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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

¿Envejecerán prematuramente las novedades municipales en asuntos educativos?

Manuel Menor Currás
15-Junio-2015

Los gobiernos municipales y comunitarios que se constituyan corren el riesgo de la desidia, por nuevos que sean. Es profunda la innovación que deberán acometer en  proximidad al ciudadano común.

Una de las pruebas del cansancio previsible en democracia es que las plazos electorales están colocados cada cuatro años. Como también lo es, si bien se mira, la serie de artimañas que, para que no se haga notar en exceso en las urnas, emplean muchos vocacionados para enredar las cosas y continuar en sus cargos in saecula saeculorum.  Probablemente por eso mismo han previsto eternizarse en el recuerdo de sus vecinos a base, por ejemplo, de dejar solemne y omnímoda constancia epigráfica de hechos variopintos que, a su paso por alcaldías y puestos de todo rango, han generado para la posteridad.

Apenas transcurridas unas horas desde la última configuración de los Ayuntamientos y cuando se están pactando la mayoría de los gobiernos autónomos, la primera certeza que cabe deducir es que no todo es nuevo y que no todo lo que dice ser nuevo es realmente tal. Desde luego, el mapa resultante de las modificaciones producidas este sábado da buena cuenta topográfica de por donde transcurre el devenir de cada territorio, la existencia y la esencia que le son propias. No todo fluye, como había dicho Heráclito; hay quien se queda en que todo vuelva a ser como era, que también es una manera de estar en este mundo. Ahí está, por ejemplo, Ourense, en medio de las ciudades gallegas, para estudio etnográfico de hábitos seculares en pleno siglo XXI. Ahí están, igualmente, las arremetidas de Aguirre contra Carmena, inquieta por que el gobierno de la exjueza pueda no estar “a la altura de la herencia de los 24 años del PP”, o las múltiples llamadas de atención a los peligros “radicalessss” de cuantos hayan optado por “novedades”. Y con ellas concuerdan unísonos conciertos educadores de largo aliento, como los del FMI o, más cerca de nosotros, del Banco de España, ocupados en las pedagogías del recorte, el abaratamiento del despido, la subida del IVA o la extensión del copago en sanidad y educación.

A propagar estos criterios –tan innovadores que ni alcanzan a proveer la subsistencia que regía  la “ley de hierro de los salarios” (Ferdinand Lassalle, 1862) –, se han dedicado quienes ahora se lamentan del fervor perdido entre votantes de antaño, mientras prosiguen hacia la victoria en el próximo noviembre adoctrinando sobre las excelencias del cilicio colectivo, pero separando del común el agradecimiento debido a sus presuntos merecimientos por salvarnos. Como explicaba Millás hace unos días, esto de “Rajoy (clase alta) –uno de los más fieles devotos” del FMI–, si no nos subimos a este tren de “extender la pobreza para que haya menos pobres”, nos arrepentiremos muy pronto y para el resto de nuestras vidas: “un claro aviso de cara a las elecciones generales, de cuyos resultados dependerá el mantenimiento del tinglado”. Por más viejo que le resultara a la sufrida ciudadanía este discurso, a sus fautores les debe resultar tan nuevo como inamovible, pues empeñados están en renovallo y no enmendallo, y en fiarle su expectativa de que España no dé un solemne “frenazo” en el futuro glorioso que nos espera tras la “recuperación” en que, según dicen, ya estamos inmersos.

A los más viejos del lugar les han vuelto a sonar, sin embargo, agradablemente  músicas que ya habían oído –e incluso tocado– en otros años de transición más propiamente tal. Porque acumulan en lo vivido que, después de tanto destejer lo difícilmente tejido para un pasable bienestar de la mayoría de la población, las pretensiones juveniles de un mundo más justo, atento a los más necesitados, se venían abajo estrepitosamente. Desde el desvanecimiento de la guerra fría, las coyunturas socioeconómicas fueron pronto más evanescentes, el mundo se globalizó enseguida para una producción mucho más flexible, propiciadora de  que la rentabilidad del capital creciera sin el coste creciente de los salarios de proximidad, de modo que ya el pacto social no era indispensable para mantener la “seguridad social” que necesitaba el libre mercado, y ya se podía volver a hablar sin tapujos de quiénes eran realmente los dueños de casi todo. Sin que necesariamente tuvieran que dar explicaciones de su riqueza ante la Hacienda pública, podían incluso exhibirse ahora como benefactores caritativos de cuando en vez.

Después del resbalón electoral último del PP, la expectativa principal es saber si se asentarán suficientemente y cuánto durarán las nuevas/viejas melodías de justicia distributiva de que se han hecho eco las nuevas alcaldías. Contemplar si cuajan sus ritmos o si no habrá que estar pronto de nuevo con el sonsonete de que habrían de haberse blindado para el futuro políticas sociales que garanticen a todos unos mínimos vitales. ¡Qué duda cabe que, después de los discursos de toma de posesión de Carmena o Ada Colau, durante bastante tiempo seguirá la expectativa de poder ver si otra política es posible, cambiando el orden de prioridades y de sujetos de atención preferente! ¡Y tampoco cabe duda de que mucha gente seguirá aferrada a su particular modo de examinar con lupa –y torpedear si se tercia– que esa utopía de uso razonable del poder se haga mínima realidad tangible! Y se prolongará, además, la lectura de lo pasado y lo por venir en torpe clave de buenos y malos –con tormenta mediática estridente–, mientras no encontremos fórmulas ajustadas para un ejercicio más sereno de tolerancia mutua.

En políticas educativas, no son muchas las competencias que tienen los Ayuntamientos, pero tampoco puede decirse que sean pocas las que pueden asumir o que sea escaso el giro que pueden imprimir a las que tienen. Para empezar, ahí tienen el horizonte de la reversión de los servicios municipales –incluidos asuntos educativos diversos– hacia una gestión municipal, contraria al negocio especulativo de unos pocos a cuenta de los vecinos como rehenes. Ese saneamiento del servicio a la comunidad sería de alta pedagogía social. Mucho pueden hacer, en este mismo sentido, con la memoria democrática colectiva, dando luz a los nombres, menciones e historia de cuantos han empeñado sus vidas en un civismo lúcido y democrático. A los callejeros existentes en nuestras ciudades, estatuas conmemorativas y denominaciones de instituciones –particularmente en centros educativos, sanitarios y deportivos–, les sentaría bien una modernización acorde con la normalización de la convivencia cívica. Muchísimo pueden y deben implicarse, además, en la atención a la infancia desvalida o con problemas de atención temprana: los comedores escolares y las escuelas infantiles esperan un cuidado que, en muchos casos, venía siendo desregulado a conciencia y a conveniencia de intereses ajenos a la buena educación. Bienvenido será, por otro lado, el esfuerzo que pongan en acompañar la labor educadora de los centros escolares con atención paralela de los trabajadores sociales del municipio a los problemas que, cada día, detectan los profesores en el contacto con niños y adolescentes: carencias de todo tipo y, sobre todo, de preocupación de algunas familias por el desarrollo integral de sus hijos. Y, en fin, ahí está a la espera un más racional y cercano uso de los espacios públicos: ¿Acaso los patios deportivos y las bibliotecas de los centros educativos son independientes de las necesidades de la ciudad? ¿No pueden ser cogestionados con las necesidades de cada barrio, de modo que centros y entorno se enriquezcan mutuamente? ¿Y por qué las plazas y aceras públicas son pasto creciente de la desamortización a favor de la hostelería triunfante, o prolongan los abusos de vehículos y estorbos varios, contra el tranquilo uso de los viandantes y peatones urbanos? En todos estos asuntos –todos muy seriamente afectados por prisas contrarias al sano y sosegado entendimiento de lo público–, sería una gran novatada, avejentadora de toda novedad, que las  alcaldesas y alcaldes electos pretextaran ante sus  votantes presuntas “herencias” y “tradiciones”.

Si toda su renovación se redujera a nuevas caras para gobernar y novedosas maneras de epatar a los vecinos durante un tiempo, es evidente que el deterioro de nuestra democracia se aceleraría. Como las casas que nuestros padres reformaron en los setenta u ochenta, que ya nos resultaron obsoletas casi desde entonces. La nueva dinámica política parece caminar por derroteros más profundos y deseable es que cuaje, de modo que los más jóvenes se sientan concernidos a encontrar buenas soluciones de futuro a sus propios problemas, acumulados a otros de vieja raigambre. Buen síntoma es que sea rara la institución o colectivo social preocupado por las cuestiones educativas que no esté pensando por dónde deban ir sus propuestas a quienes asuman poder, de momento en ayuntamientos y Comunidades y, muy pronto, en el Gobierno del Estado. Entren en las webs, por ejemplo, del Colectivo Lorenzo Luzuriaga, Marea Verde, Fundación 1º de Mayo o CEAPA, y podrán ver cuáles sean sus principales anhelos inatendidos durante estos años últimos.

Estos nuevos “Cuadernos de quejas” esperan respuesta próxima de quienes acaban de asumir o asumirán pronto el mandato democrático de gobernar. Mucho de lo que plantean no es novedoso: lo vienen pidiendo desde hace tanto que ni recuerdan cuándo empezaron a reclamarlo sin que nadie les hiciera suficiente caso. La ocasión es, por tanto, propicia para una dialogada renovación a fondo de viejas ineficiencias del sistema, pero también para un cuidado mucho más atento a un trabajo tan principal para una mejor convivencia colectiva. El procurar que exista una buena escuela de todos para todos es una obligación que no debiera envejecer prematuramente con las primeras contrariedades y empecinamientos que encuentren los nuevos afanes de gestión. De otro modo, el envejecimiento de lo nuevo de estos días será tan rápido que poco de lo logrado hasta ahora en democracia sobrevivirá indemne. Atentos.

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