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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Los profesores baratos salen caros, aunque sean buenos.

Manuel Menor Currás
12-Diciembre-2014

Bueno, bonito y barato era el eslogan del mal comerciante. Ahora, lo es también de los malos gestores políticos, sobre todo si de educación, sanidad y servicios sociales se trata.

Tiempo de “recuperaciones”

Para empezar, no parece que este tiempo, sin que sea septiembre, sirva para otra cosa que para equívocas “recuperaciones”. El Presidente es el primero en dar mal ejemplo educativo al decir, siempre que puede y también cuando no, que nos estamos recuperando de la crisis, que eso ya pasó y que estas Navidades ya son otra cosa. La rueda de prensa que ha seguido este viernes, 12 de diciembre, al último Consejo de Ministros insistía en lo mismo. El estar en vísperas electorales hace repetir mantras que la gente de a pie, ilusionada, debe acabar creyendo aunque contradigan su experiencia: que la macroeconomía vaya por un lado –sin que se cuenten sus entresijos internos, como la devaluación del euro o la bajada del petróleo– y que la microeconomía cotidiana vaya de otra cosa bien diferente seguirá siendo un misterio para los mejores estudiantes de este momento. Especialmente, para los que, sin futuro –como dice Agustín Moreno–, tengan que acabar emigrando, como los 42.685 españoles que lo han hecho en el primer semestre de este año (Ver: http://www.cuartopoder.es/laespumaylamarea/sin-futuro/751).

No menos equívocas son ciertas “recuperaciones” que, a la chita callando, se están operando en lo cultural. No es casualidad que en el relato que prima en el recién inaugurado Museo de la Historia de Madrid (Ver: caa.elpais.com/ccaa/2014/12/10/madrid/1418237514_194948.html), el pasado día nueve, aunque el aspecto museográfico haya quedado muy acogedor, lo que quiere contar responda realmente a la historia de la ciudad y al conjunto de la sociedad que la ha construido: el lado áulico que pone en primer plano resultará particularmente parcial para las generaciones más jóvenes y para cuantos, por razones diversas, se hayan adentrado en tan complicada historia, que, por otra parte, poco tiene que ver con el Madrid posterior a 1930. Y no es un caso aislado. La exposición sobre los retratos de la monarquía española a partir de Isabel I es un caso de especial relieve en los últimos días por las repercusiones mediáticas de la obra de Antonio López, pero que ha de añadirse a la serie de recuperaciones –y restauraciones– que están tratando de ponerse en primer plano cuando ya se está fraguando la museografía de las Colecciones Reales (Ve: http://www.casareal.es/ES/Actividades/Paginas/actividades_actividades_detalle.aspx?data=12215). Por su parte, la exposición titulada A su imagen, de que se ha dado cuenta en esta columna recientemente, no desmerece tampoco de ese afán por reforzar determinadas maneras de contar nuestro pasado, poco propicias a desarrollar una convivencia sana y tolerante. El ejemplo ha cundido y ya en Aragón se disponen a perpetrar algo similar con Fernando II, el “Católico”, en la misma estela de lo que en las Huelgas puede verse sobre Alfonso y Leonor, para celebrar el VIII Centenario de estos reyes castellanos (http://www.patrimonionacional.es/huelgas2014/). En conjunto, la pedagogía social que está poniéndose en escena es la de una memoria parcial y un poco desquiciada con la atención puesta en la elite socioeconómica, desfigurando la historia total en que los protagonistas son muchos otros también, con sus trabajos y dificultades de supervivencia: como si fuéramos ajenos o extraños.

Los profesores baratos

Tampoco está claro que quiera mostrarse, a nivel más próximo, la historia vivida por el profesorado de este país. Por ello es significativo el equívoco título de un extenso reportaje en El País del pasado día ocho: http://politica.elpais.com/politica/2014/12/04/actualidad/1417715642_210029.html. Equívoco por centrarse en la Universidad tan sólo –cuestión por la que este periódico o la empresa de la que depende parece particularmente interesado en los últimos tiempos–, y equívoco también por el mero descriptivismo de situaciones últimas en que sustenta un titular no menos equívoco: “Ser mal profesor sale barato”. No deja claro si es una denuncia que quisieran subsanar o si, por el contrario, dados los recursos menguantes, es una propuesta de futuro para el sistema educativo, cuya perfección dependiera de privatizar toda la Universidad pública: no es gratuito que la autora del artículo sólo ponga ejemplos de universidades como la Complutense o la de Valencia (éste más difuminado todavía). En mi discutible opinión, no es verdad que los profesores malos salgan baratos. “Barato” y “caro” son adjetivaciones relativas cuyo significado depende siempre de los elementos que queramos incluir en el sustantivo y, por consiguiente, condicionados por la vara de medir que empleemos o, si se prefiere, por el color con que se mire. Según qué profesores, sale barato lo caro y viceversa. Si prima la baratura economicista –y sin validar qué deba ser o no ser buen profesor hoy–, hasta los buenos salen caros, porque ni se encuentran motivados ni tienen aliciente alguno profesional para desarrollar su quehacer de manera digna y, si cabe, extraordinaria. Las baraturas del sistema profesoral y el fiarlo todo a “la vocación” vienen de lejos, de cuando maestro era sinónimo de pasar hambre. Y de más lejos todavía, de cuando los ideales de la Paideia griega –sobre la que Werner Jaeger dejó escrito en 1933 un muy reeditado libro, y a la que toda la intelectualidad elogia tanto– dependían del esclavo que llevaba al infante a la escuela: el paidagogos. Si quieren saber qué significa “pedagogo” y “pedagogía” para muchos de nuestros irresponsables de asuntos educativos, repasen un poco las hemerotecas o Internet: basta con poner esta palabra y, al lado, determinados nombres sobradamente conocidos. De añadido, en épocas de escasez y recortes sistemáticos para el sistema público de enseñanza se hace más complicado todavía concretar exactamente el alcance de “barato” y “caro”, tan dependientes de la incompatibilidad de lo ideal con lo que transmiten las decisiones de nuestros gestores de la educación. Y tengo para mí que pagaremos caro que no sólo verbalmente algunos de nuestros políticos propalen la doctrina –socialmente nefasta– de una desafección profunda a los docentes, sino que, con la imposición de hechos consumados, desde 2010 se haya visto mermada hasta cerca de un 20% la capacidad adquisitiva de la mayoría de nuestros maestros y profesores, y que las partes más débiles del sistema –las que trataban de paliar algo la desigualdad social creciente– continúen desasistidas de lleno en los presupuestos del año que entra. Ninguno de los datos de macroenomía, de que se dará parte por tierra, mar y aire en estos días prenavideños, paliará, por muy excelso que sea el déficit de conocimiento y solidaridad que estamos sembrando. No nos equivoquemos: eso acabará pasando factura más pronto que tarde.

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