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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Nos quieren reeducar en Sociales y Matemáticas con un currículum muy ególatra

Manuel Menor Currás
20-Marzo-2015

Entre lo que nos enseñan y lo que han de aprender nuestros hijos aumentan diariamente las contradicciones. A pesar de las bondades de que se revisten las vísperas electorales.

Pasa, todo pasa y lo nuestro es pasar. Por eso nunca logramos aprender del todo. La vida es aprendizaje y los tiempos que nos tocan están llenos de motivos para seguir aprendiendo, o desaprendiendo. En esto consiste la capacidad de aprender constantemente. Porque, una de dos, o aprendemos o nos hacen aprender: de tanto practicismo sorpresivo como nos enseñan, como nos descuidemos nos educan.

Aquí están los 70 años de paz que, según la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre (FNMT), corresponde celebrar ahora; dicen que dentro de un programa europeo conmemorativo del final de la Segunda Guerra Mundial. El problema surge cuando la inscripción se reduce a “70 años de paz”, sin alusión alguna a Europa como no sea que tenemos en la mano 200 euros. Con la efigie del actual rey Felipe VI en el anverso, suena extraño. Y por muchos equilibrios que se quieran hacer con el cómputo cuantitativo de esa probable paz europea, no será fácil de aceptar por todos los actualmente llamados europeos. No pocos conflictos armados ha habido durante este período en distintas zonas hoy consideradas Europa, y habrán de hacerse igualmente un gran paréntesis conceptual a la llamada “Guerra fría”, severísima en muchos territorios. Más difícil es, todavía, aceptar ese constructo desde España que, cuando el núcleo originario de la Comunidad Europea disfrutaba “30 gloriosos” años de prosperidad social, vivía bien lejos de participar de ella.

Esta España nuestra ya tuvo una ficción de paz en torno a los que oficialmente se llamaron “25 años de paz” en 1964, para darle un vuelco interpretativo a lo que había sido victoria de una España sobre otra y todavía quedaba un tiempo largo de represión para llegar a una reconciliación mínima en torno a la Constitución de 1978. Pero ni siquiera ahora puede decirse que hayamos sido capaces de una pacífica armonía interpretativa que dé satisfacción a todos y menos a los que fueron víctimas de entonces. Ahí tenemos pendientes, por ejemplo, las demandas que en este momento tienen planteadas muchos, desde abril de 2010, en la llamada “querella argentina” . O, también, algo bastante más sencillo de satisfacer, pero no satisfecho, a cuantos quedan de los deportados a los campos de exterminio nazis –asunto crucial en la posible conmemoración de los 70 años de este programa numismático europeo–. Estos republicanos nunca han tenido reconocimiento oficial por parte de España, aunque en Francia hayan empezado hace poco a tenerlo –en París especialmente, honrando a sus liberadores de La Nueve– , y ahora mismo acaben de ser laureados con la Legión de honor.

Notorio es que, de siempre, las conmemoraciones tienen más de alusión interpretativa a las preocupaciones interesadas del presente que de reconstrucción del conocimiento histórico de lo ocurrido. Las explicaciones que dan en la FNMT o no son nada creíbles o resultan excesivamente seguidistas respecto a lo que les hayan indicado en Bruselas. Visto desde el valor de la Historia en el currículum educativo de nuestros hijos, sólo contribuye a una amnesia intolerante y nada educativa para cuantos europeos quieran ser conscientes de su pasado y no intenten repetirlo en lo que tiene de perverso. Por muy loable que sea la intención de tener un relato compartido, lejos está todavía una historia común europea cuando ni siquiera dentro de España somos capaces de sostenerla. Desafortunadamente, además, a medida que la crisis ha aumentado la distancia entre los países de la Unión –disipando o cuarteando cada vez más el estado de bienestar que siguió al “Plan Beveridge” en su núcleo fuerte–, más lejana parece la ciudadanía común.

Sumar y restar eran, por su parte, operaciones aritméticas que nos inculcaban, con ardor musical, desde la más tierna infancia, con un consenso más aceptado que el de la Historia. En general, solía haber concordancia entre lo que la parca experiencia infantil atestiguaba y cuanto nos enseñaban aquellos maestros con la Aritmética razonada de Dalmau-Carles. Últimamente, sin embargo, empezamos a tener serias dudas de lo aprendido entonces: en lo que vivimos y nos publicitan los medios a diario, la escueta aritmética no obedece a la lógica pitagórica, sino a la estratagema interpretativa del “a lo mejor” y a la no menos aleatoria teoría conspiranoica del “depende”. Ya fue muy inquietante que el propio ministro de Educación y su secretaria de Estado hayan confundido al personal con aquello de que 3+2 era mejor que 4+1. El cómputo aritmético –tan necesario para las cosas de comer– acaba de ser elevado a levitación interpretativa gracias a la eminente Agencia Tributaria. A su entender, darle dineros a un partido –especialmente si el beneficiado te sostiene en el cargo– es como una obra de caridad. La comparación con los donativos a Cáritas es altamente significativa; y lo de que así los niños pobres puedan comer, toda una declaración de principios aritmético-morales, muy acordes con la buena didáctica  matemática al más puro estilo Antiguo Régimen.

El asunto sube de tono, en todo caso, aleccionados acerca del camino de deterioro, porque aunque si –aun prescindiendo de las puertas giratorias en que algunos de estos egregios mandamases se atascan entre proclamas de transparencia– se entra en las operaciones de sumandos y sustraendos a considerar, un verdadero galimatías que permite entender las dificultades que tendría la encuesta PISA si se aplicara a estos gestores ministeriales, teóricamente los más competentes en cuanto a numerario. Por algo el juez Ruz tendrá que decidir, porque “se esfuerzan poco” en respaldar la presunta objetividad incontestable de las matemáticas contables. Y algo parecido sucede a muchos profesionales de la Banca, como ejemplifica el IVIE, en colaboración con el BBVA. Acaban de establecer un ranking de las universidades españolas contraviniendo el principio fundamental de que los considerandos operativos han de ser de la misma naturaleza y no tan sólo parecidos o semejantes –con amplios márgenes de disimilitud–. Pese a lo cual, ni así logran tumbar valores esenciales de la universidad pública. De momento, claro, porque aunque no todo pueda ponerse en la misma balanza del todo vale con tal de sacar beneficio, Naomí Klein ya nos aleccionó (No logo) acerca del camino de deterioro que suele seguir a este tipo de estudios tan dudosamente “objetivos”.

Dejá vu, por otro lado. En la etapa de Esperanza Aguirre en el Ministerio de Educación ya vivimos de qué iba su “gran debate sobre la calidad de la enseñanza” de que empezó a revestirse tan pronto (El País, 14/05/1996, pg. 29). La abuela ahorradora –que en sus años al frente de la Comunidad de Madrid se ha gastado en autobombo institucional más de 200 millones de euros– tuvo buen cuidado de mimar las evaluaciones del sistema educativo para que favorecieran su inclinación afectiva hacia las privatizaciones. José Luis García Garrido, al que había nombrado en junio de 1996 para dirigir el Instituto Nacional de Calidad y Evaluación (INCE) –y que acababa de evaluar la Secundaria–, fue poco proclive a defender la posición de la ministra y, en julio de 1998, cesó en el puesto “a petición propia para reincorporarse a sus tareas habituales en la UNED” –como dice su currículum oficial–. Y así hemos llegado el colmo ahora, cuando en virtud de operaciones matemáticas confusas los sumandos y minuendos manejados por Granados en la gestión “púnica” de los conciertos educativos, han puesto rostro operativo a muchos de los gestos valorativos de Figar y su equipo en pro de la “excelencia educativa”. Tan distintiva la han dejado que muchos de los paganos, al enterarse de  los destinos de su dinero ya reclaman una consultoría sobre lo mucho que se ha concertado estos años, mientras se desasistía a la enseñanza pública. Igual que hicieron en Sanidad, otro territorio propicio para confusos dividendos favorables a unos pocos –como ahora mismo están poniendo en evidencia las últimas noticias sobre pruebas clínicas. O lo mismo que no cesan de hacer cuando hablan de “recuperación”, sin contar a quienes no les han llegado ni probablemente les llegará los efluvios de tan alegres matemáticas sociopolíticas, tan contrarias a lo que vemos en la calle.

El currículum educativo de lo social está cambiado: se hace más circense, como prueba el gestualismo falaz de muchos dirigentes políticos en demasiadas decisiones ajenas a lo que necesitamos de continuo. De cómo burlar  sus trucos de lenguaje y de cómo no perderse entre las palabras bajo las que se esconden, también hay, afortunadamente, contraejemplos estimulantes. “Pan, trabajo, techo y dignidad” son reclamaciones –fáciles de entender– que acaban de hacer en Madrid las Marchas de la Dignidad de este sábado. Y algo similar repetirán los estudiantes el día 24 pidiendo que la educación no sea rebajada en cuanto a  exigencias de cercanía y verdad para todos los ciudadanos. Es una pelea que viene de lejos. Como Violeta Parra (1917-1967) que, en los duros años sesenta, cantaba: “Miren cómo nos hablan de libertad /cuando de ella nos privan en realidad./ Miren cómo pregonan tranquilidad/ cuando nos atormenta la autoridad”. Y proseguía: “Qué dirá el Santo padre/ que vive en Roma,/ que le están degollando/ a sus palomas”. En el Vaticano, el actual Papa Francisco parece que haya optado por enterarse. Muchos, sin embargo, de los que nos quieren gobernar –con apariencia de fieles, pero poco inclinados a la fraternidad–  parecen no enterarse, ocupados como están en su hipócrita pedagogía competitiva. De los ciudadanos dependerá, y no poco, que o bien se consolida esta cínica línea educativa o bien se modifica hacia un currículum más democrático.

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