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Martes, 26-Septiembre-2017 - 20:06 h.
LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Un 2015 feliz: mensaje predilecto de todo político con aspiraciones

Manuel Menor Currás
1-Enero-2015

Se encargarán de que lo creamos. Reiteradas comparecencias educadoras de nuestra mirada, oído y mente, querrán que entendamos que todo ha sido por nuestro bien y que vamos a mejor.

El modelo del PP es el que marca la pauta: le va en ello la fecha de caducidad en el Gobierno.  Por eso Guindos –decía la SER este uno de enero– ha iniciado 2015 anunciando que los contratos indefinidos crecen y que la gente ya “ha perdido el miedo a perder el puesto de trabajo”: señal de que vamos por buen camino (con Rajoy como guía impertérrito). Nada le ha importado que los datos sean más tercos, o que el ejecutivo haya prorrogado la tarifa plana de cien euros porque la contratación indefinida no despega: es similar a hace dos años y sólo el 25% de los contratos formalizados en 2014 se ha acogido a esta facilidad de pago a la Seguridad Social condicionada a que el empleador sostenga el puesto de trabajo durante tres años. Con una brizna de verdad, se puede construir una complicidad ilusionada.

Como explicó Lakoff (No pienses en un elefante), la lingüística cognitiva es un campo de batalla donde son posibles logros insólitos, y hasta imposibles, si se dispone de los medios adecuados para moldear la percepción de la gente. Existen en la escena política actual variados contramodelos de recurso al campo semántico. En el PP le han confiado mantenernos en el guindo durante todo el año a base de multiplicar las comparecencias públicas de unos y otros próceres en diversos lugares de la geografía y que los dóciles medios redupliquen su verborreica imagen activa, preocupada y ocupada en traernos el bien perdido o defraudado. Fastos y primeras piedras –que muchas veces sólo serán ingeniería de imagen– harán que nos acompañen fielmente durante un tiempo y que su presencia vaya creciendo poco a poco, inmisericordemente, en telediarios, debates, artículos de opinión y primeras páginas de la prensa, a medida que nos acerquemos al 26 de mayo. De ahí en adelante, se acelerará el tempo y la intensidad. Les veremos sonrientes casi todos los días, bajo colores y músicas que nos hagan olvidar los martiriales recortes a que nos han sometido durante estos tres años y nos hagan ver que ellos han hecho su labor, han recuperado el crédito internacional, nos ayudan como nadie y todo lo recortado ha sido “por nuestro bien” –igual que cuando los maestros de antaño nos castigaban o pegaban por nuestros excesos e incumplimiento de los deberes–. El orden instituido –el suyo, predominantemente– estará bien protegido si sobreentendemos que los culpables de lo que pasa somos nosotros. O que iremos por desleal camino si mostramos desafecto o simplemente desaliento y tristura por el estancamiento y retroceso de expectativas en que estamos sumidos.

Un año desmemoriado es el objetivo educativo a lograr, más pronto que tarde, por quienes vigilan en este momento nuestro cuidado. Mágicamente, hemos de aprender a repetir que nuestros parados ya están disminuyendo, el hambre de los niños no existe, la sanidad es mejor que nunca, la educación ya está mejorando, nuestra deuda no existe, crece la economía y nuestros ladrones –políticos o amiguetes– tan sólo son unos chicos descarriados en fase de reeducación. En esto están –y hasta legislan– y, además, inauguran cosas, señal de que la crisis no ha sucedido: sólo ha sido un mal sueño. En este limbo al que nos intentará llevar la propaganda que está en marcha, los estándares de aprendizaje que se esperan de nosotros precisan que hagamos algunos deberes, como, por ejemplo, ver más la tele pública y las autonómicas, cada vez más ocupadas en hacernos llegar la buena nueva igual que el grandioso club de la buena prensa. Nos pedirán cuenta de ello de continuo, pues ya se sabe que hay gente odiosa, empeñada en que pensemos mal de todo y podemos desviarnos. Esto nos permitirá interiorizar fácilmente que nada ha sucedido en Sanidad, Educación, Justicia, Libertades cívicas de expresión y manifestación, Derechos laborales y salariales y que, afortunadamente, todo funciona divinamente…, “como Dios manda” o la Naturaleza exige –como puede verse por los jóvenes mejor preparados de nuestra Historia–. Hará, además, que no prestemos demasiada atención a la cantidad de corruptos que crecen cada día: según cuentan, el mundo es malo, todos tenemos el pecado original en el cuerpo y, además, ahí tenemos funcionando –independiente– a nuestra intachable Justicia para que haga lo que pueda, “de raíz y sin contemplaciones”.  No hemos de fiarnos, pues, de lo que vemos a diario en nuestro entorno: no estamos capacitados para ver y comprender y hemos de reeducarnos suave y dulcemente antes de juzgar. Tener criterio propio significa ver como se debe ver, como nos digan que veamos; nuestro criterio es muy libre –nadie nos obliga, ¿no?–, pero no estaremos nunca a la altura de quienes tienen una visión clarividente desde el poder: ¡dónde vamos a parar!

Quieren que les queramos: esta es la cuestión. Por eso están haciendo tantos esfuerzos para que brille su acobardado prestigio, cuando sucesivas encuestas han puesto en primer plano que nos preocupa mucho la corrupción y los procedimientos privilegiados de la política fetén y que, como consecuencia, ha crecido nuestra desafección y, con ella, las organizaciones y frentes de protesta cívica, potencialmente desestabilizadoras de nuestro ordenado quebranto. Tratarán de demonizar, por ello, a cuantos de una u otra manera critiquen su quehacer opaco, poco ligado a los intereses de la mayoría social. El problema es que esas iniciativas parecen acrecentar la afección de la gente encuestada hacia los demonizados. Probablemente lleguen pronto el miedo y las amenazas de quienes de verdad mandan –como ya está sucediendo en Grecia– y, de paso, las líneas rojas a que deberemos ceñir nuestra capacidad de voto para que –libremente– decidamos no defraudarles en las urnas y demostremos que les queremos. Todo será por aumentar la felicidad del año 2015 y la paz internacional.

“Regeneración”, “transparencia”, “participación”, van a ser, por tanto, las palabras más reiteradas en este año en curso, como signos de una presunta “democratización” renovada que ya se viene anunciando desde hace algún tiempo. Igual que  sucediera a algunos personajes de la Transición –según la interpretación de Gregorio Morán, en El cura y los mandarines–, todavía no sabemos bien si de metamorfosis o transformación se trata, pero, al margen de si proclamamos a Franz Kafka como patrono de este año, sí vamos a ver al paso de los días cómo la semántica de estos términos sufrirá serios deslizamientos hacia el cero significativo o, si no se apagan los otros modelos en liza, servirá de fuente de votos indecisos. Ahora que selfie se ha castellanizado –desviando el desarrollo de autofoto o autorretrato, más propios del castellano–, el autobombo estará en primer plano impidiendo, en todo caso, que nos enteremos bien de qué grado de sometimiento obediente va a requerir la creciente moda afectiva de unos y otros por las susodichas palabras.

 

 

 

La cultura y la educación también van a desempeñar una buena labor en este esfuerzo simulador. No me refiero a los bien educados y cultos –especie difícil de catalogar como tal en su ser y en su juego social, como ya nos previno Mark Twain–, sino a la estructura educativa y cultural de que disponen los actuales gestores del Ministerio polifacético y unidireccional. Serán usadas estratégicamente, y manipuladas con cierto descaro para que comprendamos mejor el mensaje. Estos días pasados, han inaugurado en Sitges un Museo. Unos días después, la ministra mejor valorada del actual Gobierno, inauguraba en Lalín el “Museo Galego do Títere” –todo un símbolo de lo que sucede, digno del mejor Valle-Inclán–. Hemos vuelto a ver varias inauguraciones de tramos de carretera y de otras áreas constructivas. Veremos más y más –porque sólo estamos empezando este año feliz–, pero en esta fiebre resucitadora de rituales alusivos al progreso económico en que al parecer ya estamos de nuevo, no se dirá, por ejemplo, cómo mutilan los presupuestos de atención y cuidado en museos tan emblemáticos como el Nacional del Prado o el Arqueológico Nacional; el primero, en números rojos ya y, el segundo, reabierto no hace mucho con temeraria escasez de personal. Igual que el también recientemente reabierto en la calle Fuencarral de Madrid, que pretende relatar la Historia de la ciudad. O como miles de aulas en toda España, con exceso de alumnos, limitación de profesores mal atendidos y otras precariedades que seguirán campeando como en el año pasado… Tus ojos de lector han podido contemplar o sufrir muchas otras restricciones, pero no importa. Hay que lavarse bien para ver mejor. Porque si, según elconfidencial.com (2015-01-01), nuestro “índice de felicidad” ya se ha mejorado mucho respecto a hace dos años –aunque no alcancemos la media de una peculiarísima encuesta oportunista–, todo se transformará muy a juego para que 2015 sea un año feliz. También lo quiere Coca-Cola –como habrás visto al compás de las uvas de fin de año–, probablemente sabedora de que la “felicidad” de sus obedientes súbditos es lo que prescribían los manuales de príncipes –e incluso el teatro palaciego–, al mostrar, en el siglo XVII, cómo educar a éstos en sus obligaciones absolutistas hacia aquéllos.

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