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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

No consta que Zuckerberg haya recomendado El cura y los mandarines

Manuel Menor Currás
15-Enero-2015

El último libro de Gregorio Morán sobre la cultura letrada española más exitosa entre 1962 y 1996 –una revisión entusiasta y heterodoxa– no deja indiferente a ningún lector. Más político que sociológico, inquieta las aguas de un panorama sólo aparentemente pacífico.

No es la primera vez que el autor asturiano (Oviedo, 1947) se mete a fondo en nuestro pasado reciente, el de los años de la transición y otros previos, tomando como asunto principal las letras y sus oficiantes. El presidente Suárez, el filósofo Ortega y Gasset y las interioridades del PCE, nos son hoy más comprensibles después de la atención que –entre otros trabajos– les ha prestado entrecruzando metodologías de la historia con acentos periodísticos. De esa trayectoria previa, en que se mezcla la observación política con un extenso bagaje lector, se nutre este último libro que, no por polémico, deja de ser recomendable.

Mérito indudable es que esta revisión cultural se inicie en 1962, año de mortecinos vientos de cambio respecto a lo que habían sido las anteriores etapas franquistas y, al mismo tiempo –en un proceso de continuidades y cambios que el autor alarga hasta 1996–, momento en que muchos empezaron a descartarse  de un sistema al que habían contribuido, y empezaron a preparar un futuro en que seguir siendo alguien. Destaca, igualmente, la abundante documentación que emplea en apoyo de sus afirmaciones, minuciosas hasta la anécdota en ocasiones y severas casi siempre contra la actitud acaparadora de muchos figurantes en el abigarrado friso cultural que reconstruye, más ansiosos de controlar territorio que por cuidar la honesta dignidad de su obra. Este es el motivo por que “mandarín” figura en la portada del libro, como si de un tiempo cultural al dictado se tratara,  acomodaticio y silencioso respecto a su propio pasado.

El lector tiene varias posibilidades para meterse con las 830 páginas de El cura y los mandarines. No es mala opción empezar por el índice onomástico y comparar sus 1961 entradas. Resulta así un diccionario nada canónico y bastante subjetivo, próximo a un ficcionario, pero muy legítimo y necesario. Al observar quiénes no figuran ahí y debieran estar, y la amplitud de comparecencias que tienen los indexados, se descubren las predilecciones del autor para construir su relato. Entre los políticos, sobresale Franco con 166 menciones directas, –acompañado además, de Fraga (34), Pío Cabanillas (31) y Robles Piquer (22) –; y en el postfranquismo, Suárez acapara 46, Felipe González 31 y Arias Navarro 14. La singularidad de unos u otros escritores y periodistas también corre pareja a las preocupaciones del autor. Su prelación la tiene Jesús Aguirre, duque de Alba, con 85 referencia principales –alguna ocupando 20 páginas del texto–, sin contar las de su inmediato entorno. Le siguen de lejos –pero con intensa atención– López Aranguren (73), Laín Entralgo (48), Dionisio Ridruejo (48), Camilo J. Cela (40), Carlos Barral (38), Javier Pradera (34 ), Manuel Sacristán (32), Juan Benet (28), J.Mª Castellet (27), Luis Martín Santos (27). Es llamativo que todavía Marcelino Menéndez Pelayo tenga 27 menciones o que José Ortega y Gasset aparezca con 31. Siguen luego García Hortelano (26), Pepe Hierro (26), Tierno Galván (24), Castilla del Pino (21). Y son menos citados, aunque desempeñen un papel relevante en la secuencia expositiva, José Luis Cebrián, Jesús Polanco, Fernando Claudín, Rafael Sánchez Ferlosio o Víctor García de la Concha. El mapa que dibuja esta lectura previa del índice permite una primera aproximación al núcleo central de este ensayo que quiere ser una historia no oficial del Bosque de los Letrados. Lo evidenciará más cumplidamente el lector si, como suele ser habitual, se adentra en el libro siguiendo su paginación ad pedem literae. También puede preferir después del prólogo irse a la quinta parte –la de los gobiernos de Felipe González– para ir posteriormente hacia atrás. Podrá advertir de este modo cómo el relieve de esos últimos catorce años es menor en este estudio, y más leve todavía si se tiene en cuenta que, en las páginas finales, el autor traspasa el milenio para concluir itinerarios principales como los de Aguirre, Pradera o el periódico El País –gran pretendiente a intelectual colectivo desde su fundación el primer martes de mayo de 1976, día cuatro. Si el lector prefiere tomar en cuenta lo acontecido después de 1975 y compararlo con los años anteriores, percibirá la gran impronta que –durante todo el período estudiado–, asigna Gregorio Morán al franquismo y sus continuidades.

El objetivo central de este estudio viene a ser así lo limitada y condicionada que ha estado la cultura letrada española en esos años, y cómo tras la restauración de la libertad expresiva ha seguido estándolo por  quienes, oportunistas en “erial” tan cerrado, han aprovechado la situación, no tanto para desarrollar una perspectiva generosa y abierta cuanto para continuar dominando una vacuidad acrítica. Este segundo aspecto es el que más parece dolerle a Morán: es muy visible su afán por subrayar las que, a su juicio, son expresiones de inteligencias valiosas y honestas –pocas–, frente a las miserias y cobardías de quienes se habrían dedicado principalmente a vegetar anclados en  ambiciones espúreas y hasta  “desnortadas”.

El título principal de la portadaEl cura y los mandarines– obedece primordialmente a la voluntad, entre irónica y sarcástica, de caracterizar esa etapa con un provocador titular periodístico. En  los entresijos políticos de cada año –por veces, el libro se parece a un dietario– aparecen y se entrecruzan los personajes de este ensayo sin que se pierda el tempo  narrativo, hasta un clímax final conclusivo para los principales, en un recorrido que deja sensación de vacío tiempo perdido –que no de silencio, como la novela de su admirado Luis Martín Santos. El lector ha de saber que no es ésta propiamente una historia cultural al uso, pero que ésta le permitirá hacerse cargo –probablemente mejor que muchas otras más académicas– de las interioridades de la cultura española. Los hilos que más interesan al autor transcurren primordialmente en Barcelona, Madrid y Santander, donde a su entender se desarrollan las claves de lo más significativo que, en el plano literario y periodístico, se hace durante esos años. Ni en el personalísimo listado ni en su taxonomía están todos los que son ni son todos los que están, pero sí casi todos. Una galería de retratos muy personal, después de mucha lectura vehemente de lo que dejaron escrito, entrevistas e, incluso a veces, trato directo: un requisito importante para la desmitificación.

No se preocupe mucho el lector por el cura. Al final, podrá argumentar con razón a quién se refiere el artículo determinado del título: mejor no dejarse arrastrar por la polémica suscitada en torno a la decisión de Planeta de no publicar este libro –cuando ya estaba prácticamente para comercializar– por si pudiera perjudicar sus expectativas de negocio con las publicaciones de la RAE. El libro está ahí con ese trampantojo y más vale estar atento a los varios curas con nombre y apellido que Morán muestra ascendiendo en la “cucaña” e, indirectamente, al eco de muchos otros que entreveran otros planos de la escena cultural. Todos, pasados por seminarios eclesiásticos en medio de múltiples limitaciones –cuando la posibilidad de estudiar era muy escasa–, desde donde lograron hacerse hueco. En algún momento, Morán echa de menos lo poco estudiado que está este aspecto de nuestra historia educativa, pese a que W. Callaham le había dedicado bastante atención en su Historia de la Iglesia en España (1875-2002), Barcelona, Crítica, 2002. Los trazos del panorama cultural resultante –con singulares clérigos y excuras como ingrediente fundamental–, vendría a constituir una peculiaridad de la cultura española de todos estos años, muy acorde con el nacionalcatolicismo reinante, también después de 1975.

En cuanto a los mandarines, es denominación peyorativa con que ya se describía, hace varios lustros, el panorama dominante de investigación, docencia y previamente procedimental, para seleccionar candidatos a los departamentos universitarios y al CSIC. Al autor –según confiesa en las páginas 652 y 653– le vale para explicar el poder de “los letrados” que trae a colación, por su “aceptación del sistema de poder como equilibrio entre los diversos niveles de una sociedad” después de las grandes sacudidas a que ha sido sometida: les ve ejerciendo viejos hábitos en los nuevos tiempos y con las mismas diferencias “sabias” y distantes de siempre. Entre los antecedentes de la aptitud de esta nomenclatura para denunciar máscaras e imposturas, cita a Simone de Beauvoir –buena conocedora de los entresijos intelectuales en la Francia posterior a la 2ªGM– y, particularmente, una novela de título homónimo –aparecida en España en 1991– que había sido publicada en la China del siglo XVIII para mostrar el sistema: WU-JINGZY, Los mandarines. Historia del Bosque de los Letrados.

Desazón y controversia es lo que pronto suscita tan compacto mandarinato. Por la documentación en que se apoya la caracterización y visión totalizadora del espeso panorama –en que no faltan aspectos particulares de la vida de cada autor–, el apabullado lector sentirá crecer la duda –especialmente si ronda la jubilación– de si le hubiera venido bien tanta información en el transcurso de su historia personal. Le hará consciente del tiempo transcurrido y, como a George Steiner o Pepe Segovia –con biografías contadas en torno a los libros no leídos o leídos–, le dará pie para glosar lo mucho no leído que le  hubiera gustado leer. O, al contrario –por qué no, si apenas había maestros en “el erial”–, qué bien haya hecho no leyendo determinados autores que estuvieron en el candelero: el pretexto más cómodo para seguir sin leer. Morán incrementa esa creciente duda porque la vida de la mayoría de los mortales no da para tanta lectura especializada y continuada. Por otro lado, sin embargo, todo lector podrá comprobar que a poco que mencione este ensayo ante personas que se hayan sentido rozadas por adjetivos poco complacientes de este autor, suscitará la polémica. Verá que no entienden ni les importan los criterios que haya podido tener en cuenta este ángel develador de presuntas naderías, cuando ni de un indómito y resentido inquisidor se trata ni, tampoco, de un Garmendía de Otaola empeñado en regir las Lecturas buenas y malas a la luz del dogma o la moral (Bilbao, 1953). Porque no es eso, especialmente ahora que, en el supuesto imaginario colectivo último, “Todos somos Charlie”.

Hay demasiada gente “importante” que no se ve bien retratada en esta historia por donde desfila de todo, también las cobardías y nulidades de muchos ocupantes abusivos del escenario cultural en detrimento de las excepciones de calidad probada. Desde este ángulo, la incisiva acritud expositiva de Morán remueve muchos fantasmas, no sólo individuales, sino también institucionales y mediáticos, de cuya aparente autenticidad también puede ser saludable indignarse. ¿Se imaginan una revisión de los libros de texto a la luz de lo que cuenta Morán? ¿Qué currículum canónico deberían tener como referente las muy próximas pruebas externas de la LOMCE, ya de por sí tan poco consistentes, también en las comunidades autónomas que urgen aplazar la implantación de esta ley? Pero, aunque las vivencias particulares del lector no concuerden con algunas afirmaciones rotundas de Morán –pues los itinerarios lectores son elevadamente subjetivos y casi siempre suena ofensivo su cuestionamiento–, este libro cumple una de las funciones principales de toda buena lectura: inquietar, provocar el debate sobre un mosaico de vistosas figuras donde pocos son lo que aparentan, y suscitar dudas y preguntas en una larga conversación en que sería erróneo sobreentender que todo está dicho. En este diálogo inacabado con sus lectores, la principal aportación del periodista ovetense es que les descoloca de sus seguridades y plantea retos interpretativos valiosos para entender esos 34 años de nuestras vidas, y también los otros veinte que han seguido. Mérito especial no pequeño de este grueso libro es que se lee bien y, de añadido, que –pese a los tiempos que corren para la lectura– oirán hablar bastante de él. No oficialmente, claro. Tampoco consta –como ya ha leído– que, entre en los planes de Mark Zuckerberg, figure el recomendarlo en su club de Faceboock.

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