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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Leer y escribir tareas primeras  y urgentes para los medios y la enseñanza

Manuel Menor Currás
5-Abril-2015

La última novela de Umberto Eco repasa algunas tareas que sí pueden cumplir los medios, más allá de su crisis sistémica. Vuelve, de algún modo, sobre Apocalípticos e Integrados.

La entrevista de El País a Umberto Eco con motivo de Número Cero, el pasado 30 de marzo, ha hecho que las lecturas de estos días tomaran insólita perspectiva. Pasado todo por esa criba orientadora, desconfiada de lo que los medios suelen ofrecer de continuo, éste ha sido el cuadro nutricional del menú degustado.

Para abrir boca, una aproximación a la Historia de la edición en España entre 1939 y 1975 (Madrid, Marcial Pons, 2015), una especie de visión enciclopédica de la cultura escrita y publicada en el período franquista. Coordinada por el catedrático de la Complutense Jesús Antonio Martínez, continúa un trabajo de investigación sobre el multidisciplinar mundo del libro y la lectura que ya tenía un precedente en el estudio que, con un equipo de investigadores algo menor, había coordinado acerca de los cien años anteriores (1836-1936). Es muy probable que prosiga trabajando, para un tercer tomo,  lo sucedido en el territorio de los libros desde 1975 hasta hoy. Aquí se pueden leer –y es muy importante para entender  rasgos de lectura heredados en nuestro presente– desde las difíciles peripecias de los libros y bibliotecas en la inmediata postguerra, las dificultades de edición que tuvieron que sortear posteriormente –con las triquiñuelas consiguientes de los editores para sacar partido de sus ambiguas relaciones personales–, las normativas de edición y control que tuvieron vigencia en tan largos años, la importancia –para el ámbito editor– de la LGE (Ley General de Educación) de Villar Palasí en 1970, con los cambios que supuso para los editores de libros escolares, la importancia de estos para la construcción de grandes grupos editores actuales como PRISA o Planeta –no sólo de libros, sino de medios diversos–, y, además, un repaso al creciente papel de los libros en los salones domésticos como referente simbólico de ascenso social –como muy bien supo ver, entre otros, el Círculo de Lectores– y, para remate, una perspectiva de los principales tipos de libros –no sólo los de estricta literatura–, entre los que se da atención especial al libro ilustrado, el libro  infantil y juvenil  o los libros escolares. En esta obra desfilan las contradicciones y las raíces de lo que ha sido y es actualmente el mundo del libro y la lectura, lo que hará que sea un referente para cuantos quieran tener opinión fundada respecto a este ámbito. Como todo libro de tan amplia pretensión y características, éste no tiene todo lo que sobre el particular pueda decir un escrupuloso especialista, pero aporta gran cantidad de información y una coherente explicación para conocer mejor los entresijos del libro y la lectura, el ámbito cultural más próximo e inmediato a todos los ciudadanos.  Fruto de análisis detenido, entre otros, del archivo del INLE (Instituto Nacional del Libro Español),  de memorias de empresarios y de tratamiento del libro como documento de múltiples registros informativos, cubre un espacio que hasta este momento carecía de una visión tan compacta y sugerente. Sí lo tenía ya en otros países de nuestro entorno y es harto probable que el autor piamontés –muy buen conocedor de amplios capítulos de la cultura escrita, de antes y después de Gutenberg– tenga un buen aprovisionamiento de este género bibliográfico en su rica biblioteca.

Españopoly. Cómo hacerse con el poder en España (o al menos intentarlo), es un libro de la periodista Eva Belmonte, que acaba de publicar Ariel. He aprovechado los resquicios de la prolija información que los medios servían acerca de los desfiles y pasos de la Semana Santa para degustar esta delicia gustativa. Creo que a Umberto Eco, le hubiera venido bien para montar una trama novelesca que nos ilustrara acerca de los vericuetos de la opacidad que tienen gran parte de las decisiones gubernamentales en España –también las educativas y culturales, o las subvenciones de diverso tipo a periódicos, revistas y libros–, prolongada ahora mismo bajo sesudas reiteraciones intrascendentes a la “transparencia”. Aquí hubiera encontrado, además, una sólida fundamentación basada en algo que al filólogo y periodista italiano le es muy querido: el análisis de textos. La autora –y la Fundación Ciudadana Civio, con quien trabaja– leen despacio el BOE y contextualizan las resoluciones y decretos a que da cabida, para hacernos caer en la cuenta de los entresijos del poder: quiénes hacen las normas, a qué intereses obedecen, a quiénes benefician especialmente, apareciendo de este modo bastante desnudos los selectos grupos de la élite económica y política que nos gobiernan.  Lo que el BOE nuestro de cada día muestra, sumado a lo que el “Indultómetro” añade y lo que puede documentarse en los escasos registros públicos de algunas fundaciones y organizaciones, puede verse con gran perplejidad qué pasa con nuestro dinero público y a qué manos principales revierte primordialmente. En este libro aparecen bastante claros los caminos que representan algunos colegios privados –el del Pilar, de la c/ Castelló de Madrid, es un modelo– en el comienzo del juego social, quiénes son los jugadores de verdad y qué papel tenga en ello la herencia, las puertas giratorias entre lo público y privado o viceversa, los indultos de cárcel y deshonra, y el cambio de sillas entre unos y otros para no estar nunca lejos del poder –y de los recursos–. Esos son otros tantos capítulos por los que discurre el análisis. Su título, a imitación del Monopoly –el juego de mesa al que llamábamos “Palé” a finales de los cincuenta– no es mera metáfora, esa fórmula literaria que solemos emplear para aproximarnos mejor a la realidad, sobre todo cuando es muy dura. Este afán crítico del libro también cumple con una de las venturas que Eco querría para la prensa de continuo.

El entierro de Genarín (reedición de Alfaguara, Madrid, 2015, con ilustraciones de Antonio Santos) era un buen postre preparado por Julio llamazares, muy apto para ser releído en Semana Santa. A medio camino entre la narración picaresca y la muy irónica contextualización de la crónica de sucesos provinciana, este inclasificable relato cuenta con gran detalle la recuperación de una procesión profana que sigue teniendo vigencia el jueves santo en León. Todo parte de un accidente mortal en el año 1929, al que un grupo de amigos de variada condición decidió dar vida ceremonial para rememorar periódicamente al personaje central de aquel acontecimiento, el pobre Genarín. Esta primera narración que Llamazares logró editar en 1981 por primera vez, transcurre entre livaciones, poemas y recordatorios de diverso alcance: son constantes las referencias a la vida urbana leonesa de los primeros años de la transición, y transpira una profunda bonhomía y gran sentido del humor por todos los costados. Apareció por primera vez en 1981 y fui testigo próximo de algunas de las siguientes –a cargo de Jesús Moya para Endymion–, en que el autor se mostraba siempre ajeno a las insinuaciones de editoriales mucho más poderosas para reeditar el tal entierro: siempre se mostró rigurosamente fiel con su primer editor madrileño. Seguiría teniendo buen futuro el recuerdo de este pellejero leonés si fueran muchos los que imitaran a su cronista en el quehacer periodístico cotidiano.

Redes internacionales de la cultura española (1914-1939) es una exposición breve y escueta que puede verse en el Museo de la Pasión, del Ayuntamiento de Valladolid, hasta el 10 de mayo. No fue propiamente un plato de lectura, salvo que entendamos que entre ver y leer no hay gran diferencia, pues no se trata de descifrar mecánicamente signos, sino, sobre todo, de desarrollar la capacidad comprensiva un poco más plausiblemente. Casi al lado de la Plaza Mayor vallisoletana, centro de múltiples encuentros procesionales –hasta 33 pasos en alguna de ellas–, tenía reclamo suficiente para ampliar conocimiento sobre algunas de las características culturales de nuestro presente. La decepción, sin embargo, fue considerable porque lo que esperaba ver no lo vi y, por consiguiente, me quedaron en el aire más preguntas de las razonables. Es probable que a otro espectador le sucediera algo distinto. No lo sé, pero por ningún lado logré ver  alusiones claras al contexto en que se producía aquel ir y venir de personajes importantes de nuestro panorama intelectual y académico al extranjero o, a la inversa, el cómo y porqué de los viajes a España de algunos de los grandes hitos de la intelectualidad europea y americana. Menos pude enterarme de a dónde habían ido a parar  y por qué las presuntas “redes internacionales de la cultura” una vez llegados a 1936 y, menos, a 1939 o posteriormente. Algunas confusas adjetivaciones –y otras alusiones desteñidas o mixtificadas del programa de mano– me añadieron no poca perplejidad a cuanto podía verse en vitrinas y paredes –poco y muy seleccionado–. En definitiva, en vez de poder leer informativamente tuve que hacer hipótesis interpretativas –¡y ojalá me equivocara!– acerca de si los artífices del evento expositivo tenían o no un concepto excesivamente idealista de lo que haya sido ese momento histórico, las instituciones a que dio lugar –con su secuencia posterior– y, también, acerca de lo que deba ser la historia misma y su función cívica. Creo que a Umberto Eco tampoco le hubiera gustado esta propuesta expositiva que difícilmente permite entender lo que dice mostrar, por la cantidad de documentación que parece interesada en disfrazar y esconder a la vista. La magia de este género de exposiciones suele consistir en que no solo muestren coherencia y diálogo unos elementos con otros, sino en que todos juntos sean un mosaico que permita entender de un golpe un proceso o secuencia de procesos dignos de conocimiento. La de ésta parece que se cifrara en hacer ver aquellos años de auténtica crisis europea y mundial como un peculiar milagro español, al que se rehuyera documentar suficientemente para que resultara tal.

Umberto Eco, en correspondencia con lo que había escrito en 1964 sobre Apocalípticos e integrados, vuelve, en el artículo arriba citado, sobre la comunicación de masas y, especialmente, sobre Internet y la crisis del periodismo. También sobre algunas de sus virtudes y posibilidades, entre las que cabría –dice– “un periódico que se convierta no solo en crítica de la realidad cotidiana, sino también de la realidad virtual”. Para lo cual, sería imprescindible que cambiara mucho el modo de hacer por parte de cuantos intervienen en las propuestas actuales de lectura. Él mismo habla de que la prensa se acredite analizando, contrastando, contextualizando, poniendo en valor lo que merece la pena y relegando al olvido lo que, pese a su apariencia, tan sólo es fango y huera frustración. Más allá de la prensa –y más acá–, es clave esta posición comprometida si no se quiere incurrir en descrédito y desafección más profunda que la existente. Porque, se ha de reconocer adicionalmente que las nuevas generaciones no tienen problema con las nuevas tecnologías de lectura y, también, que ya tienen otro modo de lectura, más fragmentario y disperso que el de las anteriores. Con lo cual, el encuentro intergeneracional democrático necesitado está de que las propuestas que, en el plano cultural y educativo se están haciendo, lo tengan en cuenta si no quieren caer en el vacío estéril. Evidentemente, todo ello tiene que ver con la política. Y, particularmente, con la educativa: recuerden, al efecto, aquellos debates continuos de todo tipo de agentes contra una “enseñanza comprensiva”, accesible a todos. Nadie se extrañe ahora de tanta gente con problemas serios para leer en el sentido más rico de lo que esto significa y hacia el que apunta Eco: no sólo lo ha detectado PISA, sino multitud de profesionales de todos los campos del conocimiento.

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