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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

¿”Gente” o “casta”? Los indiferentes también existen

Manuel Menor Currás
11-Enero-2015

Aun suponiendo que fuese buena esta categorización social, en medio existe otro amplísimo grupo: el de quienes, ajenos a cuanto suceda, nunca saben, no contestan ni se implican.

Los conceptos relacionales que, hasta no hace mucho, nos ayudaban a entender de qué iban las cosas y de qué hablábamos –izquierda/derecha, progres/carcas, y similares– se han ido eliminando del escenario. En el cambalache de teorías y estrategias de educación política y social a que hemos sido sometidos durante este tiempo, especialmente desde que la Transición se ha ido consumando, se han  purificado las oposiciones de contrarios. Ya no habría clases y todos estaríamos en lo mismo, un magma unitario con iguales posibilidades y capacidades, de modo que si alguien no alcanzara un objetivo básico –como el de las competencias requeridas en la ESO, pongamos por caso–, tendría un problema psicológico absolutamente personal; nada tendría que ver con el homogeneizador sistema educativo ni menos el económico, político, jurídico o mediático… A medida que este año electoral vaya avanzando, esta doctrina se propagará mucho más, mientras, por otro lado, los aspirantes de PODEMOS extienden su propia interpretación de la divisoria social entre “la gente” y “la casta”. Algo similar hace, también, otra parte de la izquierda política española actual cuando de un lado pone a “la clase media y trabajadora” y, al otro, a quienes supuestamente pertenecen al estrato afín al PP. Con esta marcada dualización de nuestro entorno, volveremos a lo que predicaba Emmanuel Joseph Sieyès en 1789, cuando planteaba –contra los Privilegiados de entonces, Iglesia y Aristocracia–, la necesidad de cambiar el Antiguo Régimen a favor del Tercer Estado, en un momento crucial de los derechos individuales frente a los estamentales. Simplificaciones de la comunicación política, porque, entre un grupo y el otro, caben muchas identidades, además de que existan muchas contradicciones internas en uno y otro.

Como estrategia electoral, capaz de atraer a todo descontento de la mayoría social –sea cual sea su motivo–, sin duda es atractiva esta taxonomía y dará mucho juego más allá de las tendencias demoscópicas. Es, de todos modos, una más de las múltiples maneras que, en el transcurso del tiempo, han valido de justificante a cuantos tienen, han tenido o ansían tener algún grado de poder: la clasificación ya es una manera de control social. Se ve claro, por ejemplo, si se estudia el tratamiento político de la pobreza por parte de los más ricos, un asunto en que todavía es muy iluminador Robert Castel –Metamorfosis de la cuestión social (1996)–: la calidad política –entendía este acreditado sociólogo– sólo se ve de verdad en la confrontación con esta realidad carencial, siempre presente; según cómo se labore por reducirla o cómo soslayarla. De ahí las muchas metamorfosis a que ha sido sometida en las maneras con que los ricos –o bien posicionados económica y socialmente– la han nombrado, considerado y atendido. Cobra especial importancia en el siglo XIX, al compás de la industrialización y los problemas obreros que la acompañaron. La pobreza fue denominada entonces “cuestión social”, entendiendo bajo este rubro casi exclusivamente los focos de miseria que arrastraba consigo el proletariado, cuando los incipientes sindicatos empezaban a relacionar las carencias de sus afiliados con que la plusvalía del trabajo fuera a parar de manera prácticamente exclusiva a muy pocas manos. Ahí se empezó a hablar de clase sociales y de una oposición de intereses con capacidad para desestabilizar “el orden existente”. Ésa fue la razón, además, de que –en Europa antes que en España– el Estado asumiera contrarrestar el problema emergente como un asunto de “seguridad social” institucionalizando las primeras leyes y medidas sociales de atención. Los primeros trabajadores a quienes se prestó atención fueron los de industrias urbanas: los del sector agrícola todavía tardarían mucho en disfrutarlas.  Atentos conviene estar, pues, para ver a dónde conduce esta fórmula metamorfoseadora última que se está proponiendo para entender y canalizar las divergencias y conflictos existentes en una sociedad desencantada como la actual, cuando subsisten intereses tan desiguales y, como siempre, ciudadanos beneficiarios y personas perjudicadas.

Intereses distintos, e incluso opuestos, entre “la gente” normal y los grupos “privilegiados” del PIB, es obvio que siguen existiendo. En las antípodas, incluso, en cuanto a recursos para ejercitar y desarrollar la “libertad” e “igualdad” ciudadana; antitéticos también en cuanto a valores a potenciar en el colectivo humano, a partir de una cultura peculiarmente acorde con cada grupo de incluidos o excluidos. Si no se es ciego y no se oyen en exceso los insistentes mensajes apaciguadores del conformismo, cualquiera  habrá podido verlo en las manifestaciones y mareas de todo tipo como han recorrido las calles de nuestras ciudades en estos años, causadas siempre por la infinidad de recortes con que se han visto afectadas las prestaciones sociales de los más débiles y, sobre todo, sus derechos laborales. Es muy  gráfico lo padecido por los enfermos de hepatitis C, una desgracia sobre la que planea una decisión discriminatoria respecto a quienes puedan recibir la medicación adecuada, y que  las risueñas palabras del recién estrenado ministro de la sanidad ha elevado al limbo de una comisión evaluadora de más de 20.000 casos, urgentes y en grave riesgo de muerte muchos de ellos. Hasta ahí conduce el tratamiento crecientemente desinversor en los servicios que, sobre todo en su vertiente pública, hemos visto acelerarse gravemente desde 2010. Lo sucedido en Educación  también es paradigmático y la LOMCE está tratando de consolidar la situación a que hemos llegado, con beneficio creciente del sector privado. Este día 13 –si están atentos a la reunión del Ministerio con los consejeros autonómicos– podrán confirmar de primera mano el porqué de tanta prisa en su implantación. Rara es, en paralelo, la institución de relevancia que no haya alertado de las crecientes desigualdades en nuestro país que, con este proceder pretextado en la crisis, aumenta los riesgos para una sana convivencia cuando el desempleo sigue siendo tan grande. El panorama de intereses opuestos lo acaba de mostrar una comisión de expertos –constituida por el Gobierno– para establecer un “II Plan de Derechos Humanos”. En el informe previo que entregaron los comisionados, lamentan que el Ejecutivo de Rajoy esté imprimiendo “restricciones” al derecho a la educación, y alertan especialmente respecto a prácticas discriminatorias en admisión de alumnos,  desatención a personas con dificultades diversas, abandono escolar temprano, cierre de colegios o unidades escolares y –entre otras cosas que también afectan a otros derechos cívicos– la carga abusiva que para muchas familias representan de los costes de matrículas universitarias… Este informe crítico, coordinado por Fernando Rey, ha sido obviado por el Gobierno, que ve las cosas desde su peculiar punto de vista, ciego respecto a incluidos y excluidos (Ver: http://www.publico.es/politica/expertos-del-gobierno-reniegan-ley.html).

No está tan claro, sin embargo –pese a todo lo experimentado estos años–, que “la gente” –ese indiferenciado segmento mayoritario de cuantos no son “casta” en el paradigma de moda– perciba como propia la oposición de intereses que la crisis acrecienta. Menos lo está, todavía, que, entre todos los presuntos integrantes del colectivo “gente” no existan igualmente divergencias que todavía no han aflorado o que estén tan sólo meramente larvadas por falta de tiempo suficiente para que cuajen en particulares signos de identificación y cohesión. No es fácil, de todos modos, ser optimista respecto a un presunto igualitarismo de intereses y valores compartidos, a poco que se haya vivido y sufrido algún revés. Este ocho de enero pasado, por ejemplo, en la manifestación de los trabajadores de Coca-Cola protestando por un ERE en la embotelladora de Fuenlabrada que consideran injusto –cuando la empresa ha tenido un beneficio de 920 millones de euros y no quiere, además, aceptar la sentencia judicial que ve improcedente la medida–, quienes les hayan acompañado desde Atocha a la Puerta del Sol, habrán visto cómo, a medida que se acercaban a la céntrica plaza madrileña, iba creciendo en las aceras un gentío cargado de rebajas al que  le resultaban indiferentes las consignas y proclamas de los manifestantes. E incluso, cómo a más de uno le habrán saltado las lágrimas al ver que, entre risas y bromas, sus reivindicaciones constituían un objetivo turístico peculiar, apto para divertidos selfies. ¿Nunca una anécdota es categoría? ¿Cuántas hacen falta para que lo sea?

Esta indiferencia, a la que Alberto Moravia ya había prestado atención en su novela de 1929 –Los indiferentes, acumula una larga trivialización del descontento, desmoralización, indiferencia e incertidumbre. Lastimosamente cultivada sobre una desmemoria adolescente de demasiadas personas, todos los días añade tediosos ingredientes de ignorancia, miedo y costumbrismo. Y será muy productiva a la hora del voto efectivo, cuando quienes no se definen nunca y siempre tienen pretextos para no pronunciarse acudan a las urnas. ¿Estos indiferentes de ahora son los herederos del silencio de los tiempos anteriores a 1978, cuando supuestamente existía una “oposición silenciosa”? No hace mucho fueron invocados como “mayoría silenciosa” para justificar los despropósitos de los últimos tiempos. Son los mismos, diría, que con su apariencia de sabiduría inmutable –y silente–  siempre están del lado de quienes detentan el poder. Estos indiferentes son quienes mejor definen, de siempre, una imposible inexistencia apolítica: siempre caen del mismo lado y casi siempre como palmeros. De ser así, los profesores, en sus claustros, conocen bien su ambigüedad indolente: de lo pragmáticos que son, nunca se implican en nada que suponga salirse de la rutina burocrática o conlleve algún incómodo qué dirán: sólo son muy activos para frenar a quien se mueva en el escalafón y para recoger antes que nadie el fruto del trabajo de los demás. Lo que radicalmente no sé es a qué segmento, estamento, clase o estrato social, categoría relacional o pauta de identificación ideológica pertenezca tanto indiferente como hay, si a  “la gente” o a “la casta”.

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