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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

¿La percepción del bienestar económico es clave para la bonanza educativa?

Manuel Menor Currás
2-Febrero-2015

Oficialmente, antes de la “recuperación económica”, la LOMCE y similares eran procedentes. Pero después de ella, ¿son pertinentes? ¿A qué viene el reciente decreto sobre grados y másteres?

El último vídeo promocional del PP nos dice, muy coloquialmente, que aún les queda mucho por hacer, pero lo que han hecho hasta ahora es fetén: tenían que hacerlo. Y hace tan sólo dos días, después de la victoria de Syriza en Grecia y de la marcha de PODEMOS en Madrid, el señor que preside el actual Gobierno volvió a insistir en que somos un país de primera, que no aceptaba “la España negra que nos pintan” y que , dado el crecimiento superior al 2% que auguraba y que calculaba que habría otros 400.000 parados menos este año, su partido debía hacer “pedagogía” para que los españoles conocieran mejor el trabajo llevado a cabo para enderezar el curso de los asuntos españoles (http://politica.elpais.com/politica/2015/01/31/actualidad/1422709777_900155.html)

Los oyentes podemos hacer oídos sordos a esta prédica y fiarnos, ante todo, de lo que experimentamos a diario, pero también nos es posible dar crédito a lo que nos cuentan –por simplificador que sea–. Lo que han hecho hasta ahora en el sector educativo tiene su lógica, perceptible igualmente en otros ámbitos, y nos puede servir de guía.

Todo parte de que los servicios sociales –como todo– tienen un trasfondo: son parte fundamental de las políticas económicas. No salen gratis y requieren un presupuesto, mayor o menor, que sustente su gratuidad, también mayor o menor según cada opción política. Por aquí empieza el silogismo en que se basa no sólo este vídeo, sino también la convención que el partido gobernante ha hecho el fin de semana del 23-25 de enero –centrada en torno al campo semántico de la “recuperación”, “PIB”, “crecimiento”, “disminución del paro”–, como también otro vídeo promocional del grupo municipal que rige el Ayuntamiento madrileño, con alusiones explícitas a lo bien que se ha vivido estos años, con “más facilidades a los emprendedores” si pones “voluntad y mucho, mucho esfuerzo”: “aquí las cosas están difíciles, aunque en Madrid siempre hay alguna oportunidad”(http://www.elmundo.es/madrid/2015/01/23/54c2206622601d482c8b4576.html)

La campaña electoral ha empezado y el discurso central de la misma girará en torno al lado positivo de la economía, presuntamente capaz de contrarrestar la “indignación” que los recortes –económicos y legales– hayan podido producir en las vidas de los ciudadanos. Por eso hemos empezado a oír que la economía española ha despegado, que hemos salido del marasmo de la crisis y que estamos iniciando el crecimiento. Este mantra constituye la “mayor” de un silogismo subyacente que constituirá la línea argumental del PP en lo que queda de año. ES ASÍ QUE entre lo que han tenido que hacer para que esa recuperación fuera posible, han debido introducir cambios importantes –no les llamarán “recortes”– en los servicios sociales y, particularmente en el sistema educativo, hasta llegar a la LOMCE, la reforma iniciada este curso y cuyo despliegue completo será en el próximo. ERGO, si cunde el beneplácito hacia lo que este Gobierno intenta transmitir –un trabajo duro pero perfecto, con medidas de cirugía estructural que permitan ahora proseguir la ambición programada hacia la que ya todo está perfectamente encarrilado–, nos será dado contemplar cómo aumentan los partidarios de que la LOMCE y otras medidas similares sigan su camino alegremente.

Si “esta economía” se recupera, todo lo demás –incluidas las políticas educativas– sería disculpable pese a ser considerado poco afortunado por muchos. Habrían hecho lo correcto, estaríamos en la buena senda para completar lo que todavía queda por hacer sin cambiar el rumbo. Esta es la lógica interna de los halagos que irá esgrimiendo el partido gobernante hacia sus ansiados electores. En lo que a educación se refiere, tratará de inculcarnos por todas las vías posibles que estaremos mejor si regresamos a antes de 1970, cuando la Ley General de Educación nos fue dada. Una fecha de referencia que también puede valer para ver a dónde nos retrotraen otras reformas emprendidas en estos tres últimos años en diversos campos de redistribución de la riqueza como la Sanidad y Dependencia o, en el campo de las libertades y derechos, la reforma laboral, la ley de Seguridad ciudadana, la reforma de la Justicia o las últimas modificaciones del Código Penal, asuntos todos ampliamente expresivos del horizonte ideológico que las mueve. Para apoyar ese objetivo y, en definitiva, la argumentación en que se sustenta, iremos viendo cómo en lo que resta hasta las elecciones generales –y con intermitentes crescendos respecto a las de Andalucía y las de mayo– irán aumentando las menciones a la mejora económica sustentadas en cifras y análisis estadísticos sofisticados. Al presidente del PP ya le está acompañando el coro de profetas mayores del FMI, de Davos y la UE –también Ana Botín acaba de elevar al 3% la recuperación del PIB–, aventurando incluso un crecimiento de los más altos de Europa en este año tan singular. También podremos ver cómo, ante lo insoslayable de asuntos sociales tan importantes como Educación, volverán a reiterar el listado de razones que Wert y Gomendio han ido desgranando en todas las fases de la LOMCE desde el principio de su concepción hasta el presente. Harán concordar de nuevo el nombre de la ley con su propia valoración, independientemente de lo que los recortes y demás decisiones normativas de la gestión ministerial han producido ya, y siempre al margen de las protestas que, en los medios a su alcance, hayan hecho los agentes sociales. Esa imagen contestataria ante una gestión muy controvertida quedará a cubierto del paraguas de la presunta prosperidad económica. 

¿Es la LOMCE y demás decisiones jibarizantes de una educación de calidad para todos lo mejor que podía hacerse en esta legislatura? ¿Busca el último decreto sobre los grados y másteres universitarios una mejora sensible de la Universidad pública, después de haberle quitado 1.500 millones de euros en estos tres años últimos, haber expulsado de la misma a 45.000 estudiantes por el aumento de tasas y haber puesto en entredicho una enseñanza científica, universal y autónoma, al servicio de la sociedad? Deben creerlo así porque aquella ley y este decreto –forma de gobernar de lo más inquietante– será muy provisional y por tanto inútil si pierden las siguientes elecciones generales. No obstante, sus responsables intelectuales y políticos han seguido adelante, prácticamente inmunes a esa amenaza y, de siempre, a la secuencia de resistencias de diverso carácter que han acompañado ab initio esta secuencia reformista. Es la misma postura arrogante que han mostrado con otras decisiones legislativas acordes con su ideario elitista. Razón de más para que de nada de esto hablen –como no sea como pretexto provisional y nunca como doctrina esencial de su concepto de sociedad– y sí centren todo el discurso en torno al “crecimiento económico”. Tampoco incidirán nunca en que el PIB no lo es todo en Economía o que su invocada disminución del paro está basada en una contabilidad donde cabe todo, incluido el subempleo, la precariedad y los bajos salarios, como analiza José Antonio Saracíbar en http://www.fundacionsistema.com/Info/Item/Details/5725 Parece que todo valga a la hora de engatusar a posibles votantes y, sobre todo, a los receptivos de medias verdades, compañeros de fortuna de cuantos este panorama deficitario no les afecta o no creen que les afecte. Coherente será pues, que si les convencen las premisas en que se apoya la “pedagogía” propagandista del PP, la LOMCE y demás parafernalia que están desplegando para reducir la importancia y calidad del sistema educativo público –y aumentar la privacidad de las prestaciones a que hasta ahora ha estado obligado el Estado– irán creciendo en su desarrollo. Ya no les queda mucho por hacer para ver cumplidos sus deseos.

Cuentan con  los medios y con el apoyo de los señores del 10% de renta, a los que les va muy bien con este sistema y que, de momento, no se inquietan por la creciente desigualdad existente, por la damnificación sufrida con el deterioro de los servicios o por los sueldos miserables, mientras la corrupción campea a sus anchas entre los intersticios del Estado: como si nada de esto fuera con ellos. Tienen a su favor, además, una parte sensible de la resignada y no indignada población española, a la que la educación le resulta asunto poco relevante, especialmente cuando su nivel socioeducativo es muy básico o ni siquiera (un 36,1% de 25 a 34 años, y es bastante mayor en la población más adulta), o cuando se vive en “hogares de muy baja intensidad laboral” –como llama el último Informe del Consejo Escolar del Estado de 2014 a las familias que viven en riesgo de pobreza (p. 65). Y cuentan, adicionalmente, con que entre los claustrales de Institutos, colegios y universidades hay muchos –sería de gran interés saber con precisión fiable su  proporción– que se sienten muy a gusto con los planteamientos de la ley que ya está en marcha. No sólo no han protestado, sino que ni se han sentido aludidos: su mutismo es similar al del silencio gubernamental ante el crecimiento sostenido de los problemas que no atiende ni quiere entender.

Puede que este señor que dice que nos gobierna –al que le gustaría seguir haciéndolo de 2016 a 2020 con similar desatención a los sufridores de la recuperación del PIB– no haya caído en la cuenta de que ha perdido legitimidad ante millones de ciudadanos a los que “su crecimiento económico” ha deteriorado gravemente la calidad de vida: ni invocando las benignidades mediatizadas del PIB o del paro será capaz de lograr otra vez que tengan fe en su capacidad de gestión austericida. Porque, entretanto, los descontentos, que nada tienen y nada van a perder, han tomado conciencia del valor de su voto hacia horizontes más inclinados a tenerles en cuenta. Y porque, en consecuencia, la gestión gubernamental actual, sin propósito de enmienda, como se ve por este decreto último sobre grados y másteres universitarios –a añadir a los que le han precedido, de similar obsesión por dificultar que las mayorías accedan a un saber más valioso–, está destinada a una radical provisionalidad. Dicho de otro modo, que el poder actual de este Gobierno tiene sus limitaciones, por mucha “pedagogía” que desarrollen este año para vender  lo que han venido haciendo y cuanto quieran seguir desarrollando a su aire y sin diálogo con nadie. Aunque la dureza y el miedo tienen sus réditos electorales, es más que probable que en este momento vayan a ser un fracaso: esperemos a los comportamientos electorales del año en curso.

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