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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Lo educado es reflexionar: imprescindible para saber a quién votar

Manuel Menor Currás
21-Mayo-2015

De poco valdrá dejarse guiar por la retórica electoralista, si el voto no contribuye a un enriquecimiento democratizador de la convivencia en las ciudades y las escuelas.

La evolución de las encuestas sobre el voto…, incluida la abstención, votos nulos y en blanco, aún deja un amplio margen –más de un 30% en muchas encuestas, y hasta un 45%– para predecir qué vaya a pasar el día 24 de mayo. Suponiendo que quede un claro 70% de votantes, contando las oscilaciones demoscópicas de cada momento –y las inclinaciones no muy dispares de la prensa que sufraga a los encuestadores–, sabemos más o menos qué vayan acabar diciéndonos las urnas esa noche. Pero todavía queda un incierto espacio dubitativo capaz de hacer que el resultado definitivo sea distinto al previsto y, en algunos casos, probablemente muy contrario a las expectativas de una buena parte de la población, sufridora de desmanes diversos.

Las reflexiones que ello suscita son muy variadas, y no pocas de gran interés, a poco que se lean los comentarios que han acompañado la aparición noticiosa de muchas de estas averiguaciones de urgencia. Buena parte proceden de prejuicios similares a los de los periódicos en cuestión, ansiosos de exorcizar el mal que podría sobrevenir si no resultara ganadora en los comicios la posición que se quiere potenciar. Tampoco tienen desperdicio las que, a la vista de la gestión de estos años ritmados por una selectiva “recuperación” y una somnífera “corrupción” del panorama, obligan a pensar en lo poco que tales asuntos influyan en las decisiones últimas de los votantes. De donde cabría deducir, en última instancia, que el del voto sería un rito cuatrienal, indiferente a la realidad y fiel, más bien, a los lentos cambios de humor de los votantes más aburguesados, ese centro neurálgico de las apetencias de algunas carreras electorales y de la mayoría de medios en España. Tal vez por ello tengan tanto éxito películas de “mamporreo continuo y acción trepidante” –que decía Boyero a propósito de Mad Max– dentro de un universo violento, vertiginoso y sin matices, con héroes y villanos disputándose el mejor momento para que bostecemos, al pretender unos y otros desasosegarnos con un espectáculo de lo más previsible.

¡Lástima de crisis malgastada si fuera así!, como comenta el sociólogo Fernández Enguita en su “Cuaderno de Campo” del 17 de mayo, a propósito de la segunda vuelta electoral para el rectorado de la Complutense: la gestión de esa Universidad durante los cuatro años pasados habría sido de “parálisis hacia adentro y retórica encendida hacia fuera”. El resultado de esas urnas –aunque no extrapolable a las elecciones municipales y autonómicas– podría ser, en más de un aspecto, premonición lastimosa de ocasión desperdiciada. Y un análisis pormenorizado de lo que están dando de sí las vísperas de estas elecciones municipales y autonómicas nos debería llevar, en todo caso, a adentrarnos en los mecanismos que operan en la emisión periódica del voto, mucho más vinculado a intereses previos, de fuerza inusitada, capaz de ningunear la racionalidad directa que debiera imponer el haber sufrido a quiénes no han gestionado bien los intereses públicos, y, con tal conciencia, recambiarlos por quienes presumiblemente puedan resolver mejor y más honradamente los problemas que nos acucian.

En educación –ámbito en que se reproducen las pautas de todo lo demás–, razones e informes sobrados se han ido sucediendo en estos años para tener claras cuáles sean las querencias manifiestas de los actuales conductores de las políticas educativas, no sólo desde Alcalá 34, sino desde las sedes de muchas Consejerías autonómicas de Educación, consentidoras –cuando no inductoras– de las mismas. Raro será el rincón de España donde no hayan llegado los sucesivos ecos de las protestas, manifestaciones y huelgas que se han ido sucediendo en la legislatura menguante. Y difícil debiera ser dudar en este momento –previo a coger la papeleta y depositarla en una urna– no caer en la cuenta de quiénes son los responsables de que, en estos años y con el pretexto de la crisis, se hayan ido imponiendo recortes a cuenta de precarizar a quienes más atención necesitan. Porque, entre otras tropelías, mientras se disminuían profesores en los segmentos más débiles –los alumnos con más problemas y más propicios al abandono temprano, los que conllevan problemas de integración, y los que de una u otra manera tienden a ser excluidos por el sistema como “fracasados”–, han crecido las ayudas a colegios y alumnos del sistema concertado e, incluso, del privado, como han denunciado reiteradamente diversos sindicatos, por ejemplo, CCOO. Tampoco en este momento debiera ser incomprensible la pelea que tanta gente ha mantenido frente a la LOMCE y a su implantación subsiguiente, empeñada en consagrar los recortes impuestos y aumentar las desigualdades de partida. Bien visible es –y hasta palpable– la elevada cantidad de contradicciones en que esta ley incurre –incluso, contra la Constitución–, el retroceso que representa por su estricta obediencia a prejuicios trasnochados y el grave deterioro en cuestiones tan ligadas a la democracia como la “igualdad” o la “inclusión”, sustento principal de la Declaración de  los Derechos Humanos, y todo ello sin que se adivine mejora alguna como no sea para unos pocos ya privilegiados. Aunque sus mentores no salgan mucho a la luz –pese a la pésima valoración de encuestas y afectados, y que algunos tengan ya acomodo giratorio en entidades que les pagarán servicios prestados, como la OCDE–, no se nos puede olvidar que, de base, siguen mostrando seria aversión conceptual a lo que Rajoy calificaba hace años como “envidia igualitaria”. Esa sintaxis social permite entender mejor el destrozo selectivo que, cual “señoritos” populacheros y chulapos, han infligido al común de los españoles.

Igual sucede con otras áreas sociales, donde los indicadores de pobreza no han hecho sino crecer, y se niega la evidencia de lo que podemos ver a diario en las calles o en nuestros comedores escolares, donde hayan podido subsistir. Es sorprendente, sin embargo, la cantidad de gente que no altera su perspectiva analítica, excusadora del mal hacer. Siguen viendo “buenos gestores” y buenas intenciones merecedoras de otra oportunidad; no ven o no quieren ver el deterioro  generado, pues están por encima de tales minucias y no se sienten en riesgo de sufrir los males que “los agoreros” ponen de manifiesto. Hacen como los judíos ricos que creyeron que Hitler sólo se metería con los pobretones que procedían de la Europa oriental…, hasta que les tocó también a ellos. Y a este sector, especialmente nutrido por quienes superan de largo el salario mínimo mensual de los 648,60 €, incapaces de ver la pauperización creciente que tenemos, ha de sumarse, por otra parte, el de un impreciso pero no pequeño número de funcionarios –y de enseñantes– solo atentos a que no les muevan mucho sus selectos hábitos, por más que provoquen el hastío en los estudiantes y no dejen de quejarse de todo. Porque no debe dejarse de lado que, con tanta repulsión como ha suscitado el universo de la LOMCE, no sólo se hayan desatendido los serios problemas que nuestra enseñanza tiene, sino que, adicionalmente, los reacios a todo cambio han encontrado un pretexto adicional a su indolencia elitista. De hecho, ahí está viva y rampante la asombrosamente generalizada falta de renovación que la enseñanza debiera ir acogiendo en su propia estructura interna y que, por desidia de unos y otros, permanece en el limbo. Sucede, en general, con demasiados profesores y maestros de todo el sistema, a quienes los hábitos de formación y las rutinas de obligado cumplimiento –tan cambiantes además en los últimos años, y tan estandarizadas– han coartado el afán de conocimiento y de estímulo para hacer más gratificante y fructífero su trabajo.  Y en lo que atañe más particularmente a la funcionarizada enseñanza pública, ahí siguen, al amparo del sólido esfuerzo de unos pocos, muchos otros indiferentes, sin ánimo de alterar lo más mínimo su cualificación más allá de la cómoda parsimonia de trienios y sexenios, e inmunes a la imprescindible urgencia innovadora en conocimiento, métodos y responsabilidades organizativas. Cuando el sistema necesita ser más vivo y coherente con las necesidades actuales de sus alumnos y alumnas, todavía suena a raro y dudoso en muchos claustros –cuando no a directamente arriesgado– plantearse y plantear medidas urgentes en estos terrenos, no se vaya a alterar el escalafón de la comodidad. No deja de ser curioso, en este sentido, que hayan sido los más reticentes de esta tribu quienes más se han asombrado de las innovaciones que en la dinámica profunda del quehacer educativo están introduciendo los jesuitas catalanes y algunos otros… También sobre estas contradicciones debiéramos reflexionar en este tiempo preelectoral, no dejándonos impresionar demasiado por quejas que no son sino excusas dilatorias para la inanición, pues para una buena defensa de la enseñanza pública, no basta con enrocarse en burocratizadas rutinas, opacas al más mínimo atisbo de renovación.

Es reflexión consistente lo que piden estos días y no excitantes reacciones, incluso cuando después de tantos años de utilitarismo zafio debamos preguntarnos con Miguel Mora: “Si el PP, como dicen los jueces y ha confirmado la propia Aguirre, lleva 30 años financiándose con dinero negro, ¿cuánto gastará en A y cuánto en B?... ¿Es normal y deseable –continúa– que unas elecciones se decidan, como casi todo lo demás, por la capacidad de compra/corrupción/control mediático?” Pese a todo, el mero ping-pong tan reiterado en la historia española, de avances superficiales seguidos de reaccionarismos varios, no es el sistema más apropiado para decidir qué hacer con nuestro voto. Sin arraigo pausado de fondo, los recorridos son siempre cortos, por muy espectaculares que amaguen ser. Pretender estar de vuelta sin haber ido a ninguna parte no conduce a ningún sitio y, por otro lado, intrincado es que muchas de las palabras que más nos han costado –“libertad”, por ejemplo– aparezcan ahora tan cambiadas de significado… En fin, lo más recomendable –por si más tarde quisiéramos enfadarnos con quienes hayamos decidido votar– debiera ser pensar los asuntos que nos atañen desde una perspectiva abierta a los intereses de todos  y con la participación de todos: esta norma dificulta equivocarse. Juan de Mairena –trasunto de Antonio Machado en 1936– recordaba que “si se tratase de construir una casa, de nada nos aprovecharía que supiéramos tirarnos correctamente los ladrillos a la cabeza. Acaso tampoco, si se tratara de gobernar a un pueblo, nos serviría de mucho una retórica con espolones”.

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