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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

La España de espejismos y prejuicios -muy vivos en la disputa social y educativa- que vivirán los refugiados que aquí lleguen

Manuel Menor Currás
18-Septiembre-2015

Ahora que nos llegarán refugiados –inmigrantes en definitiva-, urge revisar qué hemos hecho hasta ahora y qué debemos hacer para desprejuiciar a nuestros adolescentes.

Ser alumnos aplicados tiene ventajas e inconvenientes. Entre aquellas, que no te den la tosta a todas horas. Y entre estos, no es el menor tener que estar rectificando y modulando las respuestas más adecuadas al constante cambio de preguntas y cuestiones que te imponen. Se puede caer en la ficción más alocada. Valga como ejemplo el cambio de reacciones que han ritmado las secuencias de refugiados desde este verano. De la rácana capacidad receptora de los primeros momentos, al cambio de onda que ha requerido Alemania, hay un trecho. Y más que habrá, a tenor de lo que está dando de sí la creciente complejidad del asunto, lo que seguirá dando pie a la más estricta ambigüedad y reticencia reaccionaria, entre otras muchas modalidades de respuesta de los seres humanos, afortunadamente más responsables.

El cálculo oportunista

Por sí mismo, este devaneo inconstante e inconsistente ya es muy educativo. Nos acerca a las actitudes más apropiadas para que aprendamos a ser calculadores en todas las direcciones de nuestra vida, incluidas las que podamos haber cultivado hacia la pasividad o la indiferencia en naderías tales como para qué y para quiénes tenemos a nuestros representantes políticos, en nombre de qué o de quiénes deciden unas u otras cosas, a qué razones o intereses sirven de verdad, qué sentido dan a eso del bien común y, al final, por qué hay tanto contraste entre lo que parlotean y lo que de verdad hacen…. En fin, educación moral, política, ética, estética y económica como al desgaire, en dosis bien controladas. Antes de que nos decidamos a elegir a unos o a otros…o a nadie, según se nos atragante tanto adoctrinamiento.

Ahí está otro ejemplo que, desde hace unos días ha saltado a la prensa y que se veía venir de tiempo atrás por dónde iba: la asignatura de Religión en Bachillerato. Del año pasado a este, según han averiguado distintas organizaciones, en la Comunidad de Madrid ha crecido en un 150% su demanda. Y, según explican, no porque la juventud de 18 años tenga de repente más fe religiosa o se esté haciendo más practicante, sino porque, de este modo, puede garantizar mejor calificación media para la nota que les dé acceso a la Universidad. Pura LOMCE y sentido oportunista: con desprestigio de las demás áreas y profesores y, sobre todo, del rigor metodológico y cognitivo que deba tener el sistema educativo. Da igual: no hay bien general. Todo bien es cambiante según el lobby preponderante, como tantas otras veces en una muy larga historia del dominio y sus trucos..

A propósito de refugiados

Muy inquietante está siendo, en todo caso, la superficialidad con que “los refugiados” están siendo tratados en nuestros medios. Sólo hay ahora “unos refugiados”, los de la peregrinación que no cesa entre Turquía y Alemania, con sucesivos parones en Turquía primero y, sucesivamente, en Grecia y a través del antiguo espacio austrohúngaro hasta Alemania. Buen momento para aprender Geografía del espacio Shemgen, pero malo para aprender Humanidad. Y en España, estupendo para la desmemoria. La de nuestras propias emigraciones y exilios y, todavía peor, la de nuestra extraña manera de pasar de unas escenas a otras en una película fantasmagórica, cuando hubo un tiempo, y no lejano, en que querían que estuviéramos felices porque no éramos xenófobos como otros. Éramos mucho más emigrantes que receptores de inmigración, y pronto pasamos a ser un país relativamente acogedor. Pero con un reparto de la inclusión educativa, por ejemplo, muy apropiado para que la guetización fuera aceptable para la gente bien. Los centros públicos sirvieron -sobre todo desde los años 90- para concentrar a más del 70% de los hijos de la inmigración. Eso como media general, pues aulas había -en las áreas de más intensa llegada de extranjeros- en que se superaba el 90%, con pluralísimas diversidades de procedencia y sin más apoyo que la buena disposición que tuviera el profesor de turno. Y, casi sin transición, en los últimos tiempos la movilidad se ha hecho mucho más compleja. Sin dejar de ver gente que intenta llegar en cayuco o saltar la valla de Ceuta y muchos de los que habían venido han regresado, muchos de nuestros propios jóvenes tratan de abrirse camino donde sea y con empleos que nada tienen que ver con lo que hayan podido estudiar… Contrastes muy rápidos de un mundo cambiante, nada parecido a aquella época en que nos decían que no éramos xenófobos. Probablemente para que no nos enteráramos de nuestra propia historia.

Y de la xenofobia, ¿qué?

A contrapelo de lo que ahora se empeñan en enseñarnos con “el crecimiento”, son muchos los que contradicen perspectiva tan halagüeña, y tan cultivada justo cuando los telediarios nos muestran, a nuestra feliz hora de comer, el desastre humanitario. Todas las organizaciones humanitarias independientes están diciendo -de tiempo atrás- que está creciendo la desigualdad en España a marchas forzadas. Las diferencias entre los que tienen y los que no ya son tales que, el último cartel de Save the Children dice en las vallas publicitarias que “uno de cada tres niños está en riesgo de pobreza y de exclusión”. Y ya se sabe que, donde hay desestructuración social, hay más riesgo de odio y xenofobia. Por mucho que nos pregonen las maravillas del progreso feliz…, las limitadoras oposiciones socioeconómicas generan todo tipo de violencias, incluidas las violencias de género, las violencias en los centros docentes... las microviolencias cotidianas.

Existen, por otra parte, muy buenos análisis de los prejuicios de que, por ejemplo, dan muestra nuestros alumnos de Secundaria -un claro exponente de los que existen en otros muchos estratos de nuestra sociedad. Las prospectivas estadísticas del CIS y del Consejo de Europa a lo largo de los últimos años lo confirman. Por consiguiente, ahora en que nos llegarán más refugiados -inmigrantes en definitiva-, urge revisar qué hayamos hecho o no en nuestro entorno educativo y, de paso, no cejar en des-educar a nuestros adolescentes de multitud de prejuicios que tienen muy bien aprendidos de los mayores y del entorno. Se los hemos enseñado como forma de reacción frente al diferente -el otro- y frente a cualquiera que ansíe -por cualquier necesidad o por mera humanidad- compartir algo de nuestro espacio en una tierra que, teóricamente, decimos que es de todos.

¿El “espacio vital” de quién?

Hablamos de geopolítica cotidiana de andar por casa y por las aceras de nuestras ciudades y aldeas, pero el “espacio vital” fue pretexto de la Segunda Guerra mundial, y de sus más de 50 millones de muertos. El “espacio vital” fue terreno abonado para los litigios interminables en los minifundios gallegos…Y el “espacio vital” de la corta distancia, como relató John Berger en King, una historia de la calle (Alfaguara, 2000), es el origen de graves desavenencias entre humanos. Y también de eso se trata cuando de des-educar hablamos. De desocupar las neuronas y sus sinapsis -invadidas por egocentrismos viscerales, identidades irredentas y adjetivos posesivos-, y que las colonice la empatía y la solidaridad generosa hacia nuestros prójimos.

Como no nos demos prisa, volverá a estar bien visto -y no sólo en privado-, que cunda y se multiplique, al compás de la distribución por Europa de los refugiados que tenga a bien hacer Bruselas, el ensimismado entusiasmo por que “nos están invadiendo”, “ocupan nuestros trabajos”, “se llevan nuestras ayudas sociales”, “viven a costa nuestra”, “nos traen problemas”, “son delincuentes”, “corremos riesgos yihadistas”… Y hasta volveremos a oír aquello de que “nos bajan el nivel educativo”.

Nuestros adolescentes y jóvenes son más frágiles que nosotros. Y a los adultos, en una sociedad siempre competitiva, nunca nos ha sido fácil asumir con dignidad nuestra condición de seres limitados y temerosos. De ahí los constantes complejos de superioridad y diferencia frente a cuantos nos rodean, especialmente si los notamos débiles. Nos gustan los espejismos, capaces de ilusionarnos en vano de que todo va bien y que somos los reyes del mambo. Sin duda hay gente maravillosa, pero también demasiado fantasma aprovechado. Si lo de “la recuperación” va tan bien ¡qué felicidad!. Que tengamos el índice de desigualdad más alto de Europa y que, además, siga ensanchándose la asimetría social, será una engañifa de oportunistas desaprensivos. Pues ahí está igualmente -en consonancia, por supuesto- ese otro espejismo de la implantación de la LOMCE y su “mejora de la calidad educativa”, creciente a medida que se vaya implantando… ¡Qué bien! ¿De qué mejora educativa hablan cuando a lo que ya han reducido el presupuesto han de añadírsele otros 5.666 millones en este 2015 que se avecina? ¿Y por qué le ha tocado la china a la educación pública en este pronunciado recorte que, del 5,1% que suponía en el PIB hace cuatro años, todavía no hemos tocado fondo y seguirá bajando hasta el 3,7%?

La verdad es que ir de alumnos aventajados es un lío: prefieren estar callados y decretar a su bola, sin explicaciones porque dicen que no les entendemos. Están bajando los recursos educativos hasta el presupuesto (PGE) anterior a 1990 -cuando ni había LOGSE todavía, ni ciclos formativos, ni otras muchas prestaciones que se fueron añadiendo a trancas y barrancas- y, sin más, quieren que aceptemos que así se “mejora la educación”. Como en los espejismos de cuento, el final tendría que ser feliz y se quedarían contentos. Ensimismados están y no se enteran de que fuerzan mucho la narración, obligándonos a sobrentender que todo mejora si le va mejor a unos pocos chiringuitos. Si somos buenos lectores, nos tocará calificar este embeleco como puro y duro prejuicio. Interesado en otra cosa y no, desde luego, en que el bien general sea prevalente en lo que a inversión social se refiere.

 

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