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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

El “Halloween de los cojones”

Antonio Ruiz Heredia
31-Enero-2015

Una vez más la invasión cultural foránea, introducida con calzador por la pantalla de nuestros televisores, recalienta los cerebros ávidos de cosas nuevas de nuestros escolares.

Ya son cada vez más las voces que se levantan contra estos asaltos pseudo culturales –producto de la globalización mal entendida de que somos objeto– y es que, mientras que los adultos podemos discernir más o menos entre estas cosas y defendernos (aunque no siempre, por desgracia), nuestros críos, que están en la edad de absorber y asimilar todo aquello que pasa ante sus ojos y oídos, sin una ayuda por parte de padres y educadores, lo tienen más que crudo.

Por la pequeña pantalla nos metieron el árbol de navidad, que compitió durante años en cruda pelea con nuestro Belén y contra el que finalmente y por fortuna no pudo, acabando por compartir ambos el solar de las ilusiones navideñas. También el “Papá Noel”, alias “Santa” de los yanquis, personaje reconvertido de aquel San Nicolás que tradicionalmente llevaba regalos a los niños del norte de Europa (por cierto, desde España) y que los americanos –poblecicos míos– carentes de tradiciones, cultura clásica, imaginación y demás, pues la autentica es la de los mal llamados “indios”, los inmigrantes ingleses, irlandeses, franceses, alemanes, etc., que se quedaron con todo, ningunearon y casi destruyeron de manera programada, efectiva y despiadada.

Ahora viene la fiebre del “Halloween de los cojones”, refrito de Noche de Difuntos, carnaval monotemático y cachondeo nocturno, que nuestros queridos “made in usa” se han reinventado a base de interpretar tradiciones europeas antiguas, exportadas al nuevo mundo por los inmigrantes de los que he hablado y que posteriormente “venden” al personal –pues de eso se trata– para que una vez más se dispare el consumo de lo que sea y si hace falta inventarse parafernalias nuevas, pues se inventan.

En la coctelera cultural entro la calabaza redonda, hueca y con agujeros por los que salía la luz de una vela, que tradicionalmente se ponía, y se pone, en las ventanas irlandesas, asturianas, gallegas y también en muchos pueblos aragoneses, transmutando los susodichos agujeros en mueca fantasmal de no se sabe qué tipo de trasgo. Lo del disfraz, la noche de las ánimas, los caramelos y el mal traducido “¿truco o trato?”, (en realidad sería “¿Susto o dulce?”), vino después, aunque también heredado y reciclado de una antigua costumbre irlandesa.

Pude ser testigo hace un par de años, de la cara de perplejidad que un anciano, no muy al tanto todavía de tales “tendencias” foráneas, ponía ante un grupo de niños y niñas disfrazados, que parecían haber sido abducidos de un escenario en el que se mezclaban actores de  películas de Harry Potter, Chuky, el Señor de los Anillos y una de zombis, cuando parándose ante él le espetaron la famosa frasecita interrogadora, sin que el pobre hombre llegase a saber de qué demonios le estaban hablando.

De todas estas cosas y de otras peores que están por llegar, no solo tienen la culpa Hollywood y las series televisivas de alto contenido cultural y costumbrista de gentes muy, pero que muy ajenas a nosotros y nuestro entorno, (que además atacan con todo éxito no sólo nuestra lengua y sintaxis con construcciones bastante distintas a las utilizadas en el castellano), sino también nosotros mismos: padres, maestros, monitores y educadores en general.

Es nuestro deber y nuestra obligación culturizar a los escolares, enseñándoles a discernir entre unas costumbres y otras; unas lenguas y otras; una manera de ver las cosas y otras –siempre sin menospreciar las primeras en beneficio de las segundas, pues todas ellas poseen sus propios orígenes, tradición e idiosincrasia, pero siempre respetando las propias y procurando intentar dejar de  lado todas aquellas influencias que poco o nada tiene que ver con nuestra cultura, tradición y costumbres y que poco a poco pueden acabar por destruirlas u olvidarlas.

Me parece indecente que insultemos, ninguneemos, despreciemos e incluso hagamos alarde de campañas publicitarias en contra de usos, lengua o productos de otras regiones o comunidades autónomas españolas, mientras abrimos de par en par las puertas a todo aquello,  lo que sea, que venga de otro continente, así por las buenas y luego salir presumiendo de “marca España”.

Observo con preocupación cómo hay personas que desprecian el dance, la jota y el traje de baturro, el cante de las minas o la sardana, por poner algún ejemplo, al considerarlos “cosa de paletos”, mientras colocan a sus hijos ante el canal Disney, donde pueden contemplar (y aprender) como se desenvuelven en sus casas, calles y centros escolares niños de otro continente, con costumbres de otro continente, dicción y maneras de otro continente, transmitiéndonos al tiempo y sin piedad maneras de ser anglosajonas y calvinistas que nada tienen que ver con nosotros.

De aquí a pocos años nos vemos celebrando el “Día de Acción de Gracias”, con pavo y todo.

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