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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Los patios escolares de los sesenta son un modelo para ahora, después del 9-N, de lo que debiera o no hacerse.

Manuel Menor Currás
12-Noviembre-2014

En colegios e internados de aquellos años, de nada valió invocar la disciplina reglamentaria para sostener un estado de cosas caduco. Pronto quedaron desiertos.

Entiéndase “colegio” en el sentido más habitual, sinónimo de escuela o centro de estudios, aunque cada uno de estos términos tenga sus connotaciones particulares, más diferenciadas de lo que aparentan. Bien es verdad que, en lo central que aquí se comentará, lo más propio sería entender la expresión con la significación laxa de lo que quiera decir seminario, internado, convento y espacios similares, especializados  en adoctrinar a criaturas en edad escolar, desde los diez y once años hasta incluso los veinticuatro en muchos casos. Y es tomado aquí, además, como metáfora de lo que en el plano político está sucediendo después del 9 de noviembre, una fecha que, como muchas otras con pretensiones, nunca viene sola: tiene su contexto y sus derivaciones, algunas trabajadas a conciencia y ninguna caída del cielo por azar o por un destino manifiesto. En muchos aspectos, por tanto, es probable que a más de un lector –como me sucede a mí– lo que está viendo y oyendo le suene a dejá vu.

Quienes frisen una edad próxima a los setenta –especialmente si su aprendizaje escolar se desarrolló en internados religiosos de diversa nomenclatura pero similar reglamentación–, podrá recordar, seguramente con poco entusiasmo pero con mucha precisión, las inciertas microrebeldías que en un santiamén se propagaron por toda España en los sesenta. Jesús Torbado dejó constancia de las mismas ya en 1965 con Las turbaciones (Alfaguara). Carlos Casares –compañero de aquellos años– las dejó entrever en 1968 en un relato corto, A galiña azul, que hay quien dice ser un cuento infantil, pero que reproduce muy bien ansiedades de entonces (1968): algo más tarde, les daría más consistencia en Xoguetes para un tempo prohibido (1975). Hay toda una amplia bibliografía literaria de aquellos ambientes y situaciones contradictorias. De lo último que he podido leer relacionado con esta parte tan relevante como poco estudiada de la historia educativa española, merece mucho la pena un relato –“Vidas de insecto”– de los que Luis Mateo incluye en uno de sus penúltimos libros: La cabeza en llamas (Galaxia Gutenberg, 2012), en que fluyen sensaciones sólo posibles de expresar por quien haya conocido por dentro aquellos mundos cerrados, dentro de una España más cerrada todavía: “fluía –dice– un aborrecimiento disciplinario, un odio cerval y una continua conspiración que manchaba las almas hasta límites inimaginables”. Para los literarios “padres tolontinos”, que regían el colegio de aquella “ciudad pecuaria que tenía entre sus más acusadas características la de la inmovilidad”, era primordial “que los individuos se achanten y justifiquen la baja autoestima como un adorno de la modestia y la mansedumbre”; el ideario escolar se resumía en “alabar la conformidad y el acato” y en el uso disciplinario de las bofetadas: la “Santa Infancia –sintetiza el relato– es la que corre más riesgo de romperse la crisma”. Y todo porque “no se podía saber más de lo que se merece ni existe mayor soberbia que la de aprender más de lo debido”. Para eso estaba “la vara del pensamiento, y poner en su sitio las ideas y las costillas…: quien se pasa de listo es altivo y presuntuoso, y no debemos olvidar que somos enanos en la proporción de Dios”.

La rebelión que todo este planteamiento pedagógico suscitó –cuando ya la postguerra quedaba lejos para esa generación de los cuarenta que empezaba a sentir que, a pesar de su corta edad, no quería aguantar tiempos tan “arbitrarios y contumaces”–, no fue exclusiva de aquel territorio imaginario del colegio de Santocilde. La curación educativa –de quienes ansiaban aires más sanos–, requería, en medios tan adversos como aquel, “actos de resistencia y desafecto”. Y, de hecho, no sólo se produjeron en el colegio de referencia para Luis Mateo, sino que son documentables en muchos otros puntos de España por los mismos años. Muchos escritores y profesionales de variado perfil posterior: periodistas, abogados, maestros y profesores de diversas especialidades, bastantes políticos y administrativos de los primeros años de la Transición –incluido algún ministro–, no tuvieron otro sitio donde estudiar. Ahora mismo, son detectables muchos testigos de aquella insumisión: casi todos los pertenecientes a estos gremios y profesiones, que dicen tener pueblo o aldea de referencia, proceden de este contexto escolar originario. El sistema educativo de esos años –anterior a la LGE de 1970– daba cobertura muy corta a la población, y más a los nacidos en zonas rurales,  pero quienes en la escuela primaria parecieran entusiasmarse algo con los “deberes” que allí se pautaban, si sus padres no tenían posibles pronto eran tentados con algún peculiar tipo de beca.  Los maestros y curas predominantes en la época administraban aquel escaso caudal de empleabilidad, diferente a la del arado, y encauzaban al elegido –o elegida, que también podía darse– para que cursara estudios “vocacionales” en amplios centros preparados ad hoc en lugares ahora mismo insostenibles.

Viene al caso ahora esa historia de muchos españoles frecuentemente muy  valiosos, que habían sido plantados en aquellos “semilleros”, donde se les “cultivó” un tiempo como niños selectos destinados a labores de relevante simbolismo en aquel entonces. No sólo permite saber mejor de las nuevas direcciones que han tomado aquellas iniciativas educadoras, desde que el sistema educativo empezó a ser accesible de manera más libre a la ciudadanía, y conocer, sobre todo, esa bifurcación mucho más potente de la educación española –más dedididamente escindida entre “pública” y “privada”– que empieza en los setenta y se amplifica a partir de la LODE (Ley Orgánica 8/1985, de 3 de julio) y la posterior LOGSE (Ley Orgánica   1/1990, de 3 de octubre). Hoy, además, justo después del 9-N –catalán y español–, trae al recuerdo iniciativas que en aquellas micro-revueltas nada infantiles de los sesenta, pero sobre todo las reacciones de quienes estaban al frente de aquellas ya impropias e inoportunas modalidades de enseñanza, cuando creían que con el reglamento disciplinario en la mano podrían poner coto al vendaval de vida que se acrecentaba por momentos.

Todo lo apuntado, y con las reservas debidas, vale igualmente para lo que aconteció  posteriormente de lleno en colegios o institutos, privados o públicos. Incluso ahora, cuando surgen algunos conflictos peculiares entre alumnos y profesores y estos o el jefe de estudios correspondiente –con el respaldo de la dirección– se empeñan en no ver más allá del reglamento o protocolo existente, a menudo sucede que quien queda en evidencia es la norma invocada y quienes la ven como irreversible e incontestable. La vida va por delante y de poco vale contenerla y limitarla durante un tiempo. Si se empeñan en que todo siga esa ruta de la obcecación, todos pierden, como estamos viendo con la LOMCE. La vida –como remata Luis Mateo en su preciado libro– “es un asunto a resolver” y es  muy breve para que se convierta en dislate si no se capta su sentido. La legislación disponible respecto a las cuestiones políticas que más nos entretienen o preocupan en este momento de España no está al tanto de la sensibilidad y necesidades cambiantes en muchos aspectos. No sé qué habrá dicho Rajoy esta mañana, pero de poco vale invocar la ley y el orden establecidos si no hay voluntad de diálogo: la subversión y la indefensión vaciarán de sentido tantas alusiones a la misma como han florecido en los medios desde el pasado domingo. Tanto navegante obcecado con rutas imperiales del pasado –o con la mera rutina del agravio comparativo permanente–, debiera saber que todo inmovilismo se convierte en avispero: en este que estamos viviendo –en que confluyen crisis diversas– se volverá a repetir lo acontecido con aquellos colegios desde los años sesenta y en muchos otros desde entonces; y mucho antes igualmente cuando estuvieron mal gestionados o teledirigidos al margen de lo que sucedía en la sociedad. En cualquier colegio o instituto es bien sabido que, cuando se ha invocado la potestas pero no se ha trabajado la auctoritas, dirección y profesores corren severo riesgo de perder la partida, por más que en algunas Comunidades se haya promovido legislación más aparente que eficaz al respecto. Peor se ponen ahora estos conflictos, cuando los nuevos directores se convierten en comisarios del consejero comunitario de turno y están empezando a ser capataces de sus compañeros profesores. En la política nacional, también sabemos que el rodillo parlamentario ayuda a perder el sentido de la realidad a quien dirige. Lo que sucede en otros asuntos vuelve a pasar en la relación con Cataluña. No puedo olvidar, sin embargo, que en 1965, algo alocado y muy desnortado un cura gritó en uno de aquellos alborotados centros de entonces: erant nobiscum sed non erant ex nobis (vivían con nosotros, pero no eran de los nuestros). Su enfado ya era tardío: tuvo malas consecuencias para algunos estudiantes, pero todo era provisional, transitorio hacia otra situación absolutamente diferente. Uno de aquellos disidentes, replicó: “si me descuido, me forman”.  Algún otro, más cauto, hizo gala de otra norma tan adaptativa como efímera: “cuando me vaya de aquí, quiero salir por la puerta grande, no por la ventana”, y se acabó yendo también en un corto plazo. Hoy, según provincias y pueblos, la gran mayoría de aquellos espacios adoctrinantes tienen destinos variopintos, y casi siempre están desiertos de aquel alumnado primigenio: los objetivos y modalidades de trato que marcaban aquellas vidas son hoy excepcionales e insostenibles como sistema. 

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