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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

El estado de la nación refleja perfectamente el estado de la Educación

Manuel Menor Currás
28-Febrero-2015

La sesión parlamentaria del 24 y 25 de febrero, ha sido pródiga en mensajes educativos, más allá de las leves menciones explícitas que el estado del sistema educativo ha producido.

Si el estado de la nación dependiera de la preocupación directamente mostrada por los asuntos educativos, pronto cabría decir cualquier cosa, incluso que estábamos en estado de coma. La representación de los actores principales en el  gran escenario de la Carrera de San Jerónimo no incluyó prácticamente referencia alguna, salvo un desplante del personaje antagónico (Pedro Sánchez) que, muy en su papel, acumuló así algo más de tragedia a la enumeración de reiterados despropósitos de estos años pasados. El protagonista de la pieza (Mariano Rajoy), para sostener en su parlamento la atención de comparsas y público del atrezzo, no había cesado en entonar laudes a su propia dirección de escena en todo ese tiempo. A decir verdad, tan larga era la serie de asuntos que afearle al ensimismado actor principal, que la mención a lo educativo por parte del primerizo oponente a su estilo de hacer quedó entreverada con muchas otras en un impaciente listado de Cuaderno de quejas, como una más que –si los hados fueran propicios–, ya se vería de cambiar. Supuestamente, el primero a remover sería el ministro del ramo (Wert), que al ser aludido puso cara de falso asombro –similar a las que, en aquel tramo crítico, fueron poniendo otros colegas del reparto entre displicentes e irónicos– por lo que debieron estimar desconsideración a sus afanes. Y también habrían de modificarse medidas y gestos, hasta derogar planes enteros de estos años. Esta especie de “damnatio memoriae” muy a la romana –o, sin ir tan lejos, muy asentada en la tradicional manera de atender a los problemas educativos en este país–, venía a dar cumplimiento, de momento verbal, a la promesa hecha en el curso pasado por el quejoso coro oponente (PSOE) cuando, después de ver cómo se aprobaba la reciente LOMCE, se conjuró con otras voces sociales para finiquitarla tan pronto como fuera posible (1).  A decir verdad, por tanto, no puede decirse que en razón de lo abiertamente dicho por los de momento principales actores de la solemne representación en el Parlamento, nos hayamos aclarado acerca del estado de la Educación, es decir, de cómo funciona actualmente este sistema. Más bien nos hemos quedado en blanco y, si de ello dependiera, el diagnóstico del estado de la nación sería muy endeble.

Un silencio sonoro

Cabe entender,  sin embargo, que –como en la música– también el silencio cuenta y mucho. Esta casi absoluta falta de mención forma parte de una larga partitura sinfónica con la que guarda gran coherencia. Este silencio en los últimos compases de legislatura permite interpretar la discordancia del joven antagonista frente a los sonidos emitidos por el actor principal y su coro (PP). Y también ayuda a comprender el seguidismo explícito de este conjunto –en este y otros muchos escenarios de representación (en el Parlamento estatal y en las Asambleas autonómicas)–, hacia músicas que se han empeñado en tocar mientras han podido y que, además, les gustaría seguir tocando en solitario aunque nadie más osara arrimarse a sus destemplados modos de hacerlo. Ahí están, y bien recientes, sus refinados desacordes respecto a la Universidad: el compás 3x2 les gusta más que  el 4x1 (2). O que las canciones universitarias tal como se cantan actualmente les resulten “insostenibles” (3), como ha dicho una de las compositoras elegidas para esta ópera algo tragicómica, Montserrat Gomendio, al parecer especialista en otro tiempo en primates. Pintoresca al invocar ahora los costes ambientales que podrían acabar con la diversidad universitaria, sus reiterados desvelos en este sentido han venido suscitando en la calle muy otras estruendosas melodías de conjuntos musicales  replicantes. La sintonía con las nuevas melodías establecidas  respecto a becas y tasas (4) les resultaba tan clásica y antigua como si quisiera imponer los sones de la última glaciación. A Wert, Gomendio y sus maestros cantores no les importa que estas otras músicas callejeras quieran contrarrestar las suyas del pasado victorioso, tan impolutas y selectas. Las han ninguneado este 25 y 26 de febrero, cuando los más jóvenes cantaron bajo sus ventanas de la calle de Alcalá desgarradas protestas frente a la reactiva sostenibilidad de lo prehistórico. En marzo, en la siguiente convocatoria de discordancias juveniles, es muy probable que vuelvan a repetir similar autismo, defensivo de la exclusiva de sus melodías. Quieren seguir tocando ellos solos porque su música es la mejor y que las otras músicas se cansen de no alcanzar protagonismo.  De este modo, pues, el silencio casi absoluto con que no se habló de educación estos días pasados ha sido muy sonoro, amén de profundamente discordante con lo que suena en la calle: ni el libreto ni las melodías son acordes.

Sonada ha sido igualmente, y no precisamente indicativa de “buena educación”, la estentórea algarabía que mostraron las distintas orquestas y coros presentes en la Cámara baja. Nada edificante para la ciudadanía ha sido el alboroto mostrado cuando los oradores principales se intercambiaban los solos de reglamento: difícil debió ser oírse cuando cada cual a su estilo trataba de rebajar los impromptus rotundos del otro. Ni en los recitados coincidían y provocaban estridencias en los coros contrarios. Al margen de las normas de buena conducta, los desplantes y descalificaciones abundaron y esa especie de bordón dejó un ejemplo poco edificante al resto de la ciudadanía. Un desagradable desconcierto, plagado de reproches, abundante en ruidos distorsionadores, distractores artilugios electrónicos y desabridas entonaciones con deje tabernario. Sobrado estuvo, asimismo, de afán por que no se empañara un relato argumental melodramático con final feliz, el de un país que, al parecer, viniera de un duro trance crítico pero que ya estaba en fase de total recuperación, con futuro brillante gracias a excelsos timoneles.

Los músicos de Bremen

Por lo visto y oído estos días pasados, la Educación como tal no ha merecido excesiva atención como no fuera para ratificar que debería derogarse lo que se había hecho estos años –sin que se sepa bien hasta donde deba llegar tal alternativa–. Han destacado más las formas de debate elegidas, proclives a traspasar rápidamente la linde del buen civismo a poco que se rozara el honroso orgullo de los hablantes. Unos por tener poco que perder, y otros por pánico a excesivas reticencias de los insatisfechos con sus solipsistas programas. La sensación didáctica que han dejado tras la desconcertada representación de los pasados 24 y 25 es que, si el estado de la nación se midiera exclusivamente por lo que pareció mostrarse en torno a la Educación, la situación sería muy preocupante. La serena racionalidad apareció poco en la escena y sólo a trozos fue posible relacionar lo acaecido en el escenario con lo que realmente estuviera sucediendo en el país, bastante cercano a lo dramático en demasiados aspectos.

Al final, el debate –entre musical y paremiológico– pareció resolverse entre El flautista de Hamelin y Los músicos de Bremen: los Hermanos Grimm estarían contentos por el persistente interés que siguen teniendo sus recopilaciones de cuentos. Lo de estos días en el Congreso recuerda en exceso a intérpretes candidatos a lo primero, entusiasmados, cada uno, por arrastrar tras sí tan sólo a los suyos, y poco consuelo produce que el CIS haya calificado un poco mejor al debutante antagonista (5). Los ciudadanos de a pie parece que estén optando significativamente por cambiar y –ante el persistente riesgo de silencio a sus problemas– moverse para que puedan ser escuchadas decentemente músicas más consoladoras. De momento, algo del miedo a la soledad en que los músicos de Bremen dejaron a su ciudad ya pudo percibirse en los concertistas del Congreso, y no meramente de soslayo (6). Hasta noviembre o diciembre es muy posible que siga creciendo esta tendencia catártica y que, a su compás, pueda oírse mejor qué se necesite en Educación para que el estado de la nación sea más sano y que todos los ciudadanos tengan visibilidad en su Estado. Ahora mismo, a punto de entrar en marzo, los retos para hablar y cantar más claro y directo sobre lo que interesa de verdad –y no tan sólo a los más privilegiados–, ya se  mueven intensamente en las ondas y en las redes, fuera del hemiciclo. Aunque poco se sabe todavía acerca de si la retórica en torno a la excelsitud de la Educación acabará encontrando al fin una sostenibilidad sintáctica más democrática.

(1) http://www.eldiario.es/sociedad/LOMCE-Wert-educacion-Congreso_0_201580024.html

(2) http://www.mecd.gob.es/prensa-mecd/actualidad/2015/01/20150130-universidades.html

(3) http://www.abc.es/sociedad/20150223/abci-gomendio-sistema-universitario-201502231151.html

(4) http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/03/27/actualidad/1395933785_668012.html

(5) http://www.elconfidencial.com/espana/2015-02-27/el-cis-da-a-pedro-sanchez-ganador-del-debate-del-estado-de-la-nacion-por-7-decimas_719609/

(6) http://politica.elpais.com/politica/2015/02/25/actualidad/1424892076_623246.html

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