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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Las bicicletas no son para el verano y, a este ritmo, tampoco para el invierno.

Manuel Menor Currás
23-Agosto-2015

Hay muchas más bicis, pero también más ladrones de bicicletas que nunca. ¿Qué está pasando en sanidad? ¿Qué sucede en educación? ¿Pueden los zorros cuidar de las gallinas?

Corría el año 1977 y Fernando Fernán Gómez era premiado por una obra de teatro que llevaba casi este mismo título, sólo que con un enunciado afirmativo: “son”, en vez de “no son”. En 1982, sería llevada al cine por Jaime Chavarri, con gran éxito de público y de premios. Recreaba la angustia creciente de una familia pillada de lleno por la guerra civil. La sucesión de problemas que le acarrea el avance de la guerra, y los desastres consiguientes, desplazan y aplazan interminablemente la ansiada posibilidad de disfrutar de una bicicleta.  La conclusión, pesimista ante la promesa frustrada –que recogía el título de la obra–, bien pudo haber dado pie al título que encabeza esta columna.

De las bicis de antes a las de ahora

No lo fueron para aquel verano de 1936 y, para muchas familias, tardarían muchos años en volver a serlo. El hambre, la miseria, la escasez de casi todo, hicieron florecer el trapicheo y el estraperlo para salir del paso. La inventiva cutre de la mecánica popular y del gasógeno y aquel paisaje tan certero y surrealista quedó bien documentada en el TBO. La Rue del Percebe, que iniciara Francisco Ibáñez en 1961, retrató perfectamente el panorama que, cuando el desarrollismo, persistía en sus condiciones esenciales después de más de 20 años. Y llegaríamos a 1969 cuando, en el “libro blanco” de la ley general de educación que, según decían, iba a cambiar a fondo el panorama educativo de los españoles, faltaban escuelas, faltaban maestros, institutos, faltaba de todo y llegó la EGB. La OCDE ya nos miraba de cerca, también desde 1961, y constataba que, con lo que había, no se iba a ninguna parte; que era preciso cambiar algunas cosas para que siguiera todo muy parecido.

¡Menuda crisis la de aquellos años!  Tener bici era un signo de estatus, que tardaría mucho en generalizarse. Hoy, afortunadamente, hay bicis disponibles para casi todo el mundo e incluso hay asociaciones para distribuir excedentes. Pero tampoco es lo que era y ha pasado a reintegrarse en la vida urbana, no como sustituta pobre de otros medios –que eso era en Ladrón de bicicletas, sino como modernidad  preciada, propia de la vida sostenible, más sano que el de la cultura invasiva del automóvil. Con la bici, las ciudades pueden ser más vivibles y hasta más guapas. Salvo cuando –siempre hay un pero– invaden la vida peatonal: las aceras no han sido hechas para soportarlas como forma demostrativa de dominio abusivo. Cuando el viandante tranquilo tiene que discutir con cualquier prepotente engreído en un sillín, tenemos un lío: alguien se toma el rábano por las hojas y quiere que los demás aguanten su desvarío. Los “progresos” casi siempre vienen con aventajados “monstruos”.

La neurosis del verano

Peor es si este hábito malsano se sobrepone a otros de mayor impacto destructivo. No es inhabitual que, en verano, proliferen maltratadores de los demás imponiendo caprichos, prepotencia y –como antes se decía– “mala educación”. El ruido, las voces y músicas, tubos de escape locos, cláxones y gritona bobería festiva son un martirio que mucha gente soporta de continuo en nombre del “progreso” de cualquier fantasía descerebrada de unos pocos. El tradicional verano desinhibe y ayuda a incordiar el tímpano y la necesidad de descanso que puedan tener los vecinos. El conflicto de intereses se acelera y, en el mejor de los casos, alguien vuelve a hablar sensatamente de normas que permitan a todos convivir en paz.

Las aceras mismas están más confusas en verano. Las peatonalizaciones hicieron que hosteleros variopintos ascendieran en la estima de los alcaldes. Su apropiación del espacio callejero podía ser fuente adicional de ingresos, además de imitar hábitos parisinos en calles de escala reducida por una especulación exacerbada. Pero la marea de visitantes lo veía divertido e informal y el resultado es que las aceras y plazas han mutado su ser en perjuicio del paseante común del barrio o del pueblo. Si busca un banco para sentarse, es aventura imposible. Quien impone su ley es el gremio hostelero. Y el modelo económico más preciado es el del exhibicionismo chillón que, indirectamente, provoca el turista que viene a relajarse unas horas: ha de tener  todo tipo de facilidades baratas para que deje un poco más de pasta. Ante lo cual, ya importan un bledo los inconvenientes que este negocio pueda causar al resto de ciudadanos. Una discriminatoria conducta ratonera que  generará cada vez más hartazgo.

La bici sanitaria

Tampoco puede decirse que las bicicletas sean para el verano si, en esta estación –puede ser cualquier otra–, tiene que acudir a los servicios de Sanidad. Pronto comprobará que están hechos unos zorros, convenientemente adaptados para que se entienda que “la crisis” –este mantra que desde el 2007 nos vienen invocando–  hace que el “progreso” en este caso consista en algo cada vez más etéreo e inconcreto. La ficción de derechos del paciente se viene abajo pronto, cuando se da cuenta de que, si ha conseguido que parezca que le estén atendiendo, lo que más desean sus gestores –no exactamente los profesionales que le hayan tocado en suerte, que puede que también– es que se vaya a una clínica privada. Y si decide pasar a ésta, nadie sabrá explicarle por qué dicen todos que funcionan mejor. Es una comparación falsa: la mayoría de quienes –por urgencias vitales– han tenido que claudicar, afortunados son si anteriormente no han tenido que comparar.

En Sanidad, a la metafórica bicicleta que tenía todo lo que tenía que tener y que rodaba mejor que bien, han empezado a quitarle ruedas en unos sitios, el sillín en otros y, en bastantes lugares, suerte tienen si les queda el cuadro. Entre privatizaciones, personal despedido, medicaciones restringidas, copagos añadidos, y, en verano, sacrosantas vacaciones y turnos, bienaventurado es cualquier paciente si, antes de empezar, la propia lista de espera no le lleva al cementerio. Las triquiñuelas contables por que se rigen estos listados son una fantasía de ingeniería. Y los protocolos básicos que organizan el tratamiento de los episodios clínicos, sólo con la buena suerte de una urgencia desesperada alcanzan a poder cumplirse con probabilidad. Siempre hay excepciones, claro, pero si éste tiene que ser el planteamiento sistémico entramos en el territorio de la taumaturgia. No habría habido “mareas blancas” estos últimos años si no fuera así. Y no habría pasado lo que pasó hace poco en el Hospital La Paz, de Madrid –centro de referencia durante muchos años–, con un caso grave de operación de corazón suspendido “por falta de camas”. Claro que si tienes dinero esto puede paliarse, pero son muchos más los que no lo tienen. Para eso se había creado la Seguridad Social y no debiéramos volver a estar como en la postguerra; cuando querían, los que podían acudían a los proveedores estraperlistas. Razón por la que no deja de ser un robo y un atropello que estén desmantelando delante de nuestros ojos una de las joyas más preciadas de nuestro siempre mediatizado bienestar social.

El robo de la bici educativa

Y lo mismito ha venido sucediendo en el sistema educativo. Qué les voy a contar de nuevo cuando está terminando este agosto del 2015. Nuestros mejores historiadores de la educación española –lean a Manuel de Puelles, por ejemplo– no cesan de decir que el único momento en que realmente hubo una seria preocupación del Estado por la escuela pública, es decir, por que fuera realmente accesible a todos los ciudadanos un tipo de enseñanza científica, libre e integral, fue en la II República: se hizo más en aquellos tres escasos años de lo que se había hecho nunca. Tanto se hizo que, uno de los primeros decretos de “los nacionales” en 1939 fue suprimir casi la mitad de los institutos y escuelas que se habían creado. Entre los primeros pases de aquella faena –del robo de la bicicleta–, más de 30.000 profesores fueron “depurados. Y para completarla, en 1941 se estableció el pago de subvenciones a los colegios privados –origen de la dualizada situación actual–, mientras al frente de aquel desastre se ponía a personas que odiaban la justicia distributiva que pudiera mostrarse desde la escuela, y encargaban la docencia a un tipo de maestros venidos directamente de los mutilados de guerra o similares, con tal que acreditaran “lealtad absoluta”.

Es probable que mucha gente no sepa ni quiera saber qué pasó aquel verano del 36. Se encargaron muy bien, con José María Pemán como pionero, de que solo se pudiera contar su versión a las generaciones de escolares que siguieron: el control de los libros de texto y de lo que pasaba en las aulas fue constante para que se generalizara la ignorancia. Como pudo comprobar Max Aub en 1969 al escribir La gallina ciega, el paisaje de desmemoria democrática y de olvido era ya por entonces una de los éxitos más logrados del franquismo. El problema es que sigue siendo una historia desgraciada, que sólo hemos paliado levemente. Sigue viva la idea de que estos asuntos son secundarios, como de segundo o último nivel y que para desarrollar políticas educativas vale cualquiera a condición de que nunca falle en sostener viva la desigualdad y en sugerir que la mejor inversión que se puede hacer para un hijo es pagarle una “buena educación” privada.

La LOMCE es un ejemplo perfecto de cómo nos siguen robando la bicicleta y nos frustran uno de los gozos del verano. Los recortes en becas, libros y comedores escolares son un calvario para mucha gente que ansía para sus hijos lo mejor. Pero nuestros queridos gobernantes nos entretienen con que si el nivel económico del PIB sube y con que el empleo va como un tiro: pura ideología sectaria. No dicen lo que esto esconde de miseria creciente, especialmente para los más jóvenes. Y, para que todo cuadre en el esquema prefijado, apenas modificado, es importante no perder de vista a quiénes se están encomendando los asuntos educativos en esta legislatura autonómica. En Madrid –por ejemplo–, ¿qué prestigio puede preceder a una viceconsejera acreditada por haber proclamado –en otro momento anterior en el mismo puesto– el “derecho a la ignorancia” de los chavales con más dificultades? ¿No habíamos quedado en que hay que respetar la Constitución y su proclama de que “todos tienen derecho a la educación” (art.27.1)? ¿Es que la han reformado sin enterarnos? No tenía razón Fernán Gómez: las bicicletas no son para el verano. Especialmente cuando se encarga a los zorros que cuiden a las gallinas.

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