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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Las quejas de los profesores continúan: los problemas siguen ahí.

Manuel Menor Currás
4-Julio-2015

El malestar docente persiste en múltiples frentes, pese a que los asuntos educativos hayan empezado a tener presencia efectiva en muchas agendas de autonomías y ayuntamientos.

En muchos ayuntamientos y algunas autonomías, las cuestiones educativas están pasando a primer plano a cuenta de algunos cambios motivados por las últimas elecciones. La educación infantil y los comedores escolares, pero también la pugna entre editores de libros de texto y partidarios de una menor presencia de este medio de transmisión de conocimiento escolar, acaparan mayor atención de la prensa. Incluso el presidente de Repsol ha parecido interesado “en dar la vuelta a la educación”. Sigue y seguirá, sin embargo, la protesta de colectivos amplios de profesores –y a veces también de familias afectadas– por cuestiones casi siempre relacionadas con el deterioro de las condiciones en que tiene que moverse la enseñanza pública y, en algún caso concreto –como el del instituto “Ciudad de Jaén”, de Madrid– cuestionando que la nueva presidencia de la autonomía madrileña vaya a ser más sensible a los problemas de los centros y a su gestión interna. La “transparencia” publicitada parece que seguirá ajena a sus necesidades reales.

Todo augura que las quejas y sus razones vayan a seguir estando ahí en demasiados casos, como en una mala pesadilla, bien porque los recursos sean pocos o porque la disposición de quienes deciden siga alejada de las realidades más perentorias. Deberemos, pues, acostumbrarnos, al menos, a saber distinguir, porque mirarlas despectivamente como molestia genérica y ajena puede ser indicativo de degradación de valores cívicos principales. Desentenderse de las que están sobradamente justificadas, es indiferencia por que podamos tener un sistema educativo digno, accesible para todos y a la altura de lo que el tiempo que vivimos necesita. Como también lo es pasar de las protestas de médicos y enfermeros, otro enlace fundamental con la modernidad social.

A veces, para avanzar conviene pararse a recordar. Cuando menos se podrá evitar caer en tópicos perversosEl nutriente originario de “quejas” de los profesores y maestros es muy variopinto y no está tan lejos, desde luego, lo del “hambre del maestro de escuela”, que a menudo salta a modo de refrán chusco. Fue bastante más que una anécdota y muchos antropólogos saben de la perduración de estas carencias en la memoria colectiva. Muchos lograron superarla desde “la huida del arado”, como Luis Mateo describió certeramente, a propósito del peculiar erial educativo de los años cuarenta a sesenta, en Vidas de insecto (Galaxia-Gutenberg, 2012). Pero en la más reciente intrahistoria de la educación española, a la hora de algunas “quejas”, también ha jugado lo suyo el haber accedido al trabajo docente cuando tanto se les insistía en que se trataba de una “vocación”, y han visto casi siempre que deberían hacerlo casi gratuitamente y sin protestar. Pesan muchas más cosas, además, en cada trayectoria particular; incluso algo muy vulgar –implícito en el ineludible envejecimiento causado por una tasa de reposición ralentizada en los últimos años–, como el síndrome de “indicador de carretera", inamovible en el mismo sitio mientras se ve pasar por las aulas gente cada vez más joven.

No se ha de olvidar tampoco lo que J.M.Esteve, de la Universidad de Málaga, dejó estudiado en 1987: El Malestar docente. En vísperas de las huelgas y protestas de ese año y el siguiente –que costarían a J.Mª Maravall su continuación en Educación–, hablaba de un cambio de panorama social muy potente con gran incidencia en el quehacer escolar, que generaba afecciones muy estresantes. El cuadro clínico que allí se pintaba no ha cesado de saltar, de vez en cuando, del tratamiento especializado a la prensa. En 2001, por ejemplo –tiempo de más bonanza económica que el actual– ya había constancia de que el 60% de estos profesionales tenían alguna enfermedad  característica, y que un 17% deseaba dejar lo más pronto posible su profesión. No olvide nadie tampoco que las mareas verdes de estos años pasados no sólo tuvieron detrás ideales razonables. Memoria hay de que, desde 2009, cuando el Estado ha querido, les ha considerado personal muy a mano para todo tipo de recortes,  confluyentes siempre en alarmantes cifras de profesores expulsados del sistema,  deterioro de salarios, ritmos laborales cambiados, multiplicación de tareas y tiempos de dedicación al puesto de trabajo, obligada implicación en mayor cantidad de casos de alumnos con todo tipo de problemas, y a menudo, falta de apoyo de las autoridades correspondientes.  Todo en un suma y sigue inacabable que todavía no ha tocado fondo cuando, a los más viejos, esta secuencia les suena a pauta y rémora constante: desde que han entrado a trabajar, los responsables de cada momento siempre se han apañado para refrenar las ansias de quienes quisieron dignificar y consolidar el prestigio docente en todos los niveles educativos, amén de corregir la desidia por el trabajo responsable e innovador de cada trabajador.

Es fácil criticar, a bulto, las quejas de los docentes y, a veces, con mucha razón. Dentro del propio sistema educativo, la fragmentación interna por niveles y gradaciones jerárquicas, ha sido siempre una excusa perfecta para evadir responsabilidades: la culpa de cualquier problema la ha llevado siempre el del nivel inferior. En las familias, también ha cundido mucho, cuando el niño o la niña no cumplían las expectativas escolares de los papás. Y los sucesivos ministerios que hemos venido teniendo han encontrado en PISA –sin enterarse bien qué mida realmente este Informe de la OCDE– un pretexto para poner de vuelta y media al profesorado. Las hemerotecas están llenas de cartas, mensajes e interpretaciones, cuando no insultos, que guardan estrecha relación con alguno de estos tres frentes. Es decir, que, mírese cómo se mire, hay problemas, a todas luces no pequeños, que tienen alguna urgencia si se quiere ir hacia un sistema educativo  democrático, “transparente” en su gestión y en el rendimiento leal de cuentas a la sociedad que lo sostiene.

Trabajar la “transparencia” supone, sin embargo, obligarse, de entrada, a una perspectiva veraz del panorama, con los menores prejuicios posibles. Una forma de negar el problema  es estimar que la opinión pública respecto a la valoración de los docentes sea estable y en un rango alto como el que el CIS haya podido detectar en un momento determinado. Es un prejuicio no difícil de eliminar, pues el retrato puntual, siempre provisional, lo corrige la propia sociedad de continuo. Valores bien distintos y  más constantes, pueden verse, por ejemplo, comparando las cuantías de “buenos alumnos” certificados por la prueba de selectividad en los últimos 25 años como aptos para estudios universitarios y cuántos, de los tramos altos de la línea de corte, hayan optado por la docencia. Una información que mejora si se compara con el análisis de cuántos hayan entrado en ella como última opción laboral. Si, por otro lado, pudieran contrastarse estos indicadores con el diferencial aprecio ciudadano hacia otras carreras profesionales, socialmente “más brillantes”, la pesquisa nos ayudaría a entender de modo realista cómo es la trayectoria del presunto aprecio coyuntural de los ciudadanos  en un momento determinado hacia la profesión docente.

La pertinencia de  muchas quejas docentes gana en realismo, además, si se estudian   los gestos de la universidad. Muchos fantasmas se borran si se observa, por ejemplo,  qué haya hecho o qué esté haciendo por captar a los mejores alumnos del Bachillerato hacia las tareas educadoras. Por otro lado, la universidad es la que expide prácticamente todos los títulos de competencia a los futuros docentes escolares, especialmente desde 2009. De ella depende la calidad que tengan los estudios de magisterio, la provisionalidad de los ICES o, ahora mismo –después del Plan Bolonia–, una contrastada calidad de los másteres de que es responsable desde sus Facultades de Educación. Pero en contraste sucede que la entrada en la profesión y los requisitos de formación inicial existentes para poder ejercerla, ya fueron motivo de las elecciones de 2011, porque necesitan una potente revisión. Más valdría centrarse en revisar, con seriedad, qué haya pasado en ese ámbito, que en echar balones fuera.

El tesoro documental de sensatas “quejas y quebrantos” de los docentes en general, y de los escolares en particular, puede enriquecerse con facilidad. Otra fuente inagotable de realismo mana del fervor de la administración educativa hacia sus profesionales de la enseñanza. Da mucho de sí, por ejemplo, la secuencia irrefrenable de prescripciones burocráticas, de poco alcance y prácticamente nula incidencia, en primar la excelencia en una carrera profesional coherente. Podría partir de los contrastes esquizoides que suele mostrar la normativa jurídica especializada, en que los preámbulos genéricos nunca se privan de apelar a que “nada se podrá hacer sin” el profesorado, mientras las concreciones se vuelven romas y estériles para cuanto no sea inercia rutinariaLos propios doces tomadura de pelo), LOMCEdemasiados ture, . Pero los propios docentes son cualificados testigos de qué se haya estimulado en ellos, la colaboración que se les haya pedido para superar las maneras meramente transmisivas del conocimiento o cómo –a efectos burocráticos de cualquier calibre–  tanto les haya valido un cursillo de macramé como un sofisticado curso para mejorar su interacción en el aula; unos créditos a cuenta del último refrito de Pío Moa como un curso sobre cómo enriquecer su trabajo con un grupo disruptivo de ESO. Ellos, los profesores escolares, son, además, los primeros en advertir del débil cuidado institucional hacia los mejores  –que los hay y muy buenos–  y cómo una buena parte de lo bien construido casi siempre ha sido fruto del más puro voluntarismo de los más responsables.

En esta búsqueda de los nutrientes valiosos que subyacen a las “quejas docentes” no debiera quedar al margen una de las leyendas más cultivadas –también fuera de estos colectivos–  desde los años ochenta: la de la "huida de la tiza" –incluida la secuencia de despropósitos que algunos de estos fugitivos han devuelto a sus colegas– y las derivas que, desde antes de la crisis, hayan provocado en muchísimos una ansiedad inusitada por la jubilación anticipada: no olviden el dato del 17% de quienes desean dejar la profesión cuanto antes. Hay una investigación colateral que probablemente vendría bien aquí: cuántos de los que han ejercido o ejercen alguna de las profesiones docentes la hubieran dejado o la dejarían a la menor oportunidad: nada sabemos de la pasión educadora que no han podido derrochar hacia sus alumnos. Como nadie ha hecho el cálculo todavía de lo que hemos perdido las generaciones de docentes que no tuvimos los maestros y profesores que nos hubieran correspondido si no hubieran tenido lugar “la depuración del magisterio”, tan sistemática en la guerra y postguerra contra lo mejor de la docencia de la época republicana, como ha estudiado Francisco Morente Valero.

Llegados aquí, nadie debiera rasgarse las vestiduras si descubre, por ejemplo en las encuestas del INE, que lo que tiene valor en esta sociedad es muy distinto de lo que las retóricas oportunistas suelen propagar acerca de que les parezcan un misterio las quejas de los profesores: “quejarse”, y más en un momento crítico como éste, a muchos les suena a maleducado si proviene de profesores y maestros. Los sindicatos profesionales sobradamente saben del ninguneo y mala prensa al respecto. Y como prueba, ahí está otro tópico dominante en muchas tertulias: “vives como un profesor”, más o menos equivalente a que, si te quejas, es de puro vicio. Atrás quedan, como si pertenecieran a la Prehistoria –imprescindibles, sin embargo, para una comprensión cabal de que las “quejas” de quienes se quejan ahora son el futuro de otras bastante recientes–, las movidas de los setenta por cuestiones de salarios, penenazgos e interinidades, no convocatorias de oposiciones, colapso de la demanda educativa, edificios descuidados, etc., no sólo en la enseñanza general, sino también en la universidad. Muchos papeles de quejas de esos años –el Boletín del Colegio de Doctores y Licenciados de la etapa de Eloy Terrón, por ejemplo–, parece que estuvieran escritos ahora mismo e incitan a saber dónde y cómo se perdió el hilo conductor de aquellas “quejas” de entonces.

Detrás de esta historia tan poco misteriosa de muchas “quejas” pertinentes de los profesores de ahora –y de las de quienes quieren contrarrestarlas alegremente–, subyace una nada sutil lucha por el poder en el campo educativo. Sucede igual en muchos otros campos laborales, en que las crisis sitúan en el disparadero a todo tipo de gentes, incluidos los oportunistas. Diane Ravitch lo dice muy claro: “la globalización neoliberal nos lleva a toda velocidad hacia el Antiguo Régimen de servidumbre, siervos y esclavos”.

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