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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

UN OTOÑO RECESIVO: Entre la realidad y la felicidad

Manuel Menor Currás
9-Septiembre-2012

Estábamos reiniciando el trabajo post-veraniego cuando nuestro Presidente aparentó empezar a saber de qué iba “la realidad”. El portugués mejor pagado de Madrid aseguraba entretanto que no era “feliz”. En la Autónoma, la dura realidad arrancaba agrias expresiones, justo en el momento en que se pretendía cumplir el ritual pacífico de la inauguración de curso, con infeliz asombro de quienes esperaban un acto –académico-  más aséptico.  Por la Red circulaban, desde hacía tiempo, convocatorias de protesta masiva. Entre la desesperanza y la urgencia de hacer algo que pudiera cambiar la imperturbable secuencia de “la realidad”, nadie apostaba por un otoño tranquilo. De entrada, el inicio de septiembre se presentaba renqueante y contradictorio.

“La realidad” de Rajoy amaga con ser una entelequia desconocida, en fase de descubrimiento, ante la que se muestra ignorante e irresponsable. Lo primero, porque ha necesitado nueve meses para enterarse: en ninguna de sus promesas electorales figuraba tal conocimiento, como puede deducirse de lo que luego ha dado en hacer con rudo materialismo conceptual y ninguna mira espiritual. Lo segundo es patente porque, de paso que parece estarse enterando de los limitados perfiles que tiene el ejercicio de gobernar desde la más encumbrada posición ejecutiva del Estado –y sin pedir disculpas de nada-, quiere transmitirnos que “la realidad” es ingobernable o que, al menos, él bien quisiera hacer las cosas de otra manera pero que no puede, porque se le imponen imponderables con que no contaba. 

Razones hay, en todo caso, para entender que esto de “la realidad” no es un mero recurso retórico, por más que se trate de un personaje acostumbrado a salirse por la tangente en situaciones de particular dificultad.  Recuerden, sin hurgar demasiado en la hemeroteca, aquellos finos hilillos de plastilina –cuando el Prestige derramaba crudo en las costas gallegas-, o cómo hasta hace nada se ha venido escudando en la “herencia recibida”.  Ahora que aquella niña modélica con que soñaba ante sus electores de años atrás y lo de la “herencia” propiamente dicha ya no da para nada -pues ya hace muchos años que somos un país intervenido en muchas de sus decisiones fundamentales-, de lo que se trataría sería de que pudiéramos valorar los pretendidos conocimientos y oportunidades que iba a generar su mera presencia al frente del Ejecutivo. Resulta, sin embargo,  que con lo que nos topamos es con que “la realidad” es un impedimento de difícil o imposible superación. Y a los ciudadanos, votantes o no de su candidatura, les resulta altamente insatisfactoria esta hueca explicación: ni siquiera intenta decir qué sea  ni parece que vaya a encomendarlo a los filósofos del Partido. No debiera extrañarse, pues, de que su Gobierno esté perdiendo cada día un poco más el aprecio ciudadano.

Las consecuencias de esta desafección –extensivas a la leal oposición- traspasan los juegos semánticos. Muchos dan en pensar que lo que trasluce este repentino apego a “la realidad” es que, impotentes para ocultar la radical debilidad de ser unos mandados, sólo se atreven a aparentar ser fuertes ante la débil ciudadanía. Como en todo régimen colonial y sin soberanía real para decidir, sólo quedaría por ver hasta dónde pueden aguantar que les marquen el ritmo de sus decisiones de gobierno. Este es el juego real en que estamos metidos. Con el agravante de que si el capitán alega desconocimiento, sólo aumenta la confusión y desesperanza de los pasajeros de la nave que dice tripular.

La ”realidad” de la gente de a pie  -durísima para una gran parte de ciudadanos- es, entretanto, que los aprendizajes de Rajoy y su tripulación no tienen nada de metafísico. Sus descubrimientos acerca del “principio de realidad” se traducen, día a día, en  interminables recortes a las prestaciones que el Estado les debe y en aumento de las cargas impositivas.  En demasiados casos, resulta ya insostenible la combinación de medidas que afectan a la educación de sus hijos, a la atención sanitaria que pudieran necesitar, a las circunstancias que el paro o la limitadora vejez les imponen. Sumado todo ello a la continuada subida del IRPF, del IVA, de las tasas diversas y variopintas, de los impuestos indirectos o de las subidas de carburantes, energía y transportes –entre otras muchas que no nos iban a subir-, resulta una combinación conducente a una creciente depresión no sólo económica sino, además, de todo tipo de vida comunitaria, con el consiguiente enrarecimiento de la vida colectiva.

Ésta es la otra “realidad” -absolutamente contradictoria con lo prometido- que nos están creando. A veces, incluso parece que disfrutaran con ello, pues no se entienden las reiteradas expresiones impropias de muchos de estos gobernantes cuando nos están cambiando o suprimiendo las instituciones de protección social que teníamos. Tan sumidos parecen en su “alta responsabilidad” de mirar para su privilegiado ombligo, que no se enteran de que les pagamos para que nos representen, no para que nos insulten con su falta de empatía hacia nuestras adversidades o diversidades.  Y menos cuando, por ignorancia o por prejuiciados  fundamentalismos crédulos, quieran cambiarnos “la realidad” con sus manías de  perspectiva. Debieran saber que,  con sus modos de hablar, con el discurso que esgrimen como un credo, y con sus maneras explícitas de legislar –sin dialogar, debatir, parlamentar, proponer o pactar si hiciera falta-, no sólo resquebrajan las frágiles tolerancias mutuas que entre todos hemos ido construyendo, sino que parecen disfrutar con los enfrentamientos intolerantes.

En el mundo educativo conocemos bien cómo muchas decisiones se han tomado para dividir, segregar, fragmentar y enfrentar, pensando más en el ventajismo de clase que en la posibilidad de avanzar  desde la igualdad como utopía. Examinen despacio los casi treinta decretos que, sin casi conocimiento del Parlamento, llevamos ya encima en esta legislatura y verán de qué va la cosa –sin que tenga nada que ver en ello la vigilancia de “los hombres de negro”  últimos o la ya famosa “prima de riesgo”. Sí podrán ver en bastantes de ellos, la de otros hombres de negro,  cuya compañía parece secularmente imprescindible desde Teodosio. Evalúen, en fin, de qué va la nueva TVE, sus informativos y programas. Comparen con lo que estimen más adecuado para la honesta información y sana convivencia y deduzcan las conclusiones pertinentes. Seguro que algo podrán decir entonces  fehacientemente acerca de “la realidad”.

En cuanto a la felicidad del delantero madridista, llama la atención el amplio eco mediático que ha suscitado, tanto más cuanto que nuestras enflaquecidas páginas de prensa no cejan en cubrir ampliamente las nimiedades futbolísticas con todo tipo de detalles. Como si en estas realidades virtuales nos fuera la vida al resto de los españoles. Desproporcionado parece, en todo caso, este foco de despiste nacional, tal como pintan las circunstancias en tantos otros asuntos.

Hay, de todos modos, en esto de “la felicidad” como argumento o como horizonte de vida, un “topos” reiterado a lo largo de casi toda la historia de la humanidad. Raro es el filósofo que no le ha prestado atención, especialmente cuando ha tocado la ética o la moral. Cuantos sean o hayan sido lectores de cuentos habrán advertido que es motivo recurrente,  cuando no principal, de la gran mayoría; y qué decir del cine y sus clásicos happy End. En los últimos tiempos, ni la economía le es ajena ni, menos todavía, la publicidad y propaganda.  Como atractivo estímulo de fácil instrumentación, presente está en todo folleto de autoayuda y en los medios de adoctrinamiento de todo género de grupos sectarios de variados pelajes.  Y tras todo ello, sin duda, hay y ha habido siempre también, determinados modos de entender, con cierto afán de armonía o pacto social por medio, las relaciones y transacciones políticas  entre los ciudadanos -o los súbditos en su caso- y sus gobernantes. Los reyes autoritarios, y los absolutistas, ya hablaban de la “felicidad de sus súbditos” con gran desparpajo y ningún compromiso. Nuestra Constitución de Cádiz, haciéndose eco de las ideas ilustradas del XVIII, también planteó “la felicidad ciudadana” como objetivo político. Antes, ya lo había hecho la de EEUU, pero a lo que aquí interesa, conveniente es recordar algo que descubrió Anna Arendt al estudiar la documentación que le diera cobertura: tan sólo se trataba de la conservadora individualidad burguesa, no de una liberación igualitaria.

El delantero portugués habla de “su felicidad” –sin que sepamos bien de qué va. Nuestro Presidente, cuando nos dice que no contaba con “la realidad” y decreta compulsivamente cómo combatirla, nos emplaza para un “futuro feliz” sin que sepamos tampoco si llegará, quién la disfrutará o, si resultara ser un nuevo cuento de la lechera, si iba a ser por fin consecuente. Por tanto, más que distraerrnos discutiendo el sentido de palabra tan equívoca y polivalente –sin norma fija de referencia y con tantas cabezas como sentencias para interpretarla-, más bien debiéramos exigirle al Sr. Rajoy –y a la comitiva de gobernantes, parlamentarios y representantes de nuestro sistema político-   que nos explicara de qué va su justicia distributiva y en qué se traduce a todos los efectos para el común de la ciudadanía. Sirva de ejemplo lo que está haciendo o consintiendo que se haga con nuestra enseñanza pública: es un buen baremo para juzgar con objetividad su concepto de “felicidad” y, cómo no, la correlación que ella tenga con “la realidad” y el modo político de enfrentarla. El otoño también vale para esto; no sólo para la recesión depresiva que parece invadirnos.

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