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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Pedagogías del Siglo XXI trata las mejores innovaciones de nuestros enseñantes

Manuel Menor Currás
26-Abril-2015

Este libro de Jaume Carbonell, recién publicado por Editorial Octaedro, resulta de gran interés para distinguir lo obsoleto de cuanto merece la pena en la educación de nuestros hijos.

Es un libro importante porque supone un esfuerzo por revisar y sintetizar las variadas tendencias que están teniendo, en este momento, un desarrollo innovador entre los profesionales de la enseñanza. De los muchos y variados caminos que están siguiendo los docentes más atentos a lo que propugnaron Dewey o Montessori, Giner de los Ríos o Freinet, Neil o Piaget, Freire o Stenhouse –entre otros–, Carbonell integra en torno a siete tendencias las iniciativas que, a su modo de ver, tienen principal predicamento. No es mérito menor la metodología de presentación de lo investigado por el autor. El lector se verá conducido desde la anécdota pertinente al meollo teórico-doctrinal central de cada una de las corrientes, para pasar luego a la consideración de un panorama de gran interés para conocer dónde y quiénes se están moviendo en esa línea y, al final,  encontrarse con dos conclusiones de enorme utilidad: las perspectivas de debate crítico que quepa advertir y, para terminar, una muy acertada selección bibliográfica para adentrarse personalmente en los entresijos de cada propuesta concreta.

De añadido, este libro sirve de baremo para medir, evaluar y disponer de un mapa más claro de cómo se encuentra en la actualidad nuestro sistema educativo. Si un médico nos quisiera tratar con las maneras, criterios y medios de hace cien años, seguramente pondríamos el grito en el cielo. Si un ministro legisla medidas de hace más tiempo todavía o propone a estudio obligatorio asuntos trasnochados, no pasa nada: es su “libertad” ideológica la que prima, sin que merme demasiado su particular afán por “la mejora” del sistema. Y si un enseñante no ha tenido en cuenta con nuestros hijos lo que la investigación y las mejores prácticas han venido descubriendo, la mayoría de los españoles es posible que siga tan contenta e, incluso, que aplauda. Baste recordar al respecto que en el último baremo del CIS, en medio de los múltiples problemas actuales sólo a un 9% les  preocupaba la educación. Y tampoco es el mejor indicador en sentido contrario el adocenado y mostrenco debate que, en estos últimos años, ha presidido la política educativa, especialmente en torno a “la calidad”. O las intermitentes réplicas y contrarréplicas que ha generado el Informe PISA o, los más técnicos de la OCDE, casi nunca relacionados con la buena educación que necesitamos y siempre obsesionados por las perspectivas de los años escolares en el campo de la economía y sus libertades de mercado. Pedagogías del Siglo XXI hablan de lo más puntero en actividad docente y, comparativamente, cómo cuanto se está haciendo y legislando –la LOMCE puede meterse en el paquete– está más o menos lejos y más anticuado. El lector podrá por sí mismo juzgar qué prácticas y hábitos son válidos y cuáles no pasan de camelo y carecen ya de sentido.

A la luz de esta lectura cobran mayor fuerza, en paralelo, cuáles sean algunos de los grandes interrogantes sobre carencias principales del sistema educativo español que, a lo que se ve, tendrán todavía vigencia por algún tiempo. De gran importancia, por ejemplo, es –porque está en la raíz de muchos otros– saber cuándo será obligado a quienes vayan a dedicarse a la docencia conocer, discernir y experimentar algunas de las mejores tendencias o prácticas pedagógicas de que habla Carbonell como algo normal y no como algo especialmente esforzado o “innovador”. Hasta ahora –y sin que los últimos másteres de formación del profesorado puedan ser considerados como paradigma generalizable de la mejor pedagogía–, siempre esto de la innovación y la cualificación profesional de los docentes o ha sido voluntarista o, lo que es peor, ha sido visto como algo peligroso y rechazable, contrario al directivismo todavía dominante del aprendizaje enciclopédico. Y en la práctica, esto se ha traducido hasta ahora en que, en demasiados claustros, hablar de pedagogía –el cómo, tan ligado al qué y para qué– o interesarse por introducir cambios frente a las rutinas burocráticas que en realidad aburren a la inmensa mayoría y coartan el sentido de la presencia del profesor, goce de poco o nulo crédito. Un obsoleto criterio que muchos políticos creen todavía de interés electoral para sus posibles votantes, como si el mero repetir los variados catecismos estandarizados del pasado fuera de vital importancia para los jóvenes  de este presente.

Característica de estas Pedagogías del Siglo XXI, de que nos habla Carbonell, es que los estudiantes  y sus circunstancias particulares son el centro de atención, con preferencia sobre el currículum y el propio docente. De caminar decididamente hacia este paradigma relacional de la enseñanza y el aprendizaje, es muy probable que las evaluaciones que ahora propugnan PISA, Wert y su LOMCE, decayeran y pudiéramos evaluar –y corregir con más coherencia distributiva– fallos importantes de nuestro sistema educativo. A pesar de que Gomendio se va para la OCDE –una oportuna puerta giratoria de futuro–, tal vez podríamos así saber, entre otros ejemplos, en qué medida es o no excluyente desde el principio de la escolarización; cómo y en qué medida da relevancia a las capacidades de los niños y adolescentes o, más bien, se esfuerza en ser homogeneizador y, por tanto, injusto con quienes se adaptan mal a modelos estandarizados; cómo las competencias naturales son coartadas en etapas y niveles cada vez más selectivamente tempranos… Cómo, en fin, los certificados de los diversos niveles educativos tienden a privilegiar una cobertura para la distinción social, independientemente de que tengan o no que ver con el conocimiento, el saber estar en el mundo y el ejercicio de la empatía con los demás.

Los mundos de la educación se están transformando a toda velocidad, independientemente de lo que las agendas de los distintos agentes sociales y políticos tengan previsto en sus agendas. En este momento, sería absurdo entender estos asuntos de la innovación y las nuevas pedagogías como un maniqueísmo más –parejo a los existentes o en perfecta hipóstasis con ellos–, en vez de aprovechar la ocasión actual para repensar a fondo el presente y futuro de nuestra inversión en capital humano de futuro. El libro de Jaume Carbonell viene, oportuno, a poner a prueba nuestra capacidad y consciencia del tiempo que nos toca vivir.

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