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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Emilio Lledó, Premio Nacional de las Letras 2014, es homenajeado en Méjico y en Madrid

Manuel Menor Currás
8-Diciembre-2014

El 19 de noviembre, Cultura le concedió el premio más prestigioso después del Cervantes. Pronto siguió otro en Méjico y este 9 de diciembre recibe el de los editores madrileños.

El auditorio de la madrileña Casa del Lector, regida por el coruñés César Antonio Molina, será el escenario donde este 9 de diciembre Emilio Lledó (Triana: Sevilla, 1927) será agasajado con el XVIII Premio Antonio de Sancha, que concede la Asociación de Editores de Madrid. Las razones que había esgrimido el jurado del Premio Nacional de las Letras Españolas para aquel reconocimiento sintetizan bastante bien la personalidad intelectual del autor y su trayectoria relevante en la literatura española actual: “su pensamiento y dilatada obra, que armoniza la filosofía del Logos, la hermenéutica, el valor estético y ético de la palabra, la defensa de la libertad y su vocación docente”. Las señaladas por los editores madrileños en recuerdo de quien fuera gran encuadernador, impresor y editor en la segunda mitad del XVIII, Antonio de Sancha,  son más genéricas aunque complementarias: “en reconocimiento a su trayectoria intelectual y a su compromiso y apoyo al mundo de la cultura y la literatura. Este galardón se otorga anualmente a la persona que se haya distinguido por su labor en defensa de los valores culturales en general, y del libro y la promoción de la lectura en particular”. Verdad es que, en general, Lledó, humanista y filósofo, está muy preocupado por el futuro lector cuando el libro, tal como lo hemos vivido, está en baja social. Desde hace tiempo, ve este presente mecanicista de la ingente información digitalizada que circula de manera continua entre los más jóvenes, como un distractor que dificulta la pausa necesaria para entender y asimilar las claves imprescindibles para seleccionar con criterio, contextualizar y articular el valor que puedan tener las redes sociales para la autonomía personal, factor que puede llevarnos a una mayor desigualdad todavía en las relaciones sociales dentro de la Polis.

El académico de la RAE (desde 1993) anda ya más próximo a los noventa años que a los ochenta y ha pasado una buena parte de su vida como migrante. De Sevilla a Madrid, de Madrid a Alemania, de Alemania a Madrid y Valladolid y vuelta a Alemania, para volver a Madrid, Barcelona, Canarias, Madrid, Alemania, Madrid… y así sigue, de un sitio a otro siempre ocupado y preocupado entre estudio, libros, docencia, conferencias, artículos diversos y, de un tiempo a esta parte, entre reconocimientos y entrevistas que le apartan engorrosamente de sus queridos libros y de la charla amigable. En medio de tanto trajín, no necesariamente buscado pero que no cesa, ha tenido tiempo para tener un gran maestro de escuela en Vicálvaro del que se acuerda siempre –porque le enseñó la libertad de leer, justo cuando caían bombas sobre Madrid–: un cuaderno de aquellas clases de entonces es su tesoro más preciado en un piso lleno de libros. Tiempo tuvo para formarse con los grandes, sobre todo en su querida Heildelberg, y para devolver a la sociedad gran parte de lo aprendido. Tiempo para ser profesor de Instituto en Valladolid, al lado de una mujer de la que siempre se acuerda, por el piano que preside la casa y por los hijos habidos en un breve matrimonio; y, también, para enseñar en varias universidades españolas y en la tan internacionalmente apreciada Heildelberg –universidad pública desde luego, como le gusta recordar– o en el Instituto de Estudios Avanzados de Berlín (Wissenschaftskolleg), del que es miembro vitalicio desde 1988. Pero, sobre todo, ha tenido tiempo para continuar teniendo asombrados discípulos directos en muchas partes, amén de los inciertos e innumerables que le ha granjeado lo mucho que ha escrito.

No ha sido mi profesor y bien que lo siento. Similarmente, me hubiera gustado haber sido alumno de algunos otros que estuvieron exiliados cuando me debieron haber tocado como enseñantes: los estudiantes de mi generación seguramente habríamos ahorrado mucho esfuerzo y búsquedas vacías. En la conversación directa, en las aulas y en la pauta de otra cultura democrática, hubiéramos tenido más tiempo para el descubrimiento y disfrute de lo que merece la pena saberse; también, probablemente, para una vida colectiva más sana. No ha sido así y, en vez de esa riqueza, sólo nos queda la satisfacción vicaria de haber podido asimilar algo a través de lecturas más o menos tardías. Debemos no poco a Lledó, no sólo por sus libros sino también por sus artículos en prensa. Lo que ha escrito sobre Homero, Aristóteles, Platón y los Presocráticos, nos ha enseñado –en una sabia combinación de cultura griega y reflexión filosófica– mucho de lo más valioso que tiene la vida humana y que sigue siendo el gran reto de este presente angustioso: el valor de la palabra, la importancia de la honestidad y decencia –spoudaios en Aristóteles– en lo privado y en lo público, lo imprescindible del conocimiento y la escuela para extender la autonomía comprensiva a los ciudadanos y desarrollar los referentes y valores esenciales de nuestra convivencia. Se han recordado ahora muchos de sus libros principales (Ver: http://www.bibliodiversidad.net/premio-antonio-de-sancha-2014/) y sólo quisiera resaltar uno que no ha sido tan mencionado: Ser quien eres: ensayos para una educación democrática (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2009). En este conjunto destacan particularmente dos ensayos: el dedicado al Juan de Mairena, de Machado, y otro en que el centro de análisis son las Humanidades y la Paideia griega. Me parece particularmente importante el primero –originariamente de 2008–, por la cantidad de semejanzas que es fácil advertir entre los dos sevillanos y por lo estimulantes que son las enseñanzas de ambos para que sus discípulos se hagan ciudadanos libres, que aprendan a pensar y sentir. Hay ahí una cita larga de Machado –que Lledó hace suya– que es un certero manifiesto frente a un presente en que las Humanidades –la configuración de los ideales de la humanidad, que nos han ayudado a ser lo que somos– son denostadas en aras de unos saberes utilitaristas sin horizonte ni cultura moral alguna: “Nos empeñamos –cita a Machado– en que este pueblo aprenda a leer , sin decirle para qué y sin reparar en que él sabe muy bien lo poco que nosotros leemos. Pensamos, además, que ha de agradecernos esas escuelas prácticas donde puede aprender la manera científica y económica de aserrar un tablón. Y creemos inocentemente que se reiría en nuestras barbas si le hablásemos de Platón. Grave error. De Platón no se ríen más que los señoritos, en el mal sentido –si alguno hay bueno– de la palabra”. Y concluye Lledó: es “en la escuela, entendida como el espacio público para la formación de ciudadanos”, donde no se ha de dorar “la píldora de la desigualdad, la irracionalidad y el atontamiento, para provecho de los pretendidos educadores”. Este pequeño libro de ensayos recopila las preocupaciones vitales que han acompañado a nuestro gran hermeneuta de los clásicos en su fructífero quehacer docente: un conjunto de categorías persistentes que bien debieran iluminar el desnortado presente actual de nuestro sistema educativo.

Parece inevitable, con motivo de esta serie de honores de este 2014 a Don Emilio Lledó, aludir a la aceptación de premios oficiales, especialmente cuando el desplante es esgrimido como reivindicación poderosa. No tengo claro que –como respetablemente han hecho este año Jordi Savall con el Nacional de Música o Colita con el Nacional de Fotografía– sea mejor testimonio de disconformidad el quedarse fuera. Existen refinadas formas de publicidad a la inversa, so pretexto de que no nos guste la desatinada política cultural de este Gobierno. Y existen otras formas tan legítimas e insobornables para mostrar tal desacuerdo. El propio Nóbel tiene ejemplos contrarios, válidos todos para sostener tesis encontradas respecto a la conveniencia o no de la aceptación de premios oficiales. Cabe recordar, por ejemplo, que, mientras Sartre lo rechazó en 1964, Camus lo había aceptado en 1957, dejándonos de paso un extraordinario discurso, pleno de exigencias de honrada dignidad, y desde esa cumbre un agradecido recuerdo que se mantendría constante –muy similar al de Lledó con su maestro, Don Francisco– hacia Louis Germain y Jean Grenier, quienes habían sabido ver –el primero en la escuela, y el segundo en el Liceo de Argel– las cualidades intelectuales que poseía cuando era un niño pobre. Por otro lado, los reconocimientos, aunque sean en el último tramo de la vida, vienen bien aunque sólo sea para sobreentender que lo trabajado ha merecido la pena. Le vienen bien a quien los recibe si el jurado correspondiente ha sabido valorar los merecimientos de un candidato –y creo que Lledó sí los tiene. Y nos vienen bien a los ciudadanos, porque necesitamos de la ejemplaridad como estímulo a la leal honestidad imprescindible de la obra y servicio bien hechos, que debe primar en la convivencia democrática.  Es probable que, este año, haya habido otros candidatos merecedores del reconocimiento público, como también es seguro que las autoridades de Educación y Cultura debieran prestar más y mejor atención a lo cotidiano de las exigencias que impone una buena atención a las Letras, empezando por que en el sistema educativo tuvieran una consistencia que no tienen –amén de prestar oídos a otras muchas iniciativas que brillan por su ausencia para desconcierto de las generaciones más jóvenes–, pero lo cierto es que a Lledó este premio de las Letras le sienta bien, después de toda una vida dedicada a desentrañar los primeros escritos de nuestra cultura occidental de modo que puedan iluminar nuestro presente. Si le leen verán que nos ayuda a caer en la cuenta de si no nos estarán programando una estúpida ignorancia generalizada.

¡Enhorabuena, maestro!

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