer documentación fehaciente al respecto relean aquella Enciclopedia Álvarez que probablemente hayan tenido que estudiar cuando eran niños o que tal vez hayan comprado en alguna reedición última en un arrebato melancólico. La inspiración -obligatoria- de lo que contaba en el capítulo de Historia de España, sobre todo al final, era un librito que había escrito José María Pemán en 1938, que, si entran en el BOE primerizo de esos años -es muy fácil desde Internet-, podrán ver que es la base de lo que como canon único impuso el Instituto de España ese mismo año. A los antiguos les fue difícil encontrar versiones de “los hechos importantes” en que no se ensalzara al poderoso. La gente común sólo después de la Revolución Francesa empezó a ser considerada sujeto de la Historia. En España este territorio de la Historia siempre ha sido complicado. Como ciencia -o intento de explicación seria y con metodología científica, contrastable y nunca dogmática- es especialidad académica relativamente reciente y con sus propios avatares sobrevenidos de ventajistas, pseudohistoriadores, revisionistas, noveladores y cuentistas de diversa especie disputándole la coherencia de la veracidad -y el espacio de las librerías- a los buenos y muy honestos, que los hay.

Un ejemplo no muy antiguo, pero relevante en lo que sugiere la textualidad de este libro de texto -y sus connotaciones- es el del Diccionario Biográfico Español cuyos 50 tomos ha venido editando La Real Academia de la Historia -teóricamente el no va más en estos asuntos-, increíble en muchos aspectos. Busquen en esta monumental obra pagada con dinero de todos y verán el sesgo que tienen muchas de las entradas, empezando por las de Mariano Rajoy y la propia Esperanza Aguirre, objeto de al menos tres presencias privilegiadas en el librito que deberán estudiar algunos infantes madrileños. Ahí está un ejemplo gozoso para los amantes de “la verdad histórica”. Añádase que la homenajeada por el susodicho libro para Primaria fue aventajada defensora de “Las Humanidades”, cruzada que publicitó ampliamente su imagen, por más huera que fuera. Fruto de aquel afán desmedido fue un demediado programa de Historia de España en 2º de Bachillerato. Por la infinidad de asuntos que, para selectividad y en tan corto tiempo pretendió abarcar -desde antes de Atapuerca hasta la última noticia de hoy-, quedó muy bien como marketing político, pero ha sido muy poco eficiente educativamente.

Y otro capítulo ineludible -de esta historia que da para una serie- es el que toma en cuenta qué pinta un profesor en clase con un libro de estas características. No digo un padre, que al menos alguno ha reaccionado con responsable dignidad ante lo que debiera haber saltado antes. La dignidad profesional del docente, su libertad de cátedra, su preparación cognitiva y su capacidad crítica, ¿dónde estaban? ¿De qué lado debe ponerse ahora, cuál tiene que ser su actitud? Antes de contar nada a sus alumnos –a quienes se ha obligado a comprar ese determinado libro, con una interpretación tan sesgada de “la modernidad”-, ¿ha de pedir permiso a la dirección de su centro para aprovechar ese material documental y debatirlo en clase? ¿Debería complementar esa información con otras que la contrastaran y corrigieran? ¿Ha de darlo por bueno sin más y hacérselo memorizar a sus alumnos, por pequeños que sean? Y si hubiera entendido que el libro manipulaba y adoctrinaba indecentemente, ¿debería haberse opuesto antes de comienzo de curso a que se pusiera ese libro de texto como obligatorio? Si tuviera estas dudas, probablemente entenderá pronto que cuanto haya estudiado de Historia Contemporánea -y de la muy fragmentaria historia actual- probablemente no le sirva de nada. Si, además, es timorato porque puedan dejarle sin trabajo o que sus propios compañeros se mofen de que tenga tales escrúpulos, no se extrañe si enseguida llega a la amargura de darle vueltas a por qué su oficio -“paidagogos”- originariamente era cosa de siervos. Evidentemente, esta no es la buena lección que le enseñaron sobre lo bonita que es “la vocación” de enseñar. Lo siento: entre el otoño, Volkswagen y Cataluña…, la saga de los libros de texto de historia ya es un aburrimiento.

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