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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

La inminente vuelta al cole obliga a repensar para qué sirve y cómo deba ser.

Manuel Menor Currás
30-Agosto-2015

Cambio de rutinas, orden, disciplina, pero también sentido y funciones de la escolarización, son, al lado del aprendizaje de conocimiento y destrezas sociales, cuestiones a plantearse estos días.

Termina agosto y, de vuelta en casa, empiezan las inquietudes del  pronto regreso a la rutina cotidiana de las aulas. Se impone el ir, poco a poco, acostumbrándose a horarios, comidas y pautas de sueño menos elásticas que las del inmediato verano. Bien es verdad que la adaptación no tiene las mismas dificultades en todas las edades, pero conlleva siempre una diferente forma de vida, cambios de alguna envergadura y, de paso, algún grado de empeño distinto. No es lo mismo en la escuela infantil que en primaria o secundaria o, incluso, en los tiempos universitarios. Cada edad tiene sus particularidades y requiere diversos modos de atención.

Otra vez…

El paso de un esquema de vida más relajado y “libre” a secuencias temporales más rígidamente ordenadas y “disciplinadas”, en que cada paso y actividad han de estar realizadas en un tiempo y forma que no hayamos determinado nosotros, supone inevitablemente una readaptación de hábitos, más o menos costoso en niños, adolescentes o adultos. A todos de algún modo atañe y, con alguna frecuencia, incluso el propio sentido de la vida se ve afectado. Los propios padres vienen a coincidir por las mismas fechas –los que tienen trabajo– en la vuelta a los ritmos que marcan los horarios y contratos laborales: no les son extraños los síndromes vacacionales. Más todavía, no son pocos quienes guardan, de cuando niños, extrañas dolencias asociadas a cuando acababan las vacaciones y a que, ya iniciándose el cambio de coloración de las plantas caducifolias, debían reiniciar las tareas escolares. Algunos pacientes de determinadas afecciones viven desde finales de agosto una especie de agotamiento último y un paulatino desmoronarse del sentido que el rápido amarilleo de las hojas y su posterior caída sin retorno confirmase, de modo que el comienzo de curso les inclina hacia la depresión melancólica frente a la desbordada vitalidad que el verano habría dejado atrás.

No se trata de un asunto menor y de no es un mero capricho infantil. Son los primeros pasos de un aprendizaje costoso de asumir más allá del mero cambio circunstancial de hábitos. El principio de realidad, con sus duras imposiciones y requerimientos, es asunto urgido de gran atención y cautela por parte de padres y tutores. Por supuesto, también debiera estar en el ánimo de profesores y agentes escolares prestarle el debido cuidado, con el fin de que sirviera de oportunidad para el crecimiento personal y no para estar a remolque de dependencias y fijaciones desestabilizadoras. Jano y su doble cara, como condición ineludible de la condición humana de constante paso entre situaciones de cambio, de fluido final y comienzo, prudente y clarividente para que merezca la pena.

Disciplina

El final de agosto es para muchos, en todo caso, como enero: se regresa y no precisamente a Ítaca. Para los más afectados de cerca por los asuntos de la educación, no es ninguna novedad que buena parte del sistema educativo cumple funciones que no tienen que ver necesariamente con el conocimiento, salvo que se entienda por tal conocer qué lugar nos corresponde a cada uno en el mundo conflictivo en que nos toca vivir. O que aprender pronto que no todos somos iguales, tampoco es pequeña cosa. O que, por eso mismo, saber lo que más importa del sistema educativo no es lo que dicen explícitamente las asignaturas sino las rutinas constantes, o, también, que lo que dicen éstas tiene distinto valor según quien lo aprenda. Este conjunto cognitivo es el colmo del aprendizaje si se llega pronto a él. Conducirá de inmediato a entender que el sistema educativo tenga distintos canales –públicos, concertados y privados– para el cumplimiento de estas funciones diferenciadas y que, en todos ellos, el asunto principal es el aprendizaje de la disciplina correspondiente a cada cual según su grupo social de adscripción. Disciplinar la mente, disciplinar el cuerpo, disciplinar el uso del tiempo, disciplinar las pautas de lo que está bien visto o mal visto según el orden social que –entre otras particularidades– a cada cual le ha tocado en suerte, son cuestiones que la sociología crítica ha tratado de destacar desde hace muchos años y que ninguna de las reformas que hemos tenido, desde la propia LGE de 1970 –no digamos desde antes–, ha osado contravenir en serio. De uno u otro modo, este es un núcleo duro que todas han sostenido, con mayor o menor intensidad según la coloración de cada gobierno.

El regreso al cole o al trabajo –lo primero es un anticipo de lo segundo en el mejor de los casos–, pone en evidencia esta dualización persistente en nuestras vidas. Produce a todos, a niños y adultos, similares actitudes, temores y ansiedades, contradicciones y contraposiciones, siempre en las inmediaciones de lo  esquizoide. Si aprender esto es costoso, a muchos, además, el final de agosto les sugiere y previene sobre la inutilidad del trayecto de la escolarización. Saben, de entrada, que ellos van al colegio o escuela pero que no van a ser propiamente “estudiantes”, con sentido y coherencia de que lo que se quiere que aprendan les vaya a conducir a una profesión sólida y apetecible. Perciben –sin haber leído la LOMCE– que lo que les ha correspondido es un trámite hasta llegar a la edad laboral…, ahora a los 16 años y antes a edades bastante más tempranas. Como saben, adicionalmente, que los suyos serán siempre los empleos de menos cualificación, los de aquellos que el sistema no ha logrado integrar por haber “fracasado”. Desde antes de empezar a estar escolarizados están destinados a esa lista: Carlos Lerena ya concluía en 1976 que, en una edad clave como la de los seis a nueve años, la mayor parte de los retrasos escolares –la edad de cada alumno respecto a la que le correspondería en el curso en que se encuentra– obedecía a razones de índole social familiar, “está determinada por la clase social de origen” (Escuela, ideología y clases sociales, Ariel, p. 310). Por entonces, cuando estaba en plena vigencia la EGB –y la obligatoriedad alcanzaba hasta los 14 años–, el 31,99% de quienes la cursaban eran descalificados al final, como había recordado Fernández Enguita (Educación y Sociedad, I, 1983, pp. 55-85).

Volver a pensar

El final del verano, con su vuelta al cole, propicia, por todo ello, el repensar el sentido del sistema educativo que tenemos. Los padres vuelven al trabajo y los niños vuelven al cole mientras queremos creer en la “movilidad social” que representa el acceso a la educación y en que es una “igualdad de oportunidades” para todos. En la práctica, sin embargo, hay muchas cartas marcadas y, sin la atención debida, lo seguirán estando y de muy poco valdrán esas grandes palabras. En general, el organigrama está diseñado para que cada pájaro vaya a su nido y que todo siga muy parecido a como ha sido siempre. Pongámonos al final de los estudios, a la hora del empleo, por ejemplo, y veremos que el criterio por el que se guían los empleadores no es el de las capacidades reales de los individuos sino el de los prerrequisitos formales que hayan cumplido. Esto les asegura una primera criba de candidatos que tienen cierta motivación y competencia social frente a los que por razones diversas no han logrado una determinada acreditación. Pero es que, además, los títulos y credenciales que confiere el sistema educativo no son para todos. Están diseñados como una forma de control de entrada a las posibilidades escasas de trabajo, especialmente de las más deseables y privilegiadas.

Justo en el momento de iniciarse un nuevo curso, todas las expectativas están abiertas sin que a nadie le sea palmario que sus vástagos vayan a ser escogidos, por muy inteligentes que sean y por muy bien que cumplan todos los ascetismos que requiere una esforzada dedicación al estudio. El obrar según los requisitos prescritos sólo es imprescindible para estar entre los bendecidos con la dubitativa expectativa de empleo. Por encima de todo ello, y dada la enorme proliferación de títulos y diplomas –y los criterios que han impuesto las sucesivas reformas laborales–, quienes tienen capital cultural de clase tienen muchas más oportunidades para aprovecharse de los beneficios de la situación profesional a que pertenecen sus progenitores y de los criterios restringidos que rijan su entrada en la misma.

Evidentemente, la escuela y sus gestores –profesores y maestros incluidos– no pueden quedar indiferentes. Si no quieren adscribirse a la obsolescencia burocrática, han de repensar su sentido y cualificación democrática: qué sociedad y qué tipo de ciudadanos quieren construir, en qué medida y de qué maneras pueden contribuir desde su espacio educador a que todo sea más justo y menos discriminatorio, qué procedimientos deban primar para que las oportunidades de igualdad sean tales. Los comienzos de septiembre son la hora de los proyectos de centro y de sus especificaciones en las aulas y asignaturas. Es un buen momento para replantearse multitud de procesos y dinámicas innovadoras. La vuelta a los olores de los escolares –lápices y gomas especialmente– debiera ser una ocasión para que el inminente curso académico no huela ya de entrada a algo sobado. Ojalá lleve a profundizar en la renovación de significado de un tiempo precioso y preciado para todos.

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