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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

¡Gracias, Soledad Lorenzo: muchas gracias!

Manuel Menor Currás
29-Octubre-2014

En medio de tanta miseria rapaz, el ejemplo cívico de esta mujer, con un legado artístico muy considerable al MNCARS, produce gran alegría.

Llevar más de un mes dedicado a hospitalización, cirujía y recuperación subsiguiente no es lo peor que a cualquier ciudadano le puede pasar, pese a los recortes sanitarios. En mi caso, cuando todavía queda un trecho para terminar este proceso, ha sido una ocasión extraordinaria para que deudos  y amigos íntimos se ocuparan a fondo de que viera los claros del bosque, una experiencia revitalizadora que les agradezco de corazón. Y por otro lado, en medio de las desesperanzadas noticias que la prensa escrita ha traído a diario a mi desayuno, han servido de animoso aliciente ejemplar algunos comportamientos cívicos como el de la que fuera una de las mejores galeristas de arte en Madrid, Soledad Lorenzo. No tengo el placer de conocer, como no sea por referencias externas, a esta mujer, aunque  pasé algunas veces por su galería –cercana a la Biblioteca Nacional– y he seguido de lejos su incitante periplo por el mundo de los creadores contemporáneos: su tipo de trabajo requiere tiempos, disposiciones y pausas que no están al ritmo de cualquiera. Pero hoy, todavía asomándome a medias a una actualidad desesperantemente enfangada –y sin conocer en detalle los datos relativos a lo que estimo un gran legado personal al patrimonio artístico público– permítanme que,  por los ingredientes explícitos e implícitos que en el concurren, exprese mi admiración.

No es habitual este gesto. No están los tiempos para la pausa, la armonía y la sabia quietud que conlleva. De hace bastante tiempo, todo parece diseñado para una impaciencia chillona, algo provocadora y ofensiva, urgida por la búsqueda de algún nicho mediático desde el que impactar al prójimo, descolocarle alocadamente y aturdirle, aunque no valga nada. Todo muy acorde con los escándalos destapados estas últimas semanas en la vida política y económica, excrecencia significativa de frustraciones y anhelos selectivamente distanciados de una ética del cuidado de los demás. Si en algo estimo llamativo el gesto de Lorenzo es justo por lo contrario: en conjunto, creo que ha sido o está siendo un acto silencioso, lo que le hace doblemente ejemplar. El chillido, la exageración, la falta de pertinencia y, sobre todo, la panoplia de tópicos brillantes que está de moda exhibir es de gran ordinariez cuando no puro manoseo interesado y egocéntrico. Un exponente decisivo de esta tendencia la muestran infinidad de mensajes y selfies intercomunicados con gran presteza, en que el simplismo del verbo ser y haber se conjugan de manera torpemente infantil, cuando solo las oraciones compuestas y subordinadas son capaces de mostrar la calidad del decir y, por tanto, de sobrepasar la planitud neuronal que algunos desean de nuestra capacidad humana.

En el gesto de Soledad Lorenzo es de admirar, ante todo, la elegancia. La silenciosa actitud de esta mujer es elegante en el sentido más primigenio de esta expresión: el que sabe escoger y elegir, resultado de un largo y complejo proceso de construcción o educación personal, independientemente de los roles asignados. Viene al caso recordar que el nuevo Diccionario de la RAE, en su 23ª edición, ha dejado de asimilar lo femenino con lo endeble y lo débil. Su tiempo le ha costado, porque de siempre ha habido mujeres, y no pocas, que de ningún modo son frágiles y urgidas de protección minorizadora ni les ha gustado que por tales las tuvieran. No estaría mal que en la prensa, y en relatos de diverso alcance, sucediera algo similar con otros adjetivos empeñados en asignarles una visión androcéntrica objetual, nada propicios para progresar en una urgente igualdad. Si hablo pues, de la elegancia del gesto de Soledad, no me refiero a los tópicos de las revistas de moda, sino a esa capacidad de desechar lo sobrante y quedarse con lo estrictamente imprescindible para resultar casi transparente en cuanto se hace y se dice, un don muy trabajado y que sólo está al alcance de muy pocos. No parece que a Soledad Lorenzo le haya sido regalado. Moverse bien en el circuito de relaciones que exige el ser buen galerista no es algo que se herede y que si eres guapo podrás mantener indefinidamente. Son muchos los matices a cultivar y abarca una amplia gama de interrelaciones , conocimientos, intuiciones, secretos y confidencias a cribar, que exigen un riguroso control de actitudes, muy adaptable además a la variabilidad de circunstancias imprevisibles. Todo en ese oficio –si se quiere mantener el listón alto– obliga a estar muy pendiente de tendencias que van y vienen, fluctuantes a expensas de decisiones frecuentemente lejanas del ámbito estricto donde uno se mueve. Exige tensión, dinamismo, afán de saber, prolongado cultivo de la buena información, y el refrendo de un largo maridaje entre experiencia y novedad, con riesgo constate de fracaso. Sólo con unos mimbres de este cariz, laboriosa y cuidadosamente elaborados, puede llegarse de manera precisa a que la prolongada elección resulte algo natural, aparentemente natural, que se traducirá en buen hacer y en la elegancia de que hablo. Puede que entonces incluso te halaguen con buena fama y digan maravillas de tu “buen gusto” –esa escurridiza manera de ver el mundo y a los demás con gran rigor profesional, originalidad y entusiasmo–, valioso criterio sin embargo para sobreponerse a la horterada chapucera y excesiva en que tantas historias de nuestro presente suelen moverse de ordinario.

Esa elegancia lleva a la belleza. El tránsito o la sinonimia viene sugerida directamente por la “inutilidad” tan útil del objeto directo del complejo y duro oficio que ha desempeñado con éxito esta mujer: el arte, sobre todo pictórico, en sus manifestaciones contemporáneas menos convencionales. Pero también lo sugiere su predilección –tan contraria al incontrolado afán por acaparar indefinidamente y de buscar una máxima rentabilidad– por legar a la comunidad ciudadana una parte relevante de las maravillas que ha podido allegar dignamente en el transcurso de una vida profesional entregada a ese quehacer tan poco práctico. Por otra parte, este gesto de detraer al omnipresente mercado una parte significativa de valor la sitúa, no tanto en las proximidades de la “mujer fuerte” bíblica –muy vinculada a ser subsidiaria permanente del varón–, cuanto en una tradición mediterránea más secular, que combina la disciplinada austeridad  –muy del entorno de las enseñanzas republicanas de la ILE– con la cultura clásica en que la belleza como ideal de verdad y unidad cruzaba por El Banquete de Platón y se encarnaba en mujeres como Lisístrata o Penélope, además de servir como pauta estética para un canon que valiera como referencia primordial. En un contexto como el de estos días, tan superabundante en zafiedad e incontrolado afán por un enriquecimiento desaprensivo y egoísta, gestos como el suyo son de gran valor cívico y de una belleza excepcional, tanto más útiles cuanto menos interesados.

Es muy luminosa, desde luego, la enorme actualidad de la actitud mostrada por Soledad Lorenzo. Nos permite no sólo tener claves esperanzadas para este mundo contradictorio y desigual que vivimos, sino particularmente para ponernos en evidencia contradicciones existentes en esa especie de limbo peculiar en que pretenden sumir nuestra  vida cultural y educativa. Observemos tan sólo estos tres aspectos:

a) Presupuestos culturales: cuando la coyuntura es tan carencial para lo público, hasta alcanzar una bajada del 40% en algunos de nuestros principales museos en los tres últimos años, y cuando estamos hablando de uno de los principales recursos del rico patrimonio artístico español a salvaguardar –de los más importantes de Europa y capítulo principal para que la máquina turística no termine por asfixiarse en su versión más obsoleta–, no debiera interpretarse el gesto extraordinario de Soledad como la vía óptima para suplir las carencias existentes ni como símbolo perfecto de la ideal colaboración entre lo público y lo privado. Sería grave error.

b) Ley de fundaciones y mecenazgo: la que se está preparando tiene demasiados agujeros y, en aspectos esenciales, poco rigor. No es infrecuente que existan algunas muy irrelevantes, mero pretexto para pasar por donantes cuando todo lo interesante de ese patrimonio originario ya se ha echado a perder o se ha malvendido. Tenemos numerosos ejemplos –algunos recientes, e infinidad de expropiaciones o nacionalizaciones de fuerza mayor–, que sólo nos han dejado a la comunidad deudas a resolver. Nadie piense que es barata la filantropía y el altruismo cuando de lo único que se trata es de rebajar impuestos o de quedar bien con los restos de nada y hacer propaganda adicional, más o menos gratuita. ¡Que nadie nos reescriba la historia, por favor, y que se juegue con más dignidad con las plusvalías del trabajo de todos! No es el caso de la colección de Soledad Lorenzo, plenamente acreditada en medios nacionales e internacionales y, además, perfectamente ensamblable como testimonio principal en la narrativa estética del MNCARS acerca del arte español y su contexto desde los años cincuenta del siglo pasado.

c) Educación y rigor: también en la gestión de nuestro arte patrimonial necesitamos exigencia, rigor y calidad sistemáticos –hoy afortunadamente viables por la facilidad de comunicación internacional-, pero urgidos de un presupuesto razonable para su mantenimiento y difusión. Esto, además, no se consigue improvisando ni ateniéndonos a viejas pautas de relatos atrincherados en un pasado anticuado y ajeno a los problemas que nos toca vivir. Demasiados museos y exposiciones hay todavía anclados en un pasado imposible y mortuorio, cuando existen buenos profesionales capaces de documentar y mostrar sugerentes modos de leer ese gran patrimonio común que tenemos. No hablamos del patrimonio exclusivo de una élite, sino de algo de lo que todos hemos de estar orgullosos porque es de todos. Pero es evidente que muchos no lo podrán sentir como tal si en el sistema educativo reglado y obligatorio, el arte y sus creadores se mencionan tan sólo como una lista confusa e intratable de las cosas idiotas a aprender. Nuccio Ordine –La utilidad de lo inútil. Manifiesto– ha denunciado en un librito que ya va por la 5ª edición que tan sólo merezca la pena lo que produce directamente beneficio. Es de gran interés para entender muchas de las críticas que habrán leído a propósito de la “calidad” que propugna la LOMCE recién estrenada. También en el MNCARS acaba de inaugurarse Un saber realmente útil, una exposición que amenaza con ser muy sugerente por mostrarnos variadas propuestas que ha venido haciendo la pedagogía crítica desde el siglo XIX y, de paso, los saberes “inútiles” que propician la búsqueda de la belleza: estará abierta hasta el 9 de febrero.

d) Disfrutar con la belleza creada por los artistas no tiene nada de inútil, desde luego, sino todo lo contrario. Nos prepara para la multitarea que representa imaginar un mundo mejor y cuanto conlleva el mejorar de verdad algunos de los aspectos de nuestro pequeño mundo para que la vida de los demás sea más fácil y llevadera. La belleza que nos ha regalado Soledad Lorenzo nos puede hacer sentir, incluso, que es posible otro mundo distinto del que muchos irresponsables se empeñan en imponernos…

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